Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

En su viaje inevitable y necesario hacia la civilización el ser humano ha ido despojándose progresivamente de sus viejas costumbres naturales, incompatibles muchas veces con los avances sanitarios, la convivencia y las buenas maneras.

Sin embargo, a los hombres del campo nos ha gustado siempre realizar nuestras cosas al aire libre, mientras contemplábamos un horizonte de pinos o al borde de un barranco sembrado de romeros y de aliagas, en las alturas de un espacio idílico y salvaje a un tiempo. Entrar en un urinario público, en una ciudad anónima, por donde tanta gente ha pasado antes, con olores a letrina, azulejos blancos y el piso húmedo de agua y de lejía no constituye una operación agradable ni se parece en nada a la experiencia inigualable de apoyarse en el tronco de una encina o de un chopo y orinar con los ojos entrecerrados frente a un cielo claro, sintiendo la brisa de la mañana en el rostro todavía adormecido y escuchando los sonidos armónicos de la sierra, el tránsito del agua en el lecho del río y algún cencerro lejano como el reclamo de un dios mitológico.

Nuestras intimidades no se hacen igual en todos los sitios, porque nos condiciona el entorno de un modo irremediable, como nos acompaña una música suave en nuestras horas de trabajo o en los instantes de la lectura de un libro.

Hay quien es tan pudoroso y tiene tantos escrúpulos, o dengues, que es incapaz de bajarse los pantalones en cualquier aseo y sentarse en la taza de un váter extraño o perderse entre la maleza del monte y en cuclillas realizar sus deposiciones sin preocuparse por visitantes extraños, interrupciones indeseadas o imaginarios contagios. Y hay quien tiene facilidad para desahogarse en cualquier sitio, vaya donde vaya, sin ayuda de laxantes, lavativas u otros auxilios, sin preparativos innecesarios, sin preámbulos ni otros protocolos que el apremio de una necesidad fisiológica imperiosa.

Reconozco que no soy demasiado melindroso, porque nací y me crié en el Castillo y pasé bastantes horas en el campo y en la huerta. Hoy parecerá increíble, pero he ido a lugares de Francia a la vendimia, donde ni siquiera había cuarto de baño, salvo la extensa viña que tan ocupados nos tenía cada  jornada.

En mis viajes, no demasiado frecuentes,  disfruto, no obstante, como cualquiera,  de los pulquérrimos cuartos de baño que algunos hoteles exhiben en sus habitaciones como se muestra el tesoro oculto de un palacio, pero en esos minutos tan personales echo de menos el horizonte quebrado de la sierra, el olor de la tierra húmeda y de la vegetación, la libertad  de un paisaje tosco y hermoso, que he hallado casi siempre en Moratalla.

Será porque, en el fondo, en esos momentos de imprescindible recogimiento regresamos al origen animal del que alguna vez, en una época remota, nos fuimos  desprendiendo como se emerge de una ciénaga turbia y llena de ovas. Pero el instinto nos conduce de nuevo a aquel espontáneo albedrío, en el que gozamos de placeres elementales, campando a nuestras anchas por la vasta naturaleza, con la desenvoltura de quien recorre las estancias vacías de su propia casa, primarios y felices de descubrir e inaugurar el mundo, libres de pecado, absueltos y fundidos con el tiempo y el espacio que nos pertenece, como nos pertenece todo lo que  nos rodea.

Cumplir con nuestros menesteres diarios de criaturas darvinianas, cuyos antepasados pudieron tal vez codearse con especímenes semejantes a los simios, apegados a la tierra y a su terrible servidumbre hasta el día elegido en que  nos fuimos irguiendo poco a poco, milenio a milenio, le fuimos dando sentido y utilidad a nuestras manos de dedos retráctiles, a nuestro milagroso pulgar y al enigma casi divino de una inteligencia que no había parado de arder nunca y que nos llevaría muy lejos y muy rápido, aunque el destino no fuera siempre satisfactorio ni deseable, sigue siendo hoy, millones de años más tarde, una función corporal obligada y, sobre todo en algunos casos, cuando nos sentimos devueltos al numen mineral que nos cobijó en el inicio, muy cerca de las plantas y de los árboles que nos protegieron, nos dieron calor y frutos para sobrevivir, un verdadero placer de dioses.