PAQUI VALERA
Un, dos, tres, escondite inglés, sin mover las manos ni los pies. ¡Qué dominio de la gramática y del vocabulario castellano! Y, por cierto, todo hayUn dos tres escondite inglés que decirlo, qué facilidad solemos mostrar para dejarnos embaucar por cualquier orador que en nada se asemeja a nuestros predecesores juglares y trovadores. La capacidad de colocar más de cuatro palabras diferentes en una oración es ya una virtud que se ha de destacar, y nuestros maravillosos oradores, aquellos que nos dejan anonadados, estupefactos, sorprendidos y perplejos (nótese que adoro los sinónimos) la emplean en reiteradas ocasiones para hacer de sus discursos una posible obra literaria celebérrima. 
Todo lo citado, claro, está dotado de la mayor de las ironías, aunque los españoles preferimos evadir el amplísimo vocabulario que caracteriza a nuestra lengua vernácula, y nos ceñimos a reducirlo. La ley del mínimo esfuerzo la suelen llamar, como eufemismo se podría denominar como arte de economizar, de ser parcos incluso en palabras. ¡Lástima que ese ahorro no nos reporte ningún beneficio económico, aunque, bueno, de todo se aprende!
Nuestros oradores, como andaba diciendo, dotan sus variopintos artículos de una gran cantidad de frases caracterizadas por comas y comas, oraciones en las que nunca se halla el final, tipo: es preciso establecer una serie de recortes con el objetivo de que en un corto periodo de tiempo, siempre haciendo uso de la palabra relativo (y no precisamente en referencia a la teoría de la relatividad del genio Einstein), España consiga salir del pozo en que se halla inmersa. Todos sabemos que salir de un pozo es increíblemente difícil, aunque los eufemismos empleados por nuestros maravillosos (y bastante curtidos en el arte de los idiomas) oradores nos hagan plantearnos la posibilidad de que nuestras queridas articulaciones sinoviales denominadas trocleas sean capaces de desarrollarse tantísimo que constituyan una verdadera polea que albergue todo el organismo. Eso sí que sería una verdadera evolución, y no la que nos describió Darwin.
¡Todo puede pasar, y más en España, el país más impredecible que conozco! Me resulta increíblemente gracioso que permanezcamos impávidos ante todo lo acaecido, pero bueno, nosotros somos así, involuntariamente le otorgamos vigencia a nuestro querido barroco Góngora con nuestro “ande yo caliente, ríase la gente”. Su culteranismo sí que era un buen modo de sacarle el máximo partido al español, y no el empleo ridículo que le damos hoy día. Iba a ponerme enferma con tanta hipérbole desmesurada, pero el presupuesto de Sanidad ha disminuido un 35%  para el 2014 y me parece que no me conviene nada convertirme en una asidua de los hospitales. Podrían poner tanatorios, y por qué no cementerios, al lado de los hospitales, las empresas que lo hiciesen “se forrarían” literalmente, y bueno, quién sabe, así disminuiría un poquito el paro en España. Hay que ser pragmáticos, objetivos, ¿no nos lo inculcan así?
Qué más da, ni siquiera sabemos qué es lo que se nos inculca, nos dedicamos a tragarnos los sermones (si así pueden llamarse  las oraciones que cuentan con diez palabras, y en las que se repite la misma ocho veces) que nuestros alabados oradores nos proporcionan con su divina mayéutica, y desde el oído pasan directamente al tracto digestivo, sin necesidad, claro, de que le hagan una visita al cerebro. ¡Qué evolución, qué evolución!
Como han sido tantísimas las barbaridades que he dicho en mi discurso, le acuño este término por mi capacidad de no andar repitiendo la misma palabra una y otra vez (soy muy pedante, lo sé), me encantaría que nos planteásemos la posibilidad de que detrás de tanta parafernalia y eufemismo (nos encanta lo decoroso, lo políticamente correcto) también hay miles de calumnias y barbaridades implícitas en discursos que carecen, además de calidad. Y lo digo porque en un país como España, caldo de cultivo de la obra del maravilloso manco de Lepanto (lo denomino con un mote, como si de un amigo se tratase,  porque considero, en cierto modo, que Cervantes así lo es), no podemos conformarnos con esta basura, que se hace llamar acto de prensa, conferencia o discurso meramente. No, no y no. Me niego absolutamente a que el español quede reducido a diez o doce palabras, cuando es una de las lenguas más maravillosas jamás desarrollada. 
Por ello, cuando pongamos en nuestro currículum los idiomas que dominamos, quizá, y solo quizá, es preciso que nos planteemos el hecho de que el castellano es un idioma mucho más amplio de que lo que se nos muestra, y puede que no lo dominemos tan bien como consideramos. Así como el caduceo de Hermes, dios griego del comercio, se ha tomado como símbolo inequívoco de la medicina universalmente, cuando verdaderamente el símbolo ortodoxo era la vara de Esculapio, el dios de dicha disciplina científica,  puede que haya ocurrido lo mismo con el castellano vulgar empleado habitualmente como emblema de España, habiendo dejado enterrado al verdadero castellano, al magistral. 
Pienso, luego existo, decía Descartes. Hemos de plantearnos entonces si nuestra existencia es tan certera. Mientras tanto, nuestro querido castellano seguirá jugando al un, dos, tres, escondite inglés, sin mover las manos ni los pies.