Pedro Antonio Martínez Robles

No sé cómo llegó a mi casa ni cómo salió de ella. Era un cine de hojalata de color beis, o beige, o castaño claro, o blanco roto o sucio. Yo no tendría más de cinco o seis años y la posibilidad de ver cómo aquella pequeña máquina podía ofrecernos la posibilidad de proyectar imágenes en la pared y hacernos creer que íbamos a ver una película de verdad, que podíamos asistir a una sesión de la magia del cine allí mismo, en mi casa, produjo en mí una expectación que todavía recuerdo. No resulta difícil imaginar que en aquel tiempo (hablo del primer lustro de los años sesenta) el proyector debía ser más bien rudimentario, ya que se trataba de un juguete, no de un artefacto profesional, y todas las maniobras que se emplearan para hacerlo funcionar habían de ser necesariamente manuales. En aquella habitación de mi casa que dejamos a oscuras, alguien conectó el cable que salía de la caja de hojalata del cine a la corriente y una pequeña bombilla se encendió en su interior. Una mano, también de alguien a quien no recuerdo, hizo girar la manivela que aquella caja tenía en uno de sus costados y en una de las paredes oscurecidas de la habitación se abrió una ventana de luz en la que enseguida apareció el dibujo de un soldadito que se iba repitiendo, de manera sucesiva, a medida que la mano movía la manivela, ahora más aprisa, ahora más despacio, de tal manera que el soldadito parecía desfilar, al menos en mi imaginación. Y bajo la figura de este soldadito que por la magia de la luz y la mano del hombre parecía haber cobrado vida sobre una de las paredes de aquella habitación, aparecía una leyenda que contaba su historia: “¡Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena!”, cantaba alguien ante nuestros asombrados ojos y nuestros atentos oídos infantiles… Mentiría si dijera que yo no había visto hasta entonces auténtico cine, aquellas películas que llenaban la inmensa pantalla del Rialto con su magia en blanco y negro o en tecnicolor y producían en mí (y creo que en todos de los espectadores) un arrobamiento que nos duraba horas e incluso días; pero aquella sensación de posesión, aunque fugaz e incomprensible, de una pequeña máquina para llevar el hechizo del cine a mi propia casa, me hizo soñar con la posibilidad de ser dueño por una tarde de toda la fantasía que mi imaginación pudo desplegar ante la simple figura de aquel soldadito que ni hablaba ni se movía, si no era por la voluntad de la mano que giraba la manivela. Y fui feliz, tan feliz como en las largas sesiones de las películas del Rialto, pero con la diferencia de sentirme parte de aquella mágica empresa del cine.

Después de aquella vivencia, tal vez la primera que puedo rescatar en la memoria de mi infancia en la que pude tener una ilusionada participación, fueron viniendo otras con las que fui creciendo yo y fue creciendo mi imaginación, y si algo he aprendido de aquella remota experiencia y de otras similares que habrían de ir llegando en aquellos años de fantasía de hace ya más de medio siglo, es que las conquistas personales o aquellas en las que nos implicamos, por modestas que sean, nos producen siempre mayor emoción que las que nos son dadas, de manera gratuita y sin esfuerzo, por magníficas y elaboradas que estas sean.

 

 

 

Calasparra, 1 de febrero de 2020