Pascual García (pasgarcia62@gmail.com

Definitivamente el vello corporal de los hombres no está de moda: aquellos individuos de pelo en pecho a los que todos queríamos parecernos de mayores, con la barba cerrada y las piernas y los brazos bien poblados de un oscuro y varonil pelaje han dado paso hace ya años al nuevo hombre, más delicado y sensible, que usa cremas sin complejos, se depila todo el cuerpo, incluso las ingles, de un modo periódico y se cuida tanto o más que su esposa a la que disputa el cuarto de baño, el neceser con todos los potingues y el espejo del armario de luna para mirarse con largueza cada vez que debe salir a la calle.

Es un hombre que recaba entre sus compañeros del trabajo nuevas recetas de cocina, ejercicios para fortalecer la tableta y trucos para dormir a los niños por la noche o impedir las escoceduras del pañal. Es un hombre que llora, porque los hombres también lloran de pura sensibilidad, no de coraje o de indignación contenida como llorábamos nosotros las pocas veces que no tuvimos más remedio, porque en nuestra época los hombres no lloraban, ¡qué coño! Sino que se mantenían firmes y aguantaban lo que les viniera encima: el frío, las inyecciones de penicilina, las desgracias familiares o el servicio militar.
Hoy todo es diferente, ya no sé si peor o mejor, si más nítido o más oscuro, pero distinto a lo que vivimos nosotros y a lo que nos enseñaron nuestros mayores.
A veces me da la impresión de que pertenezco a una especie de generación bisagra. Mi padre presidía la familia y la casa, sentado en un lugar de privilegio a la mesa, mientras mi madre iba de un lado para otro sirviendo a todo el mundo y poniendo buena cara, bajo la estricta vigilancia de mi abuela que debía sancionar, a pesar de su silencio, las excelentes formas de un comportamiento tan antiguo como el mundo.
Algo de eso, para ser justos bastante de eso, sigue ocurriendo en mi casa, aunque yo comparto mi mandato con mi esposa y no está la abuela para juzgar nada, pero reconozco que mi papel no dista tanto del de mi padre, y si me apuran, del de mi abuelo, y mi mujer sigue llevando ella sola la casa entera y todas sus tareas, con mi apoyo, tímido pero entusiasta.
Sé que no perderemos con esto poderío sexual y que mi hijo será un hombre nuevo, aunque deberá refinarse mucho porque ha heredado las maneras cimarronas y toscas de su padre y de su abuelo y todavía está formándose como hombre. En cambio, yo ya he llegado tarde para depilarme y no uso otra crema que la de afeitar ni entiendo de cocina lo suficiente para pasar del huevo frito y de las patatas hervidas. La moda me resulta un lenguaje críptico, tal vez porque siempre he preferido a las mujeres con poca ropa, aunque ellas se empeñen en llenar armarios enteros, y a los hombres ni los miro.
No recuerdo haber llorado en mi vida más que en dos ocasiones: en la primera hacía tanto frío y me dolían tanto las manos y los pies que se me saltaron las lágrimas de pura rabia. En la segunda, acababa de morir mi abuelo.