Pedro Antonio Martínez Robles

Aquello suponía una novedad para todos nosotros, pero en realidad no era otra cosa que un signo más de la precariedad del tiempo que nos tocó vivir. Mi madre guardaba a veces en el viejo aparador de la fonda, el que había a poco de entrar en la casa, a la derecha, en lo que un día fuera la sala de estar de los huéspedes y más tarde y por unos años nuestro comedor, unas bolsas con leche en polvo. No sé si las compraba o las facilitaba entonces alguna institución de caridad, probablemente Cáritas, pues era la misma leche en polvo que durante un tiempo nos dieron en las escuelas y que procedía de Estados Unidos, del Plan de Ayuda Social Americana. Aquella leche de sabor dulzón y ligeramente terroso se te pegaba al paladar como un engrudo si tenías la ocurrencia de tomarla sin disolver. Algunos críos, los más afortunados, junto al vaso de plástico duro y de colores llamativos, llevaban, envueltos en papel, cuidadosamente doblado por sus madres en pequeños pliegues en forma de abanico, al modo en que lo hacían los tenderos de la época cuando despachaban sus mercancías a granel, pequeñas porciones de azúcar y a veces hasta de ColaCao. Lo del ColaCao era todo un lujo que no estaba entonces al alcance de todos; yo, con un esfuerzo que ahora reconozco extraordinario para la economía familiar de mi casa, lo tomaba de vez en cuando en aquel largo periodo de tres meses en el que tuve que guardar cama por una anemia muy seria cuando apenas tenía 7 años y que casi me lleva al paraíso del silencio eterno.

Era a la hora del recreo y en rigurosa fila cuando repartían en teteras aquellos polvos lácteos disueltos en agua muy caliente. Es posible que algunos llegaran de sus casas con el estómago vacío y fuese aquel breve desayuno el único consuelo alimentario para sus menudos cuerpos durante toda la mañana. Para otros, llegados de su casa con un buen vaso de leche de vaca o de cabra y un puñado de galletas, tal vez supusiera un complemento de media mañana. De cualquier manera, no recuerdo que nadie rechazara aquella solución de polvo blanco que recibíamos en una disciplinada hilera y que nos acompañó durante algún tiempo en aquellos lejanos años de nuestro parvulario. Más tarde llegarían aquellos envases piramidales de tetrabrik con auténtica leche de vaca dentro que fueron también una llamativa novedad en aquel mundo de escasez que entonces vivíamos y que sustituyeron a la leche en polvo en aquel ritual alimenticio de las escuelas infantiles.

Han corrido los tiempos y ya nadie da leche en las escuelas, ni en polvo ni de vaca ni de cabra, para sostener las energías de esos menudos cuerpos infantiles que tanto necesitan y tanta vitalidad consumen. Tal vez, solo tal vez, todos lleguen desayunados de sus casas. O quizá algunos, y sin que nadie lo sepa, regresen a ellas a mediodía en ayunas sin el triste consuelo de un vaso de leche, aunque tuviera que ser de aquel polvo blanco, dulzón y pegajoso que se hacía engrudo en la boca cuando tenías la ocurrencia de tomarlo sin disolver.

 

14 de noviembre de 2021