Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Todos los sábados de su vida, al menos desde que yo la conocía, con una capaza en cada mano, menuda, airosa y alegre, se encaminaba mi madre en dirección al mercado bien temprano en la mañana, decidida a sorprender los puestos recientes, los vendedores casi acomodados y el primer bullicio de la calle. De arriba abajo miraba, preguntaba los precios, anotaba de cabeza las calidades e iba decidiéndose poco a poco, aunque las compras las realizaba en la vuelta, cuando ya había descartado los productos excesivamente caros o de menor categoría. En realidad, todo aquello formaba parte de un ritual, que debía llevarse a cabo sin prisas, con la concentración indispensable para que las compras de la semana no solo se acomodaran a la economía de la casa, sino también al gusto de sus comensales. Comprar constituía entonces una ceremonia inusual, casi un privilegio al que no siempre habían tenido acceso antes todos y de un modo tan frecuente.

No existía en aquel escenario ningún artículo humilde que no tuviese su valedor, y cada uno terminaba siendo especialista en su materia; tal vez por esa causa, mi madre no adquiría los tomates y las frutas en el mismo sitio, ni las verduras pertenecían todas al mismo vendedor, pues uno ofrecía unas excelentes acelgas, y el de al lado, exhibía cardos y pencas de estupenda naturaleza, mientras que el de más allá enseñaba sus modestos tesoros huertanos, que eran, como no podía ser menos, los mejores del mercado.

Ella conocía a los hortelanos y apreciaba el mimo que muchos de ellos empleaban en su género, el jactancia con que presentaban sus sandías, asegurando que tendrían, sin duda, un gusto dulce y refrescante, o las pencas con que mi madre cocinaba un potaje misterioso y suculento, como no he probado jamás en parte alguna. Ninguno de aquellos manjares de la tierra tenía un lugar secundario en el mercado de los sábados ni en la mesa de los hombres y las mujeres que acudían a aquella fiesta, porque todavía sabíamos apreciar el sabor originario de los alimentos y el valor de lo que, por muy sencillo que fuese, era, al fin, un placer para los sentidos y un alivio para los bolsillos de los que menos podían.

Aquellos mercados de los sábados olían a fiesta y los que no tenían la costumbre de pasarse por allí para hacer las compras, acudían, a veces tan solo, para mirar, para admirar incluso, las cajas con pepinos, con albaricoques o con cebollas, además de aquella otra zona que dedicaba su espacio al calzado, la ropa y a otras fruslerías, en las que los muchachos y las muchachas reparábamos fundamentalmente, porque en nuestras obligaciones no entraba la provisión y la administración de la casa.

Ahora bien, un mercado tiene la obligación de proveer a los más pobres de todo lo necesario para su existencia cotidiana, sin olvidar que los que disfrutan de un mejor nivel de vida encuentran en esta cita semanal los tesoros naturales de un régimen de vida antiguo, saludable y a un precio módico, porque aquí no hay intermediarios casi, y las patatas llegan de la huerta a la caja de plástico o cartón, de donde nos escogen tres o cuatro kilos, que nos llevamos, una vez pagados. Los huertanos traen sus productos de la tierra al puesto callejero, frescos y extraídos apenas unas horas antes del bancal, y el comprador puede oler una compleja gama de fragancias vegetales, sin manufacturar, sin etiquetas, sin el tufo a podrido de las cámaras frigoríficas, donde permanecen en ocasiones demasiado tiempo.

Mi madre no entraba en estas consideraciones, mientras iba cargando las dos capazas, que alguna vez dejaba al cuidado siempre amable de Jesús o de Marianela, su mujer, en la librería del mismo nombre, en tanto remataba su paseo semanal, meticuloso, sabio y eficaz del todo.

El cardo de los cocidos sabía delicioso y la tortilla de patatas, fragante y suave; los tomates, cuyo paladar enigmático ya hemos perdido, eran dulces y sabrosos, regados con el aceite joven y acerbo de la última cosecha. Las sandías mostraban el rojo más vivo y exquisito, y todas las verduras y frutas en general eran de una calidad extraordinaria.

Mi madre regresaba cada sábado con las capazas rebosantes, cargada en exceso para su exigua complexión física, cruzaba la Calle Mayor y subía el Callejón de la Iglesia hasta los aledaños del Castillo, donde estaba la casa. Mientras descansaba sentada en una silla en el portal, iba echando cuentas hasta convenir que todo estaba mucho más caro, pero después, una vez desalojaba las capazas de la mercancía, y me enseñaba lo que había traído con todo su esfuerzo, yo percibía el orgullo de la madre y de la esposa en su noble cometido de abastecer cada día la mesa del hogar con los mejores frutos de la tierra y al mejor precio posible.