Pedro Antonio Martínez Robles

Tengo la sensación de que la abundancia mal entendida nos embota la mente, nos endurece el corazón y aletarga nuestra voluntad, alejándonos de la alegría natural de compartir la dicha, el gesto generoso de hacer partícipes a los demás de nuestro bienestar, de ser felices con la felicidad de quienes nos rodean.

He tropezado con una fotografía de las que guardo en la amplia caja de latón que me confió mi madre donde guardo las imágenes de varias generaciones de mi familia, desde el último cuarto del siglo XIX hasta nuestros días. En la fotografía que tengo ahora en mis manos puedo verme junto a mi hermano Juan Carlos, mi hermano Rufino y mi hermana Pura, con mis padres posando detrás de nosotros, en el salón comedor de la planta baja de la casa, para eternizar ese momento en un pedazo de cartulina que todos sabemos que no ha de ser eterna. Sé que esa instantánea se tomó el 6 de diciembre de 1965 porque era el primer cumpleaños de mi hermano Rufino. Y también sé que en esa época, y tras unos años de confiada abundancia en mi casa, se sufrió en ella un importante revés económico del que costó casi una década salir. Mis hermanos y yo éramos tan pequeños que vivíamos ajenos a esa penosa circunstancia que creció con nosotros en nuestra infancia y de la que yo solo fui consciente cuando prácticamente la habíamos dejado atrás. Lo que más llama mi atención en la foto que puedo contemplar ahora con detenimiento, a más de 55 años de distancia de aquel día, es la sobriedad del festejo, la sencillez con que mi madre nos reunió en torno a la conmemoración del primer aniversario de mi hermano Rufino: unas palomitas de maíz y una bandeja de galletas; no había nada más ni nada más era necesario, salvo la voluntad de mis padres de proporcionarnos la felicidad del momento, la alegría de celebrar aquel primer cumpleaños de mi hermano Rufino y hacernos soñar con una fiesta más de la vida en la que los protagonistas éramos nosotros.

Hemos prosperado mucho desde aquellos años. Vinieron los 70, los 80, los años del “bienestar” y la abundancia. Y vinieron nuestros hijos y los cumpleaños de nuestros hijos, y en ellos ya no había palomitas de maíz y platos de humildes galletas, sino aperitivos, canapés y bocadillos variados, cerveza, vino, y un despliegue de dulces y tartas que colmaban las mesas. Y regalos, muchos regalos para el niño homenajeado que al final quedaban casi olvidados en algún rincón del salón, o barridos en la agotadora limpieza tras el festejo. De estos días no guardo un retrato solo encargado al fotógrafo profesional del pueblo, como en ese cumpleaños de 1965, sino decenas de ellos y hasta algunas grabaciones que el tiempo va tornando ya lejanas y amarillas, y el recuerdo de que en esas sesiones, los niños acababan relegados a “un segundo plano” y la fiesta se prolongaba con los adultos hasta que nos vencía el hartazgo y la fatiga. No puedo decir que no guardo un recuerdo entrañable de los cumpleaños de mis hijos, ahora que ya son mayores; naturalmente que lo guardo, pero no sé por qué va algo empañado por esa abundancia de la que hacíamos uso y el pretexto para acabar convirtiendo el cumpleaños de los pequeños en una reunión y un alboroque de mayores, diluyéndose en él el verdadero motivo de la celebración.

Una vez le oí decir a José Luis Sampedro que <<Para vivir no hace falta tanto>>. Yo creo que para ser feliz, tampoco.

Espero que mis hijos, a pesar de los excesos de la época que nos tocó vivir, puedan recordar la celebración de sus cumpleaños con la misma felicidad con que yo recuerdo aquel remoto cumpleaños de mi hermano Rufino, aunque entonces solo lo hiciéramos frente a una fuente de palomitas de maíz y un humilde plato de galletas.

 

31 de enero de 2021