JUAN DE DIOS MARTÍNEZ

FOTOGRAFÍAS: ANTONIO MARTÍNEZ LÓPEZ

Un lienzo costumbrista en las llanuras de las posguerra civil,  con los trazos de una generación, de un estilo de vida y de unos sentimientos arraigados en esta espléndida tierra. En su nuevo trabajo, Ignacio Ramos ha recogido un compendio de historias autóctonas, con el regusto de los buenos textos y contadas, como buen periodista, con un lenguaje sencillo desde diferentes ángulos.

Ignacio Ramos firma ejemplares de su obra

Ignacio Ramos firma ejemplares de su obra

Quiero felicitar a la Editorial, La Fea burguesía y, en concreto, a Paco Marín por haber apostado por este libro y por su autor en esta estupenda edición, que estoy seguro que tendrán que repetir pronto. Los que aún conservamos el deleite por el olor de la tinta impresa, del tacto del papel, de acariciar las páginas de un buen libro, nunca agradeceremos lo suficiente que nos defendáis de la invasión de las multipantallas.

Para mí es un privilegio poder acompañar a Ignacio y a todos ustedes en la presentación de este libro. Ignacio es maestro del periodismo, mi oficio y por lo tanto una fuente de aprendizaje. Un referente. Su jubilación nos ha permitido conocer su faceta como escritor, en la que deposita sus conocimientos, pero también su memoria, sus raíces. Por su experiencia profesional podría escribir de cualquier tema, social, político o hasta deportivo, pero ha preferido centrarse en los recuerdos su tierra. Como decía Oscar Wilde: “Cualquiera puede hacer historia, pero sólo un gran hombre puede escribirla”

Ramos muestra sus sentimientos y teje historias humanas que nos retrotraen a historia una España  no tan lejana. Seguro que muchos de los que asomen al libro podrán reconocer personajes y paisajes de este triángulo geográfico que fricciona en las sierras de Caravaca, Gontar o Santiago de la Espada. Sus nombres no aparecen de manera explícita, pero son fáciles de reconocer. Un territorio hoy dividido por Regiones, pero que tienen más en común entre ellos que con el resto de sus provincias.

‘El hombre…’ consta de diez relatos, repartidos en 285 páginas, aunque la mayor parte corresponden al relato que da nombre al libro y que lo cierra, además… todos ellos están ambientados en el mundo rural de esta comarca, en los años posteriores al final de la Guerra Civil. Sus secuelas están presentes en los textos: el hambre, el racionamiento y la carencia de infraestructuras se contraponen al espíritu de superación de los personajes. Sus protagonistas son personas normales. Ninguno saldrá en los libros de texto, pero son supervivientes a una catástrofe por medio del amor, con sacrificio, sin ayudas ni preparación muchos de ellos, atados a la azada, al campo, al cuidado de los animales. Persona rudas y modestas como las que aparecen en la foto de portada del libro, en la que vemos a un hombre mirando a la cámara con desconfianza, aunque con determinación; erguido y con los puños cerrados por si hay que afrontar la adversidad.

Ignacio nos propone un repaso a nuestra memoria histórica. Pero no una revisión sesgada, sino una mirada sin vencedores ni vencidos en el umbral entre la pesadilla y la esperanza. Seres atrapados en el miedo a perderlo todo: por moler el trigo a escondidas debido al racionamiento, por tener que recurrir al mercado negro o estraperlo para encontrar lo prohibido, por las inclemencias de la naturaleza, o por la represión en los últimos estertores del conflicto. Temerosos de poder ayudar a los refugiados en el monte por si sufrían las represalias de la Guardia Civil. Así como con el pavor a que estas personas, en su desesperación, les robaran los animales o la comida con la que alimentar a sus familias. No hay buenos ni malos en estas historias en el seno de una dictadura recién nacida… la significación de los personajes coincide tanto en su aprensión como en su determinación, al margen de su papel narrativo.

Nos encontramos, por lo tanto, con una sucesión de estampas costumbristas. Las historias de de los hogares, de las calles, de las trochas en la nieve para poder salir de las casas; los cuentos de miedo de los abuelos a los nietos al calor de la lumbre (me río yo de Netflix); esa radio en la taberna, convertida en el único nexo con la civilización externa… y la naturaleza, una protagonista más durante todo el libro. Percibimos la fuerza arrolladora que sufren con impotencia los hermanos del río; el manto helado, sordo y aislante de la nieve, del temido nevazo,   como se le denomina por estos lares; o el diálogo entre pucheros y el rosario de las dos entrañables ancianas, entremezclando sus rutinas.

En el debate actual sobre fantasma de la España vaciada, es necesario leer libros como el de Ignacio para comprender nuestra historia. No es una España vaciada, sino vacía. No es que muchos pueblos, entre campos y montañas hayan echado a la gente, es que en aquellos años de hambre e incertidumbre muchos tuvieron que arriesgarlo todo y marcharse para poder trabajar, para dar un futuro a sus hijos. Por eso se producen en las décadas posteriores las grandes emigraciones a las ciudades, a las industrias, que aún hoy siguen fagocitando toda la demografía. El autor lo recoge en una descripción bondadosa del Madrid de aquellos años, fijado como expectativa para tantos emigrantes: “una capital trepidante que se sacudía los lazos de la posguerra a puñetazo limpio contra recuerdos de terror y miseria… una ciudad que cerraba zanjas en sus calles y en sus ánimos, se abría a la esperanza, gracias en parte a gentes generosas y pocas exigencias en busca de una vida mejor…” vamos lo mismo que piensas ahora cuando vez lo de Madrid Central. ¡Qué sacrificio tenía que suponer arriesgarlo todo para emprender una nueva vida en esta ciudad, o en Barcelona, sin saber cómo sobrevivir! Con los años hemos comprobado que ese progreso, como advirtió el alemán Jung, no siempre ha supuesto un avance, sino una involución, porque que estas historias tan contemporáneas encierran un serie de valores anudados a su tiempo que luchan contra el olvido, contra el estereotipo de esa modernidad líquida que pregona Zygmunt Bauman, por la que todo lo convierte en inestable y cambiante.

Ignacio nos vacuna contra los demagogos que quieren volver al campo para cultivar los tomates en vez de comprarlos en el Mercadona y a eso lo llaman sostenibilidad. Ecologistas domingueros con carnet ecoverde cansados de ser burgueses urbanitas. Anhelantes de tiempos pasados a los que Ramos recuerda que el campo es dureza y sacrificio constantes, sobre todo en aquellos tiempos tan escasos de recursos. Sin maquinaria, apoyados en manos encallecidas de trabajar de sol a sol, expuestos a los desmadres naturales.  Se necesitan muchas infraestructuras para atraer de nuevo la población a esa España vacía sin el riesgo inevitable de convertirla en otra ciudad. Aunque sea otro modelo, como ha ocurrido en la huerta de Murcia, trocada en una huerta jardín entre chalets.

La mujer tiene un gran protagonismo en estos relatos, como en la vida misma. Dice un proverbio que Dios, con ser Dios, necesitó una madre para venir al mundo. Mujeres que han sido a lo largo de historia, sin reconocer, el telar en el que se han tejido las sociedades. Su influencia se percibe aquí en el final de una época convulsa de carácter matriarcal. Mientras los hombres estaban en la guerra, eran las mujeres las que mataban el hambre de sus hijos y salvaban los muebles. Algunas tuvieron suerte y vieron a sus hombres regresar, pero eso no cambió que tuvieran que lidiar con semanas de ausencia cuando sus maridos se marchaban a la siega, o a cavar los huertos. Otras, como la piconera, soportaron durante años la infamia, la mala reputación, para proteger a su marido escondido. Incluso las palizas sufridas por la Mujer del Púa, rechazadas ya en aquella sociedad y que hoy día fíjense por dónde vamos. A pesar de todo no desfallecían. Mariana la de la posada, con el luto de la guerra en carne viva, se deshace en atenciones al hombre de la penicilina, mientras queDoña Mercedes, nos regala un discurso reflexivo e irónico, para disfrazar su soledad y proteger a su hija de “esos curicas jóvenes que se remangan la sotana para jugar al fútbol”

Desde el punto de vista literario, ‘El Hombre…’ está escrito con sencillez, lo que no hay que confundir con la simpleza. Porque sus textos tienen enormes cargas de profundidad emocional. El amor se manifiesta de diferentes maneras y con gran intensidad. Están escritos con una gran sensibilidad hacia los personajes y sus circunstancias. Con el candor de un entorno natural en el que el tiempo se ralentiza y nos permite contemplar los detalles. Lo vemos en esa pareja de enamorados que se sienta en el ribazo, en un descanso del trabajo, con una conversación trivial o sin decirse nada, con la mera complicidad de ese amor bucólico, del que Virgilio hubiese dado buena cuenta. Contemplamos cómo el tiempo se detiene o se fracciona: el amor entre Antoñita y Fidel ¡se articula a través de años! Encontramos una fuerte presencia lírica y poética en la obra.

En cuanto al estilo, Ignacio escribe en primera y tercera persona, con especial relevancia el relato principal, lo que aporta una carga subjetiva que nos lleva a interiorizar mucho más el descubrimiento que experimenta su protagonista. De la composición también destacaría el glosario de palabras antiguas, que pueblan el libro. Descripciones de parajes, utensilios u oficios. No necesitan traducción, porque se identifican de manera plena en el contexto de la historia y suponen una gran recopilación del lenguaje empleado en la España rural del Siglo XX. Recomendaría al editor que en futuras ediciones se incluyera este glosario en la parte final del libro, con el fin de conservar este vocabulario y permitir su estudio para las nuevas generaciones.

Encontramos en sus páginas deliciosas descripciones de los personajes y de su mundo. Nada barrocas, con la adjetivación justa para trazar las figuras. Una retórica que nos recuerda la de Baroja, sin artificios… sin el pesimismo del escritor vasco, pero sí con tintes existencialistas… no por casualidad, el protagonista recomienda la lectura de ‘Nada’, la obra de Carmen Laforet que por entonces acababa de ganar el Nadal, en 1947. “Todos viajamos en el mismo vehículo, pero con destinos diferentes”, proclama.

Como también en esa dualidad racional e instintiva de los personajes, plenos de solidaridad, empatía, compromiso, pero al mismo tiempo víctimas de su naturaleza animal. Nos remite al dilema del Lobo Estepario de Hermann Hesse. El protagonista confiesa su cura de humildad cuando se deja caer con supremacía y encuentra el verdadero sentido de la vida. Esa dualidad se pone de manifiesto cuando el protagonista se pregunta cómo convive en el pueblo “lo armonioso con los disparatado, lo humano y lo cruel… igual ahorcan un perro que se lo llevan a casa para librarlo del frío; maldicen el quebranto económico de tener que sacrificar un ternero y distribuyen luego su carne gratis; prohíben moler trigo y aceptan el pan sin preguntar de qué harina está hecho…”

‘El hombre…’ es la luz del progreso entre las sombras de las posguerra. La penicilina es la prueba palpable de que hay un porvenir esperando en algún sitio, en algún momento, para alumbrar la esperanza y deshacer las tinieblas de la pobreza. “Aquí nunca ha habido tantos enfermos hasta usted llegó”, espeta uno de los personajes, porque de esta manera toman conciencia de su humanidad, tan presente durante toda la obra. ¿Acaso esa humanidad no encierra la clave de la evolución? ¿No crecemos desde el amor cuando se fortalece en la adversidad? La inmersión del médico es la reacción a una historia de amor puro, de un compromiso inquebrantable entre dos jóvenes a pesar de sus penalidades. Como dice Antoñita: “el amor que nace en las raíces hincadas en los surcos del dolor se hace más fuerte y hermoso”. Un amor desafiante como el del hijo de la mujer de la cueva, arriesgado a ser devorado por un animal de tintes mitológicos. El amor es el eslabón perdido en la memoria histórica. Ignacio Ramos nos transmite que debemos protegerlo. Cuando Jon Nieve se debate entre el amor a Daenerys y el trono de los Siete Reinos, sentencia que “el amor es la muerte del deber”, pero Tyrion Lannister le replica que “hay veces que el deber es la muerte del amor” y sentencia: “el amor es más poderoso que la razón”.

Una buena razón disfrutar esta reserva natural de nuestra cultura, limpiar los retrovisores de la la historia, mantener viva la memoria de los nuestros, reconocer su esfuerzo, aprender de sus errores y explorar sus sentimientos es leer “El hombre de la penicilina y otros Relatos”, del caravaqueño Ignacio Ramos.