Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)
Mi infancia, como la de buena parte de todos los niños del mundo civilizado o casi, estuvo marcada por la obligación (venturosa obligación) de acudir a la escuela cada día. Para mí, que no me manejé mal frente a los maestros ni con los libros, lo peor de todo aquello era levantarme a la hora para llegar a tiempo, y hacerlo cada día como un castigo bíblico. Recuerdo que mi madre me tenía preparada la leche todas las mañanas, mientras me animaba con su especial gracia de madre buena, para afrontar la jornada lectiva con mejor ánimo. La leche solía estar muy caliente y yo protestaba por la contrariedad. Me instaba ella a que tomara algo sólido, pero yo cogía el bocadillo, la cartera, le daba un beso y echaba a andar calle abajo hasta la Plaza y de desde allí a la escuela, protegido del frío por los fenomenales jerséis de lana que me tejía y que solían tener una abertura con cremallera junto al cuello.
El clima inhóspito de las mañanas de febrero invitaba al recogimiento del aula, al encuentro jubiloso con los amigos, y hasta la lección mortecina del maestro resultaba entrañable. El frío quedaba fuera, donde habitaban los otros, los que amasaban con sus manos ásperas y fuertes el yeso para empezar el día en la obra, o los que podaban en la huerta subidos a los árboles como caballeros dispuestos al fragor de la batalla o los que luchaban en medio del monte con troncos gigantescos, mientras nosotros disfrutábamos del privilegio de estar sentados, calientes y cómodos.
Así pasaba yo por La Farola cada mañana, sabedor de mi especial destino, al que mis padres habían querido que yo me dirigiera, y miraba a un lado y a otro, percibía el bullicio del trabajo inminente a mi alrededor, los hombres tensos que tomaban café en los bares y se calentaban el cuerpo con alguna copa, pues debían infundirse valor ante las horas de fatiga y sacrificio que los esperaban.
Reconozco mi admiración por ellos, por quienes se ganan la vida cada día con el sudor de su frente y la fuerza de sus manos. Ésa es la noción de trabajo que yo recibí desde muy crío y que todavía hoy guardo, porque, como ocurre con tantas cosas, también esta idea se ha ido devaluando, ha ido perdiendo su auténtico sentido y hoy en día llamamos trabajo a cualquier cosa que nos obligue a estar durante unas horas en un sitio determinado.
Lástima que la experiencia sea intransferible y que no podamos legar nuestro conocimiento acerca de asuntos elementales, poderosos y muy humanos. Yo intuía por aquel entonces las fatigas que iban a pasar aquellos con los que me cruzaba camino de la escuela; después, algún tiempo más tarde, yo mismo supe de primera mano lo que significaba el cansancio físico, el frío doloroso en el tajo después de una noche de helada o el terrible calor de las tardes de agosto. Aguantar la sed durante un par de horas o sentir el decaimiento del final de la jornada. Nada parecido, desde luego, a lo que ya habían pasado mis padres y mis abuelos a mi edad. Esa conciencia tan temprana es el legado de mi condición humilde y de mi lucha por salir a toda costa de un tiempo y de un espacio inevitablemente hostiles.
Ahora comprendo que pudo haber sido de otra manera, que aquellos mismos pasos que me conducían al territorio resguardado de la escuela, podían haberme llevado al trabajo de verdad, al del esfuerzo y la fatiga.
Yo no he olvidado nunca esa circunstancia, que no fue azarosa, porque la buscaron y la propiciaron mis padres y a ellos se lo debo todo.
Lo que ahora hago nada tiene que ver con la idea del trabajo que asumí desde pequeño, salvo por el hecho de que me gano la vida con ello y que lo realizo de la manera más honrada posible y con la pasión del que ha encontrado su razón de ser.
El niño que iba a la escuela hace casi medio siglo apenas si podía soñar con un futuro semejante. El frío y el ejemplo de sus paisanos y de su familia lo acompañaban a la clase cada día y le daban la fuerza necesaria para soportar el sueño, la monotonía y otras pequeñas dificultades.
Así me hice hombre y aquí quiero dejar constancia de mi gratitud a quienes lo hicieron posible.