Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Lo que le ha concedido una belleza espectacular y un encanto único a Moratalla ha sido precisamente un rasgo que podríamos definir como una  asimetría arquitectónica, sin querer meterme en camisas de once varas, porque yo de arquitectura no sé nada; y, sin embargo, he estado en pocos sitios donde haya sentido ese estado de confusión, de caos y desorden tan intenso y tan seductor como en las calles de mi pueblo, efan esos callejones estrechos que no parecen tener salida alguna, como corredores por un territorio caprichoso, un dédalo de callejas, patios recogidos y placetas donde unos pocos vecinos toman el fresco una noche de junio como una aparición inesperada en un rincón apartado del  mundo.

Reconozco que me han importunado esos pueblos longitudinales, de una estructura prevista, de largas y monótonas avenidas, donde nadie podría perderse nunca, porque en un pueblo donde no te puedes perder jamás encontrarás el sentido de la vida.

En Moratalla puede suceder en cualquier momento, un callejón recoleto te conduce por unos escalones desordenados, como en un sueño de Alicia en el País de las Maravillas hasta una puerta de hierro más allá de la cual encontraríamos un huerto, una rambla, un cañaveral y el extravío de nuevo. Tanto es así que todavía no estoy del todo seguro cuando me dirijo a la casa de Teresa en los límites del caco antiguo con el  Cerro de San Jorge, porque a pesar de mis casi sesenta años, existen lugares del sitio donde nací que no conozco o, quizás, que no conozco bien, pues uno, al menos yo, disfruta del barullo, de las encrucijadas, de las pendientes y las cuestas, de los desvíos y se aburre en los llanos, bosteza en los espacios despejados del mismo modo que se apasiona por las mujeres con un misterio único detrás de sus ojos y de sus manos y de los libros que lo conducen a un final imprevisible.

Me provocan tedio esas poblaciones a donde se llega por una carretera, que, a la postre, es el mismo pueblo, porque considero en mi fuero interno que estoy siendo objeto de un fraude. Un pueblo es un laberinto o no es nada, un pueblo no puede ser nunca la misma vía que te conduce hasta él. Por eso vivir en Moratalla, nacer aquí, educarme y jugar en sus calles me ha proporcionado más experiencia sobre el mundo que si me hubiera dedicado a visitar algunos países.

Si uno ha bajado la cuesta del Empedrado cientos de veces, y la ha vuelto a subir, si ha cruzado la Calle de la Soledad hasta el Patio del Relojero, que era mi abuelo Cristóbal, y ha subido más arriba, hasta las Torres y el barrio del Castillo, si ha paseado por la Calle del Pasico, ha descansado en la Plaza de Santa Ana y ha cruzado por el callejón del Hojalatero en dirección a la Calle Mayor, si, más tarde, ha ascendido a la Calle del Padre Rodríguez, ha cruzado el Puente de la Senda hasta la Calle Cantón, o ha tomado la dirección contraria y ha recalado  en el Palomar, muy cerca del Cerro, no sin antes refrescarse en la Fuente del Cañico, es posible que haya descubierto  que el viaje más fascinante de su vida lo estaba esperando en su propio lugar de origen.

Cuando uno tiene a su disposición este mapa fascinante desde sus primeros años, queda obligado para siempre ante los suyos y ante él mismo a intentar contar la infinidad de enigmas que ha hallado  en sus innumerables travesías por el universo y la historia de un muchacho de barrio.