Ya en la calle el nº 1047

Trabajo y dignidad

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

FÉLIX MARTÍNEZ/FILÓSOFO

¿Quién no ha escuchado alguna vez aquello de que “el trabajo dignifica”? De otro lado, encontramos que la idea de que tal vez la libertad solo exista cuando uno se encuentra fuera del yugo del trabajo. Este por ser un tema arduo, complejo y lleno de matices quedará relegado para otra ocasión, o tal vez no.

Ahora quiero traer a vuestro magín un pequeño ejercicio de inventiva. Supongamos por un caso que una persona por el motivo que sea (aburrimiento, blanqueamiento, herencia…) se hace cargo de una empresa dedicada a la informática. Sin embargo, esta persona no tiene ni los conocimientos necesarios ni tampoco la experiencia mínima para poder hacerse cargo de tal empresa. Si unimos a este motivo el hecho de que al considerarse una persona que ya tiene bastante con tener una empresa no está dispuesta a trabajar tenemos una combinación bastante peligrosa. Para llevar a cabo las tareas propias de la empresa contrata a personal para que hagan el trabajo sucio, esto es, para trabajar.

Echemos más leña al fuego. Esta persona tampoco quiere tener a ningún subordinado que se haga verdaderamente responsable de la empresa, ni, mucho menos, nadie que se haga cargo de componentes organizativos, por lo que la estructura jerárquica queda dividida entre jefe y empleados, aun siendo estos últimos los que de facto hacen funcionar la empresa adecuadamente.

Si tenemos en cuenta todos los elementos descritos -recordad que todo esto es tan solo ficción y que jamás se ha llegado a estos extremos-, ¿quién tiene la legitimidad en dicha empresa? ¿Qué figura en la división jerárquica es prescindible? Si el jefe ni quiere ni sabe, ¿no serán los empleados los que tienen, a nivel de legitimación, que llevar la empresa? En este tipo de casos el jefe tan solo responde a una figura meramente económica, pero sin tener ningún peso trascendente en ninguno de los aspectos de la empresa. Pese a todo, sigue siendo la persona que ‘manda’, aquella a la que hay que obedecer si no queremos poner en riesgo nuestro preciado puesto de trabajo, nadie quiere a trabajadores insumisos por muy buenos que sean y, muchísimo menos a aquellos que quieren mantener sus derechos. ¿Debe un trabajador, que como hemos configurado en la argumentación tiene más conocimientos que el jefe, hacer caso a pies juntillas a lo que se le diga a sabiendas de que aquello que se le ordena no tiene sentido y va perjudicar la empresa? Si realiza, entonces, dicho mandato, ¿no está también, acaso, poniendo en riesgo su puesto de trabajo?

Quizá el problema no sea directamente de esta dicotomía empleador/empleado y haya que buscar la respuesta en la índole estructural laboral. De la misma manera que para optar a un puesto de trabajo es necesaria bien una formación, bien una experiencia mínima y, en el caso idóneo, una combinación de ambas, ¿no se debería pedir a una persona que se convierte, por arte de birlibirloque en jefe algún mínimo?

Si aquella persona que ‘manda’ solo tiene de argumentario el poder del dinero todavía no podemos empezar a hablar de una evolución laboral, seguiremos anclados en un pasado del que se pretendía escapar e ir hacia lugares mejores. Sin embargo, todavía no podemos relacionar dentro de una misma proposición las palabras trabajo y dignidad.

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