Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

La Pascua se acercaba entonces con su barrunto de frío y de trabajo, pues debíamos recoger la oliva, y en su orden preciso: poner las mantas bajo los árboles, varear los pollizos con cuidado y eficacia para no hacer demasiado daño y despojarlos al mismo tiempo de todos sus frutos algunas horas por la mañana y un par de horas por la tarde; en el centro del día, afirmaba mi abuelo, la oliva se coge en el centro del día, porque era pleno invierno, hacía frío y no había demasiada luz. Al mediodía bajaba mi madre con la comida recién apartada, porque el guiso era insustituible, aunque añadíamos el buen pan del Chaparro, el embutido oloroso del Campo de San Juan, los tomates fragantes de la huerta de mi tío Jesús y las cosas de Pascua que incluía mi madre como un detalle festivo y entrañable. Dábamos cuenta de la colación en el bancal, sentados sobre los sacos con la oliva y en los propios caballones que dividían en eras el terreno de cultivo. Había en esos días también vino para todos, pese a que mi padre bebía vino todos los días, pero en esas fechas nos animábamos el resto de la familia, incluso mi madre, pues teníamos encima el invierno y cuando iba cayendo la tarde, empezaba lenta pero inexorable la erosión del frío que traería la noche helada. Descansábamos bajo un sol tibio y reconfortante de diciembre mientras íbamos saboreando los alimentos del día, porque todo era más apetecible en esas circunstancias y degustar la comida que mi madre había preparado con tanto esmero constituía un auténtico placer de dioses; reponíamos fuerzas, observábamos el paisaje desde nuestro lugar en la mesa del pequeño olivar, pegados a la tierra como criaturas salvajes, cansados y con los miembros doloridos, pero felices de estar todos juntos en la tarea  de cada año; a mí me costaba un esfuerzo doble, pues debía levantarme antes para estudiar los apuntes que entrarían en los próximos exámenes, y de ese modo conformar mi conciencia de estudiante desasosegado que perdía el tiempo en otras faenas. Empezar de nuevo el trabajo por la tarde resultaba ímprobo, pues nos hallábamos en plena digestión y apenas habíamos reposado la comida unos minutos; y, sin embargo, muy pronto volvíamos a calentar nuestras articulaciones y proseguíamos como si nada, los jóvenes subidos en las ramas de los árboles, los hombres con las cañas en las manos fustigando las faldas y las cumbres abarrotadas de oliva y las mujeres recogiéndola del suelo alrededor de las mantas. Cada cual en su tarea, aunque en algún momento todos podíamos hacerlo todo y todos estábamos dispuestos a ayudarnos.

Mi abuelo era el primero en dar la voz de alarma; le gustaba salir a la Calle Mayor a pasearse y a ver las luces y a escuchar la música, y era consciente de que la tarde se consumía muy pronto; así que a una hora concertada pero imprevisible atábamos los sacos con la oliva que previamente habíamos limpiado de hojas lanzándola contra el viento y recogiéndola de nuevo más tarde, nos cargábamos con los sacos y los llevábamos hasta los furgones de la almazara donde harían el aceite. Yo solía ser el encargado de acompañarlos hasta el final, recoger los sacos vacíos y volverme a casa por las calles ya desiertas del pueblo, aunque a aquellas horas casi todo el mundo se encontraba haciendo una labor parecida.

Anochecía mientras llegaba a casa con prisa, me calentaba apenas en la lumbre, me lavaba con acelero y un punto de emoción, aunque mis manos permanecerían manchadas toda la campaña, cenaba con mi familia y me marchaba lo antes posible hasta el lugar donde me esperaban mis amigos. Idénticos afanes nos ocupaban por aquellos días, pero ninguno de nosotros estaba dispuesto a despilfarrar ni un segundo de nuestro tiempo libre, aunque nos acostáramos tarde y con alguna copa de más.

Ahora lo recuerdo todo aquello con la cercanía de la nostalgia y la benevolencia de una sabiduría que tal vez haya alcanzado con los años.