Ya en la calle el nº 1046

Todo se rompe, por Pascual García

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Años fugitivos

He tenido desde muy crío una especie de superstición material, cuya causa no conozco, salvo el miedo de un niño pobre a perder aquello que estima, a lastimarlo de algún modo y sin querer, porque siempre que he poseído bien un objeto bello o a una persona valiosa he albergado el temor de destruirla o de perderla. Por eso me cuesta mucho sujetar un regalo frágil o abrazar a una persona endeble pero bella, realizar un trabajo manual delicado o comer con apetito con la ropa nueva y sin mancharme, es como si el mundo que me rodea pudiera desmoronarse en cualquier momento y fuera yo el culpable sin darme cuenta, como el que echa abajo un vasar o destroza una estantería repleta de figuritas de porcelana, porque la vida también puede ser así, delicada e impredecible, exquisita y susceptible, mientras que mis manos fueron muy a menudo tan hábiles como mis pies en algunas cosas, no en todo, claro.

Recuerdo esa sensación de poseer algo preciado y quebradizo como una joya que pudiera deshacerse en cualquier momento y que yo tuviera el poder de ejecutar esa pequeña maldición, como si mi habilidad manual y mi voluntad se confabularan para arremeter contra todo lo que es bueno o bello, un poder malévolo y oscuro que, en realidad, nacía antes de mi deseo de proteger la cosa que de destruir lo que me gustaba,

Mientras escribo este artículo recuerdo los cachivaches y los juguetes que yo acostumbraba a diseñarme y el temor de que se deshicieran en mis manos o de que tuvieran una vida corta, así me ocurrió muchas veces con las pocas plumas y estilográficas que tuve y que yo no supe nunca conservar bien, aunque sintiera una atracción misteriosa por su funcionamiento, así que usé bastantes y las malogré todas, una de ellas me la dejé despachurrada en la mesa del aula donde me habían encerrado en un instituto de Madrid para elaborar el último examen de las oposiciones de secundaria hace casi cuatro décadas, recuerdo que cuando volví de dar la lección magistral para recoger todas mis pertenencias muy satisfecho con los resultados, encontré la pluma en un pequeño charco de tinta achicharrada por el sol implacable que entraba por la ventana en el mes de julio, luego he sufrido episodios similares con bolígrafos de marca o relojes, que me regalaban y a los que yo tenía gran aprecio y que se desbarataban más tarde o más temprano, yo los miraba rutilantes recién entregados, me regocijaba en el placer de lo nuevo y de lo bello pero sabía que su destino en mis dominios no iba a ser duradero ni feliz.

Todo se rompe, por Pascual García
Todo se rompe, por Pascual García

Así me viene ocurriendo con las personas que quiero, aunque por fortuna a estas no suele pasarles nada malo, pero mi temor es constante, como sucedía cuando aupaba en mis brazos a mis dos hijos la primera vez, porque nada tan valioso he tenido junto a mi corazón y nunca he sentido tanto miedo de que pudiera pasarles cualquier cosa.

A estas alturas de la vida lo material comienza a importarme menos, mientras que mis hijos se encuentran en perfecto estado y yo estoy feliz por primera vez.

En ocasiones se me rompe un plato o un vaso y me río mientras se expande la onda sonora de los cristales rotos.

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