FAMILIA MULERO LEÓN

¿Tienes memoria? ¿Recuerdas lo que hiciste ayer? ¿Y lo que le aconteció a tu familia hace 80 años? ¿Se te ha olvidado? A mí no, me lo contaron y ahora te lo relato a ti. ¿Quieres escucharlo?

La historia comienza en Marchena (huerta de Lorca) en el mes de mayo de 1936, tierra noble y de grandes contrastes climáticos, en la que se han sucedido a lo largo de la historia sequías muy intensas y episodios de lluvias torrenciales.

A comienzos de 1936, sólo unos meses antes del comienzo de la guerra civil, Lorca estaba padeciendo una gran sequía, hecho que propició la decisión de emigrar de Andrés, uno de los protagonistas de esta historia, en busca de nuevas oportunidades junto a su familia, compuesta por su esposa Mª Huertas y sus cuatro hijos: Juana, la mayor, con ocho años y que acababa de hacer la primera comunión, Mª Huertas con seis, Magdalena con cuatro y Pedro con dos.

El viaje y la aventura hacia una nueva morada lo comenzaron al amanecer; toda la familia tenía mucho frio, tanto por dentro como por fuera, y algunos lloraban.  La madre y los niños ocupaban un carro, tirado por dos mulas guiadas por el padre y detrás venía otro carro con sus escasas pertenencias conducido por el tío José. Atrás dejaban su querida Marchena en la que habían vivido, en la que permanecía su gente, sus recuerdos y su hogar.

Muchas horas después llegaron al lugar elegido, Archivel, con un clima mucho más benigno y varios manantiales con abundancia de agua, preguntándose dónde iban a dormir y vivir.  Nadie les esperaba, eran forasteros, cuando de repente, el Tío Perota, al que no conocían, les dijo: “¿Os gusta esa casa? Os la alquilamos por poco dinero, parecéis buena gente”. Su nuevo hogar les esperaba…

El abuelo Andrés instaló en Archivel una “parada de sementales” en los bajos de ese inmueble (por la que pasarían todos los ganaderos de la comarca), y una pequeña taberna justo al lado, mientras que la abuela Huertas criaba los mejores pollos del pueblo, siempre con una sonrisa y sus zagales jugaban y jugaban en las calles a la rayuela con un viejo tejo…

Cuando el abuelo necesitaba algún semental para su negocio (caballo, mula, toro), viajaba hasta su Lorca natal y desde allí, tras adquirirlo, con sus viejas alpargatas, un poco de agua, pan, fruta y embutido, venía caminando, solo, tirando de la noble bestia con paciencia y tesón. El viaje lo hacía en dos días, parando a dormir en la Colonia de Santa Teresa, retomando al día siguiente el camino tras reponer fuerzas, llegando al pueblo muy cansado pero sabiendo que trabajaba para dar de comer a su familia a la que tanto quería.

Esos viajes los hizo el abuelo Andrés muchas veces, entre los años 40’s y 60’s, sin quejarse, de manera rutinaria, ya que no había con qué pagar vehículos grandes para transportar sus animales. Sus hijos (seis ya, con el nacimiento en Archivel de Isabel y Pepe) y su esposa lo recibían con mucha alegría, gritando: “¡Ya ha llegado el padre!”

Esta historia familiar, una de tantas, como tú tienes las tuyas, se ha ido repitiendo entre nosotros, nos la contaban nuestros padres al calor de la lumbre en las largas noches de invierno, siempre con una sonrisa de  nostalgia, recordando a aquellos que vivieron antes que nosotros, a los que tenemos que agradecer que estemos ahora aquí, que plantaran los árboles que ahora nos dan sombra, personas que trabajaron de sol a sol con sus manos, de forma humilde, sin hacer daño a nadie ni hacer ruido, siempre en familia, queriéndose.

Muchos años después, uno de sus nietos propuso andar el mismo camino que tantas veces hizo el abuelo Andrés, a ver si podíamos sentir lo que él sentía, pero no, eso no es posible, hoy en día llevamos buen calzado, dinero, teléfono, no tiramos de animales, vamos por diversión y tenemos una vida cómoda y segura.

No obstante, algunos de sus descendientes hemos recorrido sus mismos pasos por carreteras, caminos, ramblas, sendas y veredas. Salimos hace unos días al alba de Lorca, y llegamos a Coy por la noche (43 kms), pasando por las pedanías lorquinas de Las Terreras y Avilés.  La segunda etapa fue la de Coy- Archivel (30 kms) pasando por La Almudema, Singla y Barranda.

¿Y sabéis qué? Sí, os lo aseguro: lo vimos. El abuelo Andrés vino caminando con nosotros, riendo, contento, mirándonos, tirando de su burro favorito, de “Montañés”.

El viaje terminó en la tumba de los abuelos Andrés y Huertas, y les contamos cómo nos había ido el camino que habíamos compartido todos juntos, con la felicidad en la cara y sintiéndonos reconfortados y unidos por la vivencia.

Es nuestra historia, la de nuestros abuelos, la de nuestros padres y tíos, la de  nuestra sangre, y por eso no se nos olvida porque nos duele, porque los queremos y se la contaremos a los que vienen detrás de nosotros.

Éste es nuestro humilde homenaje a esa gran familia que es la nuestra, con los abuelos caminando siempre a la cabeza.

Ojalá tú no te olvides de tus abuelos ni de tus historias familiares y de lo duro que tuvieron que trabajar para que hoy en día tengamos mejores condiciones de vida, y seamos lo que hoy somos.

Este es un Camino de la Memoria. El mío, el nuestro. Y el tuyo, ¿cuál es?

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“La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados” Jean Paul, Misionera yugoslava nacionalizada india.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos” Jorge Luis Borges, escritor argentino.

“Lo que ocurre en el pasado vuelve a ser vivido en la memoria “John Dewey, religioso estadounidense.