PASCUAL GARCÍA

Al primer relámpago o al primer trueno, unos segundos más tarde, mi abuela María se acostaba sin mayor dilación, sin importarle la hora del día o de la noche. Estaba convencida de que en la cama de madera se encontraba a salvo, entre las sábanas blancas de algodón, mientras murmuraba sus oraciones y se santiguaba con beatitud. Era supersticiosa, tal vez porque era una mujer inteligente, que nunca se había conformado con las explicaciones elementales acerca de las cosas. El miedo, contra lo que se cree, es producto de una imaginación viva y de un entendimiento inquieto, y la superstición pertenece a ese ámbito oscuro de la cultura humana.

A mí, en cambio, me fascinaban las tormentas de verano, la oscuridad pétrea del cielo cubriendo de forma rápida y alarmante la luz del mediodía o de la tarde, la tensión eléctrica del aire y el olor de la humedad. El retronar continuo y los relámpagos rompiendo el cielo eran un espectáculo casi sobrenatural, como el zumbido de unos cañones imaginarios que amenazasen la paz de la casa, sobre todo si sucedía de noche y podía ver el cielo iluminado y sobrecogedor. Es verdad que se contaban historias terribles acerca de hombres que habían sido alcanzados por una centella en mitad del campo, porque cometieron el error de guarecerse bajo el cobijo de un pino solitario, o de relámpagos que entraban en la casa y recorrían las estancias a una gran velocidad y con las peores intenciones y, sin embargo, no causaban daño alguno.

Para los hombres del campo las tormentas eran un arma de doble filo. El agua siempre venía bien, pero la violencia de su caída, el riesgo del granizo o el exceso del viento ocasionaban más daño que beneficios. Por eso miraban los nubarrones oscuros desde Las Torres con una cierta inquietud y, si se consideraba conveniente, se disparaba desde el cañón, que había situado junto a la Cooperativa, una carga contra la masa oscura que ponía en peligro los sembrados y los frutales.

Procedían las nubes casi siempre de la dirección del Peñón del Cuervo y de un modo paulatino iban tomando toda la bóveda celeste. Mi padre solía calificarlas de nubes fanfarronas, porque con frecuencia todo se quedaba en aquellos signos externos, con gran intensidad eléctrica y una sólida negrura, aunque no cayera ni una gota. A mi abuela le daba lo mismo. Metida entre las sábanas y rezando pasaba la tarde, mientras los rayos fustigaban la penumbra imprevista y los truenos destruían la tranquilidad de la siesta. Yo escuchaba su bisbiseo desde el otro lado de la puerta de su dormitorio, mientras observaba perplejo y entusiasmado el tránsito de la tormenta en el hueco de la ventana del comedor.

Llegaba el olor de la tierra mojada, el sonido de los primeros goterones golpeando las tejas y el cristal de las ventanas y escuchaba cada vez más próximos los truenos, alterando la paz de la tarde de julio. Desde la ventana podía asomarme y ver el riachuelo calle Castellar abajo hasta desembocar en el Patio Campanario. Imaginaba los caminos polvorientos que conducían a La Puerta embarrados e intransitables durante algunos días, pero la lluvia repentina y un punto violenta relajaba el ambiente y limpiaba la atmósfera. Abría la ventana y entraba la humedad de la calle, la algazara de los muchachos que ya jugaban con el barro, la alegría del chaparrón reciente.

Hasta que no cesaban del todo los truenos y los relámpagos, no se levantaba mi abuela María de la cama ni dejaba sus oraciones, que tanto consuelo le habían procurado en la tarde de julio. Era como el término de una aventura casi cinematográfica. Entonces salíamos a la calle y pisábamos los charcos con las botas de goma y la sensación de inaugurar un mundo novedoso y pleno de sorpresas. Los hombres oteaban el cielo y el paisaje de la huerta al fondo donde fulguraba la luz del sol sobre los charcos.

La tormenta nos había aliviado por unas horas del bochorno y la tierra agradecía el riego natural y pródigo. Era el instante de buscar un cesto y bajar hasta la cañada a coger caracoles, que mi madre metería en un cernacho para que se limpiaran poco a poco hasta el día de cocinarlos en un arroz suculento un domingo cualquiera.