ANTONIO F. JIMÉNEZ

«¡Antoñico, pajarico!». Paco Rabal, en una Murcia de finales del siglo XX, cuando la Plaza Cardenal Belluga era transitable por los coches y había una fuente en su centro. Pajarico (1997), el film de Carlos Saura, mitad aragonés, mitad murciano, es un tesoro audiovisual para nuestra Región, un canto a la belleza sorollesca de nuestra tierra: a lo diáfano, a lo mayesco de sus cielos, incluso a la lluvia escasa de aquí, la del sol de agua, la de la luz atravesando las tildes que acentúan el aire. Algún foráneo, ajeno al sentir murciano, dijo que Saura había hecho una película más bien regular, reiterativa en sus sempiternos temas: la niñez, la familia. Pero, ¿qué mejores temas? Los ajenos a las extremadas calimas y ventiscas levantinas y a la gota fría; los que pocas veces vieron la blancura pulcrísima de las sábanas venteándose y secándose al sol en las azoteas, dijeron que Saura había hecho una película sin trama. Según lo que entendamos por trama. A veces los hilos de una historia no tienen por qué atarse con la precisión ajustada de la sorpresa final. La trama de Pajarico es el encantamiento de un niño que al principio llega a Murcia amorrongado y deseoso de irse de nuevo a Madrid con sus padres, que le mandan una temporada a Murcia porque ahí están sus tíos, pero no su corazón; y esto último es lo que logra, sobre todo por una niña morena llamada Fuensantica, de unos ojos negrísimos y bellos que ven más allá. De modo que es una película que diluye los prejuicios que mucha gente tiene sobre nuestra tierra, da el calambre ante la belleza de las imágenes, casi como una sucesión de cuadros. La primera escena, Manuel, el niño llegando de Madrid a la estación del Carmen, ya lo tiene todo. A mí me dio no sé qué cuando regresé a Murcia para la Navidad, que venía también de Madrid y era la primera vez que montaba en un tren, y después de haber atravesado una Mancha llena de nieblas empezaron a sucederse, casi de repente, casi sin previo aviso, las centenarias oliveras, las palmeras marítimas, el contraluz a un lado, y el amarillo rubial de la tierra a otro, todo a través de las ventanas, como una pantalla de cine, el cielo igual de azul que el Mediterráneo, casi sin espumas, apenas un par de nubes como pintura salpicada sin querer. Otra bella secuencia del principio de Pajarico es la panorámica de Murcia donde sobresalen esos árboles seculares de los jardines de Teniente Flomesta y los de Floridablanca, en un atardecer naranja, con el rumor de los cientos de pájaros cantando arrebujados en las ramas, posiblemente mayo en Murcia. O ese barrido del bodegón, en la encimera de granito de una cocina, con los jarrones, platos y el cesto con las frutas. Y ese Paco Rabal haciendo de abuelo con alzhéimer, perdido por el Malecón, deseoso de ver el mar de Los Urrutias por última vez, y esa frase deliciosa que proclama como una salmodia o como el único consejo que puede lanzar ya al final de sus días: «¡Qué bien se está cuando se está bien!», en una playa virgen de las de Sorolla, donde la arena se juntaba con el monte pelado y no con una baldosa; y él, Paco Rabal, cerrando los ojos «como un pajarico solitario».