Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)
Afirma la sabiduría popular, no sin cierto gracejo, que los ricos tienen porque no gastan, pero tengo la impresión de que no es del todo verdad y de que a veces los de abajo inventamos nuestro propio acervo para desquitarnos de tanta mala suerte, porque no concebimos que unos pocos sumen tanto y que el azar de la existencia haya sido tan arbitrario con otros. Es difícil admitir que la belleza y la inteligencia o el lujo y la felicidad o la opulencia y la honradez sucedan a un mismo tiempo y afecten a las mismas personas. Y, sin embargo, la realidad es tozuda y, casi siempre, una hija de su madre, y las cosas son como son o como cantaba Serrat: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.”
Los que sufrimos su rigor intentamos matizar su contundencia, en apariencia, inverosímil. Por eso, cuando se me ocurre alabar delante de mi esposa la belleza de una actriz de moda, guapa, rica y, a menudo, inteligente (un error, por supuesto, de grandes dimensiones) suele ponerme al día de sus muchas operaciones estéticas y de sus innumerables y caras trampas físicas, afeites, maquillajes o sahumerios varios. Y a mí no se me ocurre otra salida que optar por un silencio desencantado y culpable.
Da rabia, es cierto, constatar que el mundo esté tan mal repartido, que unos pocos dispongan de tantos bienes y al resto de la masa se nos condene al ejercicio malsano de la envidia. Resulta imposible explicar las desigualdades que diezman el planeta, pero constituye todo un enigma esa tenaz casualidad de las virtudes y los premios en un grupo muy determinado, como si la genética, caprichosa como un dios burlón, jugara con cartas marcadas esta desquiciada partida de la vida. O, quizás ocurra que el dinero y el poder embellecen a los hombres y a las mujeres e, incluso, los menos agraciados devienen atractivos si ocupan un lugar de privilegio en la sociedad, visten y calzan con lujo y departen con sus amigos y con su familia con rico desparpajo y actitud solvente.
El pobre, el humilde balbucea inseguro y sonríe menos, porque no tiene motivos. Nos importunan las muchas inseguridades de nuestro acontecer diario: los imprevistos de la salud, que no podremos resolver en una clínica cara y en manos de un médico exclusivo, las impertinencias de nuestra economía que es gobernada misteriosamente por la economía de los otros, la fatiga de un trabajo obligatorio, al que hemos terminado adorando como al becerro de oro, a pesar de que los adelantos de la tecnología y de la ciencia iban a conducirnos en principio a una sociedad del ocio y de la cultura, la servidumbre de la familia y del lugar donde nacemos y, al fin, la condena segura de la muerte, que, por fortuna, afecta a todos, aunque no del mismo modo, desde luego. Incluso aquí y, sobre todo aquí, la mala suerte nos golpea también. Morir para algunos es un lento y casi agradable nirvana, un irse hacia los territorios del sueño eterno, un despojarse sin violencia de las ataduras terrenales. El dolor, la precariedad y la ausencia de compañía y alivio en esas últimas horas es para otros, para la mayoría, una constante habitual.
A lo largo de la historia se han desatado oleadas de odio y de violencia vengativa, revoluciones sangrientas y radicales, guerras de una mayoría enfurecida contra una minoría escogida que, en ocasiones, hemos achacado a la terrible condición humana, cruel por definición y homicida a veces, pero no hemos reparado de manera suficiente en ese contumaz desequilibrio de poderes, posesiones y prebendas, inexplicable, irracional y, sobre todo, injusto.
No me gusta dar consejos a nadie, pero yo me abstendría, en estos años de carencias y dificultades varias, de mostrar en exceso y públicamente alguna especie de ostentación o signo de riqueza.
El que quita la ocasión… ya me entienden.