Pascual García

A finales de agosto o a principios de septiembre, antes de que las primeras lluvias que anunciaban el otoño malograsen nuestra empresa, mi abuelo Pascual me avisaba no sin cierto nerviosismo de que iríamos muy ponto a coger leña al monte para el invierno. Era la costumbre del año, pero a pesar de mi corta edad yo intuía que era mucho más que todo eso, porque en los gestos y en las palabras de mi abuelo se percibía la algazara de las jornadas de fiesta y la alegría de los días de lluvia o nieve. Una impronta animal o primitiva que nacía de la sangre y del instinto y que me transmitía como se lega una herencia o unos apellidos.

Durante una semana, cada vez que volvía de la escuela, me recordaba reiterativo y jubiloso que el sábado saldríamos al monte por leña, acompañados de la burra que él mismo aparejaba, mientras iba enseñándome la técnica de hacerlo todo en solitario, sin otra ayuda que la maña y los viejos trucos de campesino y labriego. Reconozco que aquellos cinco días podían llegar a hacerse lentos y pesados, aunque mi abuela le recriminase constantemente su insistencia casi infantil.

Ahora sé que los viajes al monte para proveerse de la leña necesaria que nos calentaría durante el resto del año era toda una pasión, un retorno a sus ancestros, a su infancia perdida en la sierra como pastor de ovejas, a la indefensión de su orfandad en medio de un paisaje bronco y de un clima desapacible.

Tal vez por esta razón no conoció el miedo ni el desaliento. Cruzó la sierra de día y de noche y trabajó como un esclavo sin otra esperanza que la de compartir con generosidad los frutos de su labor y de su entrega. La leña era un tributo más a las puertas del otoño, la obligación de un hombre que había cuidado de los suyos y casi se había olvidado de él mismo, pero asimismo constituía un placer, un ejercicio gozoso que acaso lo devolvía a su juventud .

Era en aquellos instantes, cuando me repetía cada noche que iríamos al monte el sábado a coger leña y piñas para encender la estufa de la cocina, un hombre verdaderamente feliz, no porque las fatigas de un camino largo y abrupto, la tarea de ir cortando palos con el hacha y amontonarlos sobre una guita de esparto extendida para más tarde atar los haces de leña y cargarlos sobre el lomo aparejado de la burra (uno en cada lado y otro más encima) lo entusiasmaran de una manera absoluta, sino porque era un hombre del monte, habituado al olor del romero y a la aspereza de las chaparras, hecho a dormir a la intemperie debajo de un lentisco y educado en el amor a la tierra desde muy pequeño, como aquel niño yuntero de Miguel Hernández.

Yo lo veía bregar con las ramas y los palos, absorto, mientras le sangraban las manos y sudaba sin prestarle atención a nada ni a nadie que no fueran aquellos haces de leña que iba colocando sobre la tierra con la vehemencia de un hombre dichoso y entregado. Era la imagen de un anciano que recuperaba la antigua lozanía y la pujanza primitiva, un hombre útil inmerso en la tarea de llevar el calor y la luz a la casa, aunque la casa a la que regresaríamos ya tenía luz propia. No importaba que el progreso cubriera ciertas necesidades con los adelantos de la técnica, él pertenecía aún al universo de la naturaleza y era capaz de abastecerse de ella para casi todo.

Así lo vi yo siempre, como un paladín de la tierra, preocupado por los signos del cielo, atareado en las faenas que desempeñaban sus manos: trenzar guitas con esparto, previamente golpeado con una maza de madera, fabricar pleita para los serones y las aguaderas de la burra, confeccionar capazos para la huerta y cernachos para los caracoles.

Frugal, sobrio como el paisaje en el que nació, infatigable, campechano con los amigos y cortés con las mujeres, enamorado hasta el último minuto de su vida de mi abuela María, era un hombre bueno y cabal, un abuelo entrañable, un héroe, sin duda, de mi infancia.