PASCUAL GARCÍA

La cocina era el centro del mundo entonces, ni los dormitorios ni el comedor ocupaban un lugar de privilegio, de hecho el comedor era la propia cocina porque aquellas casas un tanto laberínticas y destartaladas del barrio del Castillo conservaban aún el viejo espíritu campesino, y todo giraba en ellas en torno al fuego de la chimenea o de la estufa, de donde venía la luz, los alimentos y los afectos, donde transcurría la existencia cotidiana y donde se mezclaban las comidas, las conversaciones y los tratos de los hombres y los juegos de los muchachos, donde dormitaban los abuelos sentados en una mecedora o fumaban abstraídos mientras la lluvia golpeteaba en los cristales. Yo veía a mi madre desde la altura del suelo, que es el nivel en el que siempre estábamos los críos, ir y venir de un rincón a otro de la estancia, y por aquellos días me parecía un lugar vasto que resumía el universo con una ventana no muy grande por donde era capaz de ver la Sierra del Buitre y, si me esforzaba, los tejados y la calle, pero mi sitio estaba entre las sillas y debajo de la mesa jugando a cualquier cosa que me hubiese inventado para la ocasión o con el puñado de indios y el camión que mi madre me sacaba de la despensa para que me entretuviera mientras ella preparaba la comida o la cena. Me recuerdo embebido en la tarea fatigosa de atrapar un rayo de luz que llegaba de algún lugar del cielo y que removía las partículas de polvo en suspensión como una química mágica de las mañanas que no olvidaría nunca, porque eran instantes de paz  y de dicha, custodiados por mi madre que vigilaba mi trajinar constante e iba a lo suyo y creaba, casi sin proponérselo, como una atmósfera de bondadosa indulgencia, un pequeño paraíso donde todo parecía estar en su sitio y en estado de constante gracia, porque ella había venido al mundo a traer el equilibrio, la elegancia y la ternura.

La cocina fue durante toda mi infancia el espacio de mis juegos y mis diatribas imaginarias, enfrascado conmigo mismo en el ejercicio de aniquilar el aburrimiento y propiciar el ingenio y la fábula. Aquel suelo de yeso, que mi padre había mandado construir en unos años en que este material parecía el más adecuado, fue  el territorio propicio de mis hazañas guerreras y mis gestas temerarias, donde me curtí como arriesgado explorador, valiente y temible pistolero, audaz conductor de caravanas y héroe sin par de todas las aventuras peligrosas y de todas las peripecias concebibles, en la soledad de mi propia compañía de hijo único, de la que no me libraría hasta que llagara mi hermana a los ocho años. No recuerdo que mi padre ni mi madre se echaran al suelo, como lo he hecho yo tantas veces con mis hijos, para compartir con su vástago  la ilusión de aquellos pasatiempos en el ámbito exclusivo de la áspera y fría superficie desde la que todo se veía más alto y más grande, incluida la cocina que con el paso de los años fue reduciéndose, como no podía ser de otro modo, a las dimensiones reales de su pequeño tamaño.

Pero el niño engrandece la infancia y la convierte con el paso de los días en la única y verdadera vida, aunque yo no he compartido nunca esa especie, tan repetida, tan falsa como todos los tópicos, de que cualquier tiempo pasado fue mejor, antes al contrario, me cuido con recelo de las trampas de la nostalgia, intento salvar la verdad de tanto embeleco y mirar al futuro con una buena dosis de esperanza.