POR PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA

Es indiscutible la habilidad, ingenio y altura de miras de Jaime Parra Navarro, Director de este semanario que se denomina “El Noroeste”. Resulta que, bien avanzada mi etapa como colaborador habitual, hace unos meses, me requiere para tomar un café y me propone cederme una página semanal para que un servidor la usara para temas culturales, musicales o de ese orden y con el fin de que se incluyera cada semana en el suplemento cultural del periódico. Le dije que no podía comprometerme porque el trabajo es lo primero y que, por mucha afición que exista, que es innegable y real, no podía asumir tal compromiso, quedándome vinculado, eso sí, a cubrir los obituarios y similares de los artistas más famosos del mundo musical y los periodistas de relieve que nos abandonaran, dos mundos que admiro, me emocionan, adoro y comparto, de tal manera que, así, podría matar ese gusanillo de afición que se lleva dentro y, al mismo tiempo, serle útil a “El Noroeste”. Pero, a veces, las circunstancias se tornan caprichosas y hasta la siempre desagradable muerte se hace más cercana, reiterativa, coincidente e inesperada, llegando a resultar que, con ese compromiso, vengo cubriendo más espacio que si me hubiera obligado a lo inicialmente propuesto por nuestro citado Director, Jaime Parra Navarro. ¿Y por qué traigo, aquí y ahora, esta explicación?. Sencillamente, porque en el ánimo de cumplimentar ese espacio comprometido, en principio como menor tarea, las circunstancias han hecho, no solamente que el trabajo se haya multiplicado, sino que, incluso, utilizando dos páginas semanales, no hayamos tenido oportunidad de dar cabida a algunas desapariciones de artistas que, en las últimas semanas, no hemos encontrado la oportunidad de incluir y que, hoy, después de algunas semanas de espera dando preferencia a otros asuntos, podemos hallar hueco para comentar, a modo de respetuoso obituario, el reciente fallecimiento de un artista cuya crónica ya nos está reclamando nuestro buen amigo y compañero de tantos años, Antonio Belmar Hernández. Hablamos de Richard Anthony, otro grande de la canción afincado en Francia, aunque procedente de origen angloturco y que tomó el apellido de su madre para afrontar, con él, su dilatada carrera musical. Así, pues, su verdadero nombre es Ricardo Btesh Anthony (13-01-1938, El Cairo-Egipto/20-04-2015, Pégomas-Alpes Marítimos-Francia).
Seis millones de copias vendió de “Aranjuez, mon amour”, del maestro Joaquín Rodrigo.- A nadie se le escapa que este indiscutible artista que tantos triunfos cosechó y tantos discos vendió, logró un éxito internacional sin parangón, gracias a la partitura titulada “Aranjuez, mon amour”, melódica y bien lograda adaptación del extraordinario adagio correspondiente al inolvidable “Concierto de Aranjuez”, de Joaquín Rodrigo, al que puso letra Guy Bontempelli, que tantas voces importantes han interpretado y que tantísimas versiones ha generado como pieza musical insustituible. En su caso, el montaje que adaptó de ese tema fue considerado como la “versión pop” del movimiento musical que encarnó el propio Richard Anthony, es decir la denominada “generación ye-yé”. Le posibilitó, además, al intérprete francés, poder vender seis millones de copias del álbum y alcanzar un nivel de popularidad que llegó a apagar al propio maestro Rodrigo, detal manera que el verdadero compositor de la obra tuvo que escuchar comentarios, siempre “indocumentados”, por supuesto, pero sin dejar de ser desagradables, que decían: “Qué estupenda es esta canción, que ha inspirado un concierto entero”. Una pena, pero una realidad.
“J’entends siffler le train” y “Je me suis souvent demandé”, canciones clave en su trayectoria artística.- Precisamente, al sentirse influenciado por el prestigiado pop inglés, se arriesgó a adaptar ese género al francés, por lo que grabó temas tan legendarios como “Peggy Sue”, de Buddy Holly, o el emblemático “You are my destiny”, del gran compositor y cantante Paul Anka. No obstante, sus primeros intentos de notoriedad “se empeñaron” en pasar bastante desapercibidos, pese a la firme y clara apuesta que realizó la discográfica “Columbia” en su lanzamiento. Y es que no sería hasta el tercer intento cuando el éxito le sonriera con la magia e intensidad que su esfuerzo merecía. Y tuvo que ser creando una versión de “The Coasters”, concretamente de la canción titulada “Nouvelle vague”, cuando la fortuna y el éxito comenzaron a ponerse desu lado, quizás porque se trataba de una melodía próxima a ese rock con ritmo dulce que servía para anunciar las nuevas expectativas juveniles que aguardaban, con plena inmediatez, a la notable Francia de la V República. Se sucedieron muchos títulos más y nuevas grabaciones, pero el éxito que marcó su vida artística, sin duda alguna, fue “J’entends siffler le train” (1962) para, tres años después, afianzar esa notoriedad del intérprete con plena garantía gracias a “Je me suis souvent demandé”, una canción belga, de Bobbejaan Schoepen, que adaptó magistralmente y que le proporcionó un éxito incontestable, no solamente en Europa, sino también en Chile y Argentina, bajo el título de “A veces me pregunto yo”. Y, así, se introdujo en una sucesión de éxitos que le han valido para marcharse al otro mundo, sí, pero no sin antes vender más de 50 millones de copias de sus discos en los que dejó esas más de 600 canciones que llegó a interpretar. Todo ello le proporcionó un enorme reconocimiento mundial que, al despedirle para siempre, le concede ese respeto, asa admiración y ese prestigio que el artista se ganó por méritos propios, por dedicación, constancia y entrega a su profesión musical.

Un mal estudiante de Derecho.- Hijo de un empresario sirio del textil y de madre inglesa, gozó de una nómada infancia que discurrió en Egipto, Inglaterra y Argentina para terminar instalándose en Francia. En la capital del país vecino, a la vera del Sena, estudió en el instituto “Janson-de-Sailly”. Se decantó por el Derecho cuando llegó a la universidad, lo que compatibilizó ejerciendo tareas comerciales para una empresa que vendía frigoríficos y con la finalidad de poder ayudarse económicamente. Pero, quizás, la razón fundamental fue la de exhibir una fallida carrera como estudiante de Derecho, pese a disfrutar de los mejores centros de enseñanza, lo que le llevó, finalmente, a cambiar la tarea estudiantil por la música, en general, y el saxofón, en particular, con el que se dejó ver en los clubs de jazz parisinos con no poco éxito.

El deterioro de su carrera artística.- Considerado el cantante francés más avezado en interpretar versiones de los mayores éxitos del continente americano, Richard Anthony se abre un importante hueco como defensor, practicante y cultivador del rock and roll en su formato más autóctono, el que llegara a Francia coincidiendo con el inicio de la década de los ’60. El artista realizó la mayor parte de sus grabaciones “a caballo” entre París y Londres. Y fue en la capital británica donde conoció a “The Beatles”, cuarteto con el que mantuvo una cercana y muy estrecha relación, hasta tal punto, según una leyenda urbana nunca confirmada, que Paul McCartney parecía haberse enamorado de la esposa del fracasado estudiante de Derecho, Michelle, a la que, al parecer, pudo estar dedicado el legendario tema de los de Liverpool que llevaba por título ese mismo nombre de mujer. Y, en esa generación del rock and roll, apuntalada por esa multitud de seguidores del prototipo “ye-yé” que impulsó Anthony, figuran un montón de excelentes artistas sumados a ese colectivo que “presidía” el francés, tales como los legendarios Sylvie Vartan o Johnny Hallyday. La década de los ’70 le resultó bastante menos favorable y su carrera sufrió un marcado deterioro, pero, así y todo, lanzó “Amoureux de ma femme” (1973) para ofrecerle a sus seguidores, cinco años después,”Non Stop”.La década de los ’80 le fue, todavía, bastante más negativa cuando se convirtió en inquilino de la cárcel por tres días, como consecuencia de problemas fiscales que protagonizó en 1982. Tanto en Francia como en España se editó “Sentimental”, en 1996, un álbum que le sirvió para volver de nuevo a los estudios de grabación con el propósito de inmortalizar versiones de sus más conocidas y afamadas canciones. Y, dos años después, celebraba, en París, su cuadragésimo aniversario de carrera artística, lanzando su autobiografía con un extraordinario nivel de aceptación.
Cantando para más de 200.000 jóvenes en pleno centro de París.- Tuvo sus benefactores y sus adversarios coincidiendo con el languidecer de su popularidad, pero siempre llenó recintos, fue respetado en las listas de éxitos, gozó de un excelente repertorio, cantaba de maravilla y, quizás, le faltó esa constancia que han mantenido otros artistas internacionales a determinada edad, como los Engelbert Humperdinck, Tom Jones o Al Bano, por poner algunos ejemplos de intérpretes que solamente han experimentado crecimiento en su respeto por parte del público. No obstante, Richard Anthony participó en el histórico acontecimiento impulsado por la revista “Salut les Copains”, consistente en un concierto que aglutinó a más de 200.000 jóvenes en pleno centro de la capital francesa. Un cáncer que venía padeciendo desde hace tiempo y frente al que ha luchado incansablemente, puso fin a su vida, a los 77 años de edad, en su casa de Pégomas, en el sur francés. Adiós músico, hasta siempre maestro. Descanse en paz, Richard Anthony, quien tantas canciones excelentes y bonitas melodías ha dejado, en nuestra particular banda sonora, a lo largo de los años. Buenos días.

Pedro Antonio Hurtado García es Director de Zona de CAJAMURCIA-BMN en el Noroeste murciano