Pedro Antonio Martínez Robles

Foto cedida por Juan Palacios (Mangas)

Mientras recorro los pasillos de “las grandes superficies”, los enormes supermercados en los que puede encontrarse casi de todo, desde una lata de berberechos hasta unos mocasines, ropa interior o productos de limpieza para el automóvil, no puedo evitar acordarme muchas veces de la pequeña tienda de mi vecina Pepa del Secano, una tienda integrada, como la inmensa mayoría de aquellas tiendas de barrio, en la propia vivienda familiar, con su breve mostrador, sus estanterías de madera adosadas a la pared, la balanza Mobba con su platillo de latón y sus pesas, las cubas de sardinas, los grandes tacos de dulce de membrillo y los altos botes de aceitunas o de tomate en conserva abiertos y a la espera de que alguna vecina entrara  en aquel espacio de cercanía, conversación y confianza para comprar tres cacillos de olivas verdes, cinco bolas de tomate o 150 gramos de salchichón bien pesado en pacientes rodajas cortadas a cuchillo cebollero. Era una vida sin prisas, una vida sin prisas para el tendero y sin prisas para la clientela en aquellas tiendas que a veces encontrabas vacías, con la ausencia incluso del propio comerciante y en las que, asomado a la puerta que comunicaba el establecimiento con el resto de la casa, reclamabas su presencia a la voz de <<¡Despachaaar!>>; tiendas a las que podías ir sin ningún pudor ni sensación extraña, con un chusco entre las manos para que te pusieran en él dos pesetas de miga de atún blanco y una cucharada de tomate para la merienda o el almuerzo de media mañana; tiendas que aliviaron tantas veces el apuro de amas de casa que no disponían en el momento oportuno del dinero necesario para abastecer la mesa del mediodía y podían decirle al tendero sin ningún rubor –o con un rubor bien llevado y comprendido–: <<Apúntamelo en la cuenta que el sábado te pago>>.

Pero aquellas tiendas entrañables de barrio fueron devoradas en pocos años por las cadenas comerciales que extendieron sus sucursales como tentáculos de un pulpo hambriento; primero llegaron a las capitales de provincia, después se expandieron por las ciudades más importantes de cada comarca, y finalmente sentaron plaza en los pueblos. Y no digo yo que eso esté mal, faltaría más; con lo cómodo que resulta salir de compras en el coche, cargar un poco de todo, pagar con tarjeta (así parece que duele menos) y regresar con la satisfacción y la tranquilidad de haber reunido las provisiones necesarias de la semana. Sin embargo, y tal vez sea porque tengo ya más de medio siglo, mientras deambulo entre las estanterías tan bien organizadas de estas grandes superficies, tan sugerentes, tan elaboradas para conducir nuestra voluntad y crearnos necesidades donde no las tenemos, con esos carros de estudiada técnica subliminal que siempre doblan en el mismo sentido para llevarnos sin que nos demos cuenta no por el itinerario que nosotros deseamos, sino por el que al gran comerciante le conviene, no puedo evitar acordarme de la tienda de mi vecina Pepa del Secano, la tienda de mi barrio, en la que tantas veces hice el almuerzo de media mañana en medio de una animada tertulia, y en la que tantos chuscos me llenó para merendar mi vecino Joaquín, cuando yo era un crío, con dos pesetas de miga de atún blanco y caldo de tomate.

 

13 de febrero de 2021