CRÓNICAS APASIONADAS

PEDRO M. MARTÍNEZ BERMÚDEZ

Mis días están llegando a su fin, quisiera recordar un hecho que me probó que, de vez en cuando, hay sentimientos humanos incluso en las más terribles de las situaciones.

Aquel verano de 1914 transcurría entre aromas de modernidad, bohemia y una vida que nunca antes se había vivido. La sociedad había cambiado tanto y, lo más importante, no había habido una gran guerra europea en casi un siglo. Exceptuando la Guerra Franco-Prusiana y los conflictos habituales en los Balcanes, todo era paz y prosperidad en el viejo continente. Sin embargo, poca gente era consciente de la amarga pesadilla que nos esperaba a escasos días.

Yo, por aquel entonces, contaba con 18 años de edad, iba a estudiar en una de las universidades más importantes del mundo: Cambridge. Todavía recuerdo aquel sábado del mes de junio, 28 para ser más exactos. Un amigo fue hasta donde yo me encontraba con cara de circunstancia. Me comentó entre sorpresa y gran desasosiego que habían matado al heredero del Imperio Austrohungaro y a su esposa en las calles de una ciudad cuyo nombre no había escuchado en toda mi vida: Sarajevo. Yo le quité importancia, no era el primer asesinato de esas características que había sucedido en los últimos años y, aún así, nada malo había ocurrido.

Los días estivales pasaron velozmente hasta llegar a un punto culminante. Justo un mes después del fatídico día, Austria-Hungría declaraba la guerra a Serbia. El efecto dominó ya había comenzado y la ficha de mi país, Inglaterra, caería pocos días después, al invadir Alemania el territorio belga. Entre la población había un espíritu patriótico nunca antes visto por mis jóvenes ojos, debíamos de defender nuestro país y sus colonias de los malditos alemanes, esos que llevaban un extraño casco con una figura puntiaguada encima. Hubo una gran cantidad de voluntarios que se aprestaban para dar su vida, si eso fuese necesario, por el honor y la grandeza de nuestra patria. Entre ellos me encontraba yo, ¡qué insensato fui!

Habían pasado más de cuatro meses desde aquella borrachera nacionalista que supuso el principio de la Gran Guerra. Yo me encontraba en una trinchera cerca de la ciudad belga de Ypres, rodeado de muerte, destrucción, suciedad, agonía y desesperación. Todo el mundo pensaba que estaríamos de vuelta para Navidad, pero no fue así. En vez de estar con nuestros seres queridos, estábamos intentando matar a otros seres humanos. Me preguntaba una y otra vez qué es lo que hacía en aquel lugar. Mis lágrimas afloraban una y otra vez, convirtiéndose en placas de hielo debido al intenso frío reinante en aquella Nochebuena de 1914.

Estábamos todos reunidos en aquel macabro lugar, cuyo aroma era realmente aterrador, se podía palpar la muerte con las yemas de los dedos. De repente, empezamos a escuchar una especie de villancico que provenía de la trinchera alemana, estaban cantando en su idioma “Noche de Paz”. Yo, sin creer lo que mis oídos estaban captando, comencé a hacer lo mismo en mi lengua materna. Más y más voces se unieron a la mía para hacer entre todos una gran y potente voz. Las armas habían enmudecido de un plumazo, lo único que se podía escuchar eran a miles y miles de desafortunados intentando olvidar su presente. Lo más sorprendente estaba a punto de ocurrir.