Alba María Sánchez Sánchez
Maestra de Educación Infantil

La idea de inteligencia emocional fue popularizada por Daniel Coleman, psicólogo estadounidense. Nos quiere hablar sobre la capacidad para identificar sentimientos propios y ajenos, el ser humano es inteligente para el manejo de tales sentimientos. Para Coleman, la inteligencia emocional trabaja cinco habilidades básicas: descubrir las emociones propias, reconocerlas, manejarlas, crear una motivación propia y gestionar las relaciones personales.
La emoción es una señal interna que indica que se debe actuar (movere, movimiento hacia delante) algunas de estas sensaciones nos impulsan a decidir casi instintivamente cuando no hay tiempo para pensar, afrontando quizá alguna situación de riesgo.
En nuestra sociedad, los sentimientos han quedado relegados a un segundo plano, como una señal de debilidad y/o de inmadurez que nos impide desempeñar nuestro papel en la vida. Parece que deben mantenerse en el ámbito de lo privado, como si fuera algo por lo que nos tuviéramos que avergonzar.
Centrándonos en el ambiente escolar, podemos observar como se enseña a reprimir y controlar esas emociones («no pelear», «no llores», «me da igual quien haya empezado») de esta manera se sigue perpetuando la concepción educativa en la que el alumno no tiene nada que aportar, es el maestro el único que habla y explica encima de su tarima.
Afortunadamente cada vez más y desde edades tempranas, los programas de inteligencia emocional van formando parte de nuestra educación. Nuestro alumnado, incluso desde los dos años de edad, siente y sufre conflictos interiores que pueden ser perfectamente resueltos simplemente verbalizándolos. Temas éticos y morales como el reparto de material y responsabilidades, las normas de convivencia diarias, acontecimientos extraordinarios como la llegada de un hermanito a alguna familia o incluso una pérdida; todo ello merece un debate y un momento de reflexión.
Los programas de inteligencia emocional nos ayudan a crear, mediante debates y asambleas con nuestros propios alumnos, unas normas a seguir y unos protocolos de actuación ante determinados problemas. Es mucho más productivo llegar a un acuerdo en poner una norma cuando estamos sufriendo un conflicto que la pide, (me han roto un trabajo y ya sé por qué debo respetar los trabajos de mis compañeros)
De igual manera, trataremos de decidir qué hacer cuando un compañero se siente triste o se ha peleado con alguien, crecerá nuestra habilidad para empatizar y ayudar a nuestros compañeros a solucionar sus problemas.
Todo esto, lejos de entorpecer nuestra futura profesionalidad o nuestra vida laboral, nos ayudará a conocernos y a identificar mejor nuestras propias necesidades y sensibilidades, de modo que sabremos controlarlas y gestionarlas mucho mejor. Nunca debemos olvidar que el ser humano es global, cuerpo y mente, razón y corazón. A lo largo de la vida sufriremos una gran cantidad de conflictos emocionales y dilemas morales, tener interiorizado un «protocolo de actuación» ante estos casos ahorra tiempo y sufrimiento. Las emociones deben tener un lugar en la educación tal y en la vida, todos damos lo mejor de nosotros con un óptimo estado de ánimo. Como decía la OMS «La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, no únicamente la ausencia de enfermedad».