ANA ANDÚJAR/http://daregirl.wordpress.com/

Hace un tiempo que ir de festivales se ha convertido en el salto a la reja del Rocío. Avalanchas humanas por conseguir una cerveza, horas de espera mientras el artista cabeza de cartel sale a escena con el retraso que se quiera permitir, horarios impresos en folios que te acompañarán todo el festival y que parecen mapas del tesoro, delineadas con ilusión las bandas soñadas a las que probablemente no podrás ver porque te coinciden en horas similares, en días similares, en escenarios situados en universos opuestos.

Los amantes de la música (y de la farra, para qué engañarnos) han puesto durante años todas sus esperanzas de ver a un artista idolatrado durante un fin de semana sobresaturado de otros fieles parroquianos que, además de hacerte sentirte menos especial, seguramente hagan del concierto de tus sueños un infierno. Entonces oyes a tu hermano mayor en tu cabeza cuando te decía: «¡los conciertos se tienen que ver en sala, herejes!» y ahora te parece menos carroza. Te has convertido en uno de ellos porque no quieres dormir en una tienda de campaña a cincuenta grados sobre una esterilla encima de una piedra. Te molestó cuando te empujaron y te tiraron medio vaso de cerveza (cada gota tiene un valor de cinco euros, si calculamos el desorbitado precio del alcohol servido en plástico, más exclusivo que en la época de la Ley Seca) Definitivamente, te has hecho viejo. Lo tuyo ya son otros guateques, amigo.
Afortunadamente, somos bastantes los aburridos viejales que ya no queremos asistir a un concierto luchando más que en la batalla de Stalingrado por conseguir verle el flequillo chorretoso a Neil Young en primera fila, y por eso otros aburridos viejales no se han cruzado de brazos y alrededor del mundo proliferan los festivales alternativos, que le dan un soplo de aire a los amantes de la música hastiados de multitudes. Muy difícil es conseguir ese objetivo en estos días de redes sociales, check-in y selfies fuera de control, pero con ahínco y valores todo se consigue. A veces, porque el propio género musical o temática ya sesga la posible avalancha. Otras, se crea una auténtica misión secreta para hacer el evento lo más especial posible.
Un ejemplo cercano es el «Transtropicalia», festival celebrado este primer fin de semana del junio en las cercanías de Elche, en el que la organización instaba a los asistentes a montar en un autobús de ida y vuelta hacia un lugar sin determinar, bajo la promesa de un día de «música, arte y reflexión» y espíritu alternativo. Alma noventera en sus conciertos, desde los salvajes Betunizer y Da Souza hasta las encantadoras Me and the Bees, entre The Breeders y Bigott, pasando por unas De Pirámide disfrazadas de princesas Leia y dando guerra, hasta un sobrecogedor Pablo und Destruktion acompañado por Fee Reega, que engarzaban sus canciones-puñaladas con el poético paso, quién lo hubiera dicho, de los aviones que despegaban a pocos metros del festival. Además, pequeñas charlas en la piscina (las «pool-talks», comisariadas por las chicas de Fru*Fru) y un ambiente incomparable, entre quien asiste sabiendo lo difícil de conseguir parir un evento así, y todo el equipo de Transtropicalia, que un año más lograron vencer al establishment festivalero.
No son los únicos, porque es tiempo de pedir alternativas, también en el ocio. Lo encontramos en el «Secret Solstice» de Islandia, en un área natural cerca de Reikiavik exactamente el día del solsticio de verano, así que durante 24 horas tendrán sol y conciertos sin descanso. El británico «Secret Garden Party» es el «Burning Man» europeo, pues en su increíble escenario natural no sólo se puede disfrutar de la música, sino de espectáculos pirotécnicos, teatro, luchas de barro y ambiente desquiciadamente Woodstock, con un público sin inhibiciones y completamente entregado a la causa de ser libre por unas horas. De esta guisa son los festivales como el electrónico «Movement» de Detroit, el «Curious Yellow Weekend» de Cambridgeshire o el Sziget de Budapest, aunque precisamente por ese ambiente elitista e indie ya han visto crecer sus nombres, y desgraciadamente, su público. En España, que sabemos oler dónde está el negocio (a veces hasta explotarlo y malvarlo) casi cada ciudad tiene su pequeño festival. Destacamos los garageros «Surforama», «Freakland», «Turborock» o «Funtastic Dracula Carnival», que a pesar de su últimamente alocada demanda mantiene un aforo reducido en pro del bienestar de sus asistentes, el grandísimo «Canela Party» de Malága y su bizarro carnaval y el «Carmencita Festival» de Castilla-León o los poperos «Pulpop» de Roquetas o «Southpop» de Isla Cristina.
Lo decían los sagrados Beastie Boys, tienes derecho a tu fiesta. Y si ves cómo los tsunamis de gafas polarizadas y minishorts vintage te la quieren arruinar, hazlo tú mismo: montar un festival a gusto del consumidor se ha convertido, en algunos casos, en auténtica reivindicación por lo auténtico.