Pedro Antonio Martínez Robles

Éramos tan jóvenes que, quizá, fuésemos incapaces de comprender que el entretenimiento o las diversiones no tenían por qué contener elementos de sufrimiento. Desconozco las reglas que debían observarse en el juego de la taba que practicaban las chiquillas hace medio siglo y que ignoro si en algún lugar de este mundo se sigue realizando, pero estoy absolutamente seguro de que eran mucho más civilizadas que las normas establecidas en el juego que seguíamos los muchachos. Asistí por primera vez como espectador (más tarde también lo haría como participante) a la brutalidad del juego masculino de la taba con 10 o 12 años en aquella casa de futbolines y billares que “El Matabichos” tenía en el corazón del pueblo, en la plaza del Convento, muy cerca de donde hoy se alza el monumento al agricultor arrocero. Una casa en cuya fachada colgaron durante muchos años los carteles anunciadores de las películas que daban en el cine Rialto y en el Rosales, el pizarrón con los rótulos y el expositor de madera en el que colocaban una colección de fotogramas de la película anunciada; una casa con una distribución interior harto similar a la de casi todas las casas corrientes que he conocido, que han sido muchas, construidas en los primeros decenios del siglo pasado a base de piedra, mortero y colañas: una alcoba a la derecha o a la izquierda de la entrada, un comedor abierto a continuación, la cocina al fondo y al lado, también al fondo, la puerta de acceso al patio y a la cuadra. Y junto al comedor la escalera, con baranda de mampostería, que conducía a la planta superior, la cámara o la cilla. Allí, en aquella casa a la que habían volcado los tabiques para unir alcoba y comedor y hacer diáfano el espacio donde habían instalado los futbolines y la máquina de discos en la que casi siempre que yo entraba sonaba la canción “Nosotros”, en versión de Eydie Gorme y el Trío de los Panchos, conocí el juego masculino de la taba y su violencia. Fue en el espacio recogido de la cocina en el que un grupo de media docena de jóvenes lanzaban el astrágalo de carnero y según la posición en que quedara la pieza sobre la mesa, quien había jugado podría disfrutar del poder de imponer sanciones, si era agraciado con el puesto de rey, de aplicar las sanciones si el azar lo había llevado a ostentar el cargo de verdugo, y a sufrir o a librarse del castigo al resto de jugadores. Para no ser demasiado prolijo en las explicaciones, no abundaré en los detalles de la posición de la taba que lleva a cada situación, aunque los recuerdo perfectamente; solo diré que los castigos que se infligían se podían resumir en tres niveles: un “rajatablas”, que era el más benévolo y consistía en un correazo suave en la palma de la mano, un “rajahierros”, que era un correazo más fuerte, y el más cruel de todos, que era la “cereza picante”, y se aplicaba restregando la punta anudada de un pañuelo humedecida con saliva a lo largo de la parte interior del antebrazo, desde el hoyo del codo hasta la muñeca; en más de una ocasión, bajo esta tortura vi brotar gotas de sangre. Claro que el agraviado siempre podía cobrarse su venganza si la suerte en el tiro le cambiaba.

Hace muchos años, tal vez cuarenta y cinco, encontré un astrágalo de cerdo casi fosilizado en un camino de los arrabales del pueblo, una gran taba que conservo entre algunas curiosidades en una estantería de mi biblioteca. Cada vez que la miro, me acuerdo de aquel tiempo del bárbaro juego en la casa de billares y futbolines del “Matabichos”, de aquella estructura de poder y sumisión que las reglas de ese entretenimiento establecían, y todo eso me hace pensar que aquello no era otra cosa que una parodia de los sistemas de poder que desde el más remoto de los tiempos se vienen aplicando y que parce ser que solo cobran sentido cuando se ejercen para dañar y suscitan temor, como si ese mismo poder no permitiera a quien lo ostenta la condición de conceder beneficio en vez de dolor; pero está claro que la benevolencia solo podría ser interpretada como un signo de debilidad, y eso no conviene a quienes todo lo pueden.

 

 

 

24 de octubre de 2020