Jesús Rodríguez Sánchez

Fotografía: Lavandín nocturno en el Campo de San Juan (autor Jesús Rodríguez Sánchez)

No hay señal
No hay señal de vida humana y yo
Perdido en el tiempo
Perdido en otra dimensión

Autores de la canción: Steve Miller / Chris Mccarty / Steve Miller Band

Versión de M-Clan

Cierto día de una luminosa primavera de no hace muchos años, un lujoso transatlántico cruzaba el Mediterráneo con rumbo a las islas griegas. El pasaje no estaba del todo contento con el trato que la tripulación le daba. Al parecer, las quejas eran varias; había pasajeros que se quejaban de que la comida era vulgar; otros que si los músicos que amenizaban las fiestas nocturnas con frecuencia perdían el ritmo; una señora comentó que había encontrado una mosca en la sopa, un señor que solía andar no muy lejos de ella, la apoyó diciendo que él también se había encontrado un vello muy grueso y rizado. Un grupo de jóvenes musculosos habían puesto una queja formal porque el gimnasio de a bordo no estaba dotado de los aparatos que prometía el folleto. Alguien dijo que desde que se inició la travesía, la espalda no había dejado de dolerle y que el médico de la clínica del barco, por llamarla de alguna manera, le había recetado paracetamol y que tuviera paciencia, que ya se le pasaría. Hubo incluso, quién se quejó de que cuando estaba tomando el sol en cubierta, una gaviota descarada había pasado por encima de ella y le había dejado un regalo feo y apestoso; se preguntaba cómo era posible que el barco no tuviera alguna medida para evitar esas situaciones tan molestas y embarazosas.

La tripulación por su parte, intentaba justificar que todo eran cuestiones sin importancia, que todo se iría arreglando conforme pasaran los días y que por supuesto, había preparada una gran sorpresa final que les recompensaría de cualquier incomodidad o problema sufrido.

La situación no se solucionaba y hasta hubo quienes dijeron de formar una comisión para entrevistarse con el mismísimo capitán.

Una noche de guardia, una más, el timonel llevaba el barco como en otras travesías entre aquellas islas cuajadas de traicioneros arrecifes, algunos tan pequeños que ni el mismísimo radar, por cierto, necesitado de revisión, no era capaz de detectar. Quizás por ello, esa noche, que había mar de fondo bastante fuerte, el casco rozó con mucha fuerza con algún elemento que podría tratarse de un calderón, una ballena de las que a veces, se ven por aquellas aguas, pero, pensó el piloto, ha sonado demasiado fuerte, ─¿habré tocado alguna roca del fondo?─ A ese golpe siguieron algunos otros; por la mañana informaría al capitán.

Una hora después, cuando a través de los ventanales del castillo de proa, la raya del horizonte empezaba a distinguirse claramente, el barco experimentó una fuerte sacudida y se escoró hacia el lado de babor. El piloto notó que un escalofrío recorría su columna vertebral. A pesar de saber que le costaría una tremenda bronca e incluso puede que hasta el trabajo, mandó llamar con urgencia al capitán.

En la bodega y también en la sala de máquinas, otros tripulantes habían sentido primero los golpes y ahora, la inclinación del barco; la alarma llegó también a sus relajados cerebros. Algo no iba bien.

Varios pasajeros madrugadores, o quizás, trasnochadores, ya estaban trasladando nuevas quejas al personal del barco que tenían más cerca, por si todos los motivos para elevar reclamaciones no fueran suficientes, ahora el suelo se había inclinado y al andar por los pasillos, se vencía uno hacia la pared, como si estuviera borracho, que en algunos casos, pocos, era cierto.

El capitán llegó corriendo al puente de proa donde se ubicaba el timón, aunque no había tenido tiempo de ponerse el uniforme con su estilo impecable. Quizás con los vapores del champán del brindis y alguna copa más, pocas, pues estaba de servicio, no necesitó cruzar muchas palabras con el timonel para entender rápidamente la situación… era un auténtico lobo de mar.

Ordenó a sus oficiales que transmitieran a todos los suboficiales que convocaba a pasaje y tripulación en el gran auditorio central, aquel en el que se celebraban los actos principales. En media hora esperaba a todo el mundo en el centro social del barco, aunque era muy temprano, también era muy urgente lo que tenía que exponer a todo el mundo.

El personal de bodegas y otros que acudieron en su ayuda, intentaban taponar las vías de agua, pero éstas eran muy grandes y la situación eran sumamente delicada. El viejo lobo de mar, que antes de navegar en lujosos transatlánticos lo había hecho en todo tipo de naves, tras ser informado por el ingeniero de casco, pensó en una estratagema como solución desesperada para evitar que el barco se fuera a pique, era complicado, pero con la ayuda y participación de todo el pasaje estaba seguro de que la inclinación hacia el lado de babor podía revertirse y al menos, conseguir llegar al puerto del Pireo donde podrían reparar los daños.

Las lámparas que colgaban del techo del auditorio estaban inclinadas hacia un lado. Debajo de ellas, el pasaje que se había reunido pese a la hora tan intempestiva, no hacía más que gritar, gesticular, quejarse, chillar y repasar todas las deficiencias que hasta ese momento habían observado, a lo que añadían que era imposible mantener la verticalidad.

El segundo de a bordo, subido al estrado junto al capitán, intentaba apaciguar los ánimos, acallar las voces, conseguir un momento de silencio. El responsable de la nave, pasaje y tripulación tenía que dirigirles unas palabras. El capitán miraba muy serio a los ojos de la gente que tenía delante y un poco por debajo; llegaban a sus oídos todo tipo de peticiones, quejas y reclamaciones, la mayoría, de lo más intrascendente y a veces pueriles. El segundo de a bordo se desgañitaba y empezaba a quedarse afónico. El clamor de la gente cada vez subía más de tono, cada uno se preocupaba de su problema personal, como mucho, también del de algún vecino y eso hacía que chillara todavía más alto.

El capitán, que no había abierto la boca, empezó a mover la cabeza de un lado a otro en señal de negación a la par que miraba las caras de los oficiales más próximos. Sólo fue capaz de susurrar una cosa: ─el barco se hunde.

Como el barco antes descrito, tenemos la nave Tierra que cada día que pasa pierde capacidad para seguir sosteniendo la Vida tal y como la conocemos y de la que formamos parte. En esta situación real, todos somos pasajeros y me gustaría pensar que también hay tripulación que gobierna el timón y que además, son viejos lobos de mar que saben lo que se hacen.

Es cierto que las reclamaciones personales son de lo más variadas: Los que confían en que podrán comprarse el nuevo móvil de última generación que lleva 8G. Está el que sólo piensa en comprarse el chalecito en la sierra. Aquel que está programando la expansión de sus granjas de cerdos por todas las provincias aledañas para vender los jamones a China. Está la youtuber intrascendente con miles de seguidores que aceptan sus consejos como preceptos religiosos. O, ese otro que sabe que si consigue que se autorice la explotación de petróleo en una zona turística de mucho éxito, podrá abrirse una nueva cuenta en Suiza. También los independentistas de cierto territorio, empeñados en que son mejores. Hay quién aspira tan sólo a comer al menos una vez al día y si no fuera mucho pedir, también beber agua potable… El que vive en una especie de fortín y que sólo desea encabezar la lista Forbes de los más ricos un año más… Ese político de un partido muy comprometido… que nunca habla de medio ambiente.

Entre tanto, la vieja nave en que se convirtió el planeta Tierra, sigue girando tranquilamente en torno al Sol. Ha sobrevivido ya a unos cuantos episodios de extinciones masivas y la Vida se regeneró de nuevo. Será otra más, distinta, pero qué más da.