Pedro Antonio Martínez Robles

Debió ser en 1968. En ese tiempo yo frecuentaba junto a otros críos la iglesia y la sacristía. No recuerdo bien con qué tipo de actividades pretendían los sacerdotes de entonces ofrecernos un espacio que nos atrajera a ese entorno eclesiástico, pero sí tengo imágenes de tardes en las que los chiquillos hacíamos algún servicio como monaguillos, prestábamos alguna ayuda en la preparación de las ceremonias religiosas o tocábamos las campanas llamando a misa; a cambio nos permitíamos la moderada libertad de recorrer la sacristía y el salón contiguo a la sacristía en el que a veces nos entregábamos a juegos propios de la edad. Por aquellos días pasó por el pueblo un cura a quien no le recuerdo una larga estancia, un tal don Juan Antonio; así se llamaba, si la memoria no me traiciona. Del laberinto de imágenes que guardo en la cabeza extraigo hoy la de aquel sacerdote en una de aquellas tardes en la sacristía: pelo moreno y un poco ensortijado, gafas metálicas, semblante noble y maneras pacientes y, en apariencia, un poco desentendidas; fue una tarde en la que tuvo el detalle de obsequiarnos con un simple bolígrafo en un gesto en el que no aprecié la solemnidad de quien espera gratitud, sino el desprendimiento de quien hace algo con una generosidad por la que no aguarda compensación alguna. El bolígrafo que a mí me entregó era un BIC, de eso sí me acuerdo bien, pero no un BIC corriente de los que luego inundarían nuestras carteras escolares, sino un BIC como el que entonces usaba mi padre, con el cuerpo superior de color gris y la otra mitad, la que cubría la capucha, transparente, a la que podía desenroscársele el tubo de tinta para colocarle un recambio. Yo, a mis ocho o nueve años, me sentí importante con aquel bolígrafo en mis manos: ¡un bolígrafo como los que mi padre solía llevar en el bolsillo de su chaqueta, con los que hacía sus cuentas y sus anotaciones! Ese pequeño regalo me produjo una gran ilusión y todavía hoy me acuerdo de aquella tarde, de aquel gesto y de aquella sensación de placer mientras me dirigía a mi casa calentando en la palma de la mano el obsequio de un cura que quizá sólo estuviera de paso por el pueblo. Es cierto que no conservo ninguna imagen posterior en la que pueda verme, a través de la pátina neblinosa del tiempo, utilizando el bolígrafo, pero sigo guardando en la memoria la emoción del instante y el convencimiento de que en un tiempo en el que había muy poco de todo, cualquier cosa podía hacernos felices.

Hoy observo con cierta consternación cómo a nuestros pequeños los colmamos de regalos por sus primeros cumpleaños, por Reyes, o por cualquier celebración que se nos antoje; regalos que muchas veces ni entienden ni les atraen. Cuando los reciben y ante nuestra expectación, los veo desgarrar los envoltorios con más curiosidad que deseo, un paquete tras otro, e ir echando a un lado su contenido mientras les preguntamos: <<¿Te gusta, te gusta?>>, y los críos no lo saben, porque en muchas ocasiones, todavía no han aprendido a hablar y es probable que ni siquiera comprendan ciertas emociones.

Ante estas imágenes me pregunto si es posible que tanta abundancia nos turbe y acabemos por no saber apreciar la bondad de sus dones… ¡Bendito bolígrafo aquel!

 

27 de enero de 2022