Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Han tenido los hombres y las mujeres que nacieron en Moratalla y, más concretamente, los que habitamos el barrio del Castillo, la sensación de que nacían despojados de algún tipo de seguridad económica, como si nacer en estos lares fuese lo más parecido a nacer en el mundo, a ser de todas partes pero de ninguna, porque muchos no tuvieron más remedio que hacer las maletas, aquellas viejas y sólidas maletas de madera y marcharse al otro lado de las fronteras a la búsqueda del sustento para ellos y para su familia; un pueblo errante, al cabo, acostumbrado a la dureza de todos los trabajos que se hacen con las manos, los trabajos que rozan la espalda, escorian la piel, llagan los brazos y abaten los hombros, pero quien ha nacido en Las Torres está curado de espanto y desde muy niño va aprendiendo con la primera leche y las primeras papillas de harina tostada que cualquier cosa requiere un esfuerzo sobrehumano y que vivir no es un regalo cómodo y seguro.

Aprende uno que pertenece a un pueblo errante, de hombres y de mujeres valientes, dispuestos a arrostrar la aventura diaria del trabajo riguroso, el clima adverso y los dineros justos; al menos eso fue lo que yo aprendí hasta que me hube hecho un hombre y logré abrirme paso en la vida  por mis propios medios. No es bueno ni malo, es la propia existencia y te enseña a valorar cuanto se te concede de allí en adelante, a soportar cierto margen de dolor y de precariedad, a sentirte orgulloso de ser parte de una tierra diferente y hermosa. Es cierto que resulta contradictoria esa necesidad de vislumbrar las penalidades para tener derecho a los placeres de la vida, pero recuerdo que mi abuelo Pascual, cuando íbamos a la huerta, solía decir aquello de vamos a acabar esto lo antes posible y después descansamos; él liaba un fenomenal cigarro de picadura  y yo haraganeaba por los bancales como una criatura extraña en la mañana invernal, pero los dos sabíamos que estábamos allí para terminar una faena inexcusable, porque lo llevábamos en la sangre, como cualquier moratallero, ese determinismo del trabajo incuestionable que nos ha convertido en los mejores jornaleros de Europa, los más sufridos, los más silenciosos, los más valientes y los que más han producido, aunque siempre fuera, dirigidos por otros y pagados, o mal pagados, por un capital extranjero.

Uno sabe con ese tipo de conocimiento que se hereda, cuando nace en la calle Castellar o en la calle  Curato o o en la calle Cebullana o en tantas otras calles  de grato recuerdo, que ha venido al mundo para demostrar lo fuerte, lo paciente y lo resignado que puede llegar  ser  en determinadas circunstancias y que, acaso, no tenga más remedio que largarse del pueblo para  ganarse un porvenir y anda uno en esos primeros años como despidiéndose de la viejas imágenes del barrio, porque un día u otro pertenecerán más a la memoria que a la cotidianidad. Es nuestro destino y ni siquiera se nos permite elegirlo libremente.

Contaba yo unos ocho años cuando mi vecino Pepe me dijo que se iba con sus padres a vivir y a trabajar al Campo de Cartagena; también mi padre por aquellos días andaba dándole vueltas a un cambio de domicilio; corrían los años de la enorme crisis de los setenta y escaseaba el trabajo más que ahora si cabe; barajaba mi padre la ciudad de Valencia, donde vivían algunos hermanos y ese mismo Campo de Cartagena, en el que trabajaríamos más adelante en los terribles invernaderos del infierno estival.

Durante días cumplimos con la ceremonia infantil y nostálgica de dibujar algunos rincones de nuestras calles que muy pronto dejaríamos de ver. Por fortuna para mí, que no para él, todo  quedó en una intentona fallida, pero la sensación de que alguna vez tendría que irme del sitio donde había nacido no me abandonaría nunca.

Hasta el día de hoy…