Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

Lo que yo quería ser de crío era camionero o mecánico. Ambas cosas por distintas razones, claro. La mecánica me gustaba, porque siempre iba cargado con pedazos de tuberías, tuercas y tornillos o fabricaba artefactos sin nombre y sin utilidad que llevaba en la cartera de la escuela como se lleva un talismán secreto. Cuanto más pesaba el invento mejor, porque mi escala de valores quedaba prácticamente establecida en la cantidad de gramos de los juguetes, los aparatos o los diversos cachivaches. El cartón, el plástico y la madera casi no tenían entidad para mí. Eran materiales innobles, en tanto que el plomo, el hierro o el acero constituían el máximo de mis preferencias. En aquellos días hubiese dado lo que sea por una auténtica espada de hierro, de aquellas que era preciso blandir con las dos manos.

Lo de camionero estaba más relacionado con la aventura, los viajes y la aureola romántica que solían arrastrar aquellos que andaban con frecuencia en la carretera, conduciendo enormes camiones cargados de todo con destino a países europeos. Viajes de varios días, en los que el conductor debía parar para comer en los bares de carretera, dormir en el pequeño departamento para tal uso, que había en la cabina y manejar el enorme volante durante muchas horas con la única compañía del paisaje y del cielo, o de algún ocasional autostopista, a ser posible mujer, que recogía en alguna parte del camino.

No me importaba en exceso si estas profesiones daban para vivir bien, si eran fatigosas y sacrificadas o si tenían alguna clase de reconocimiento social. Un niño no repara en estas menudencias. De todas maneras, en comparación con la faena de la huerta y del ganado, ser camionero o mecánico suponía una considerable mejora en el tipo de vida que me aguardaba. Un camionero conducía sentado, visitaba lugares lejanos y exóticos, conocía a otras personas, corría mundo. Un mecánico trabajaba a cubierto, en el interior de un taller sin que el agua, el frío u otras inclemencias le importunaran. Examinaba motores, quitaba y ponía piezas, reparaba averías y era el máximo responsable del vehículo cuyo cuidado le encargaban. No era una labor aburrida en absoluto, o eso creía yo por aquellos días.

Con el paso de los años, di en la obsesión por la lectura y la escritura y cambié mis toscas aspiraciones laborales por otras más refinadas, que me permitieran al menos unas horas de descanso al día para invertirlas en escribir y en leer. Yo no era ambicioso, nunca lo he sido en cuestiones de dinero, ni siquiera albergaba pretensiones de poder, sólo quería escribir, y para eso necesitaba un oficio que me proporcionara una vida cómoda, sin grandes lujos, pero a cambio quería una parte del día, las horas de la tarde, por ejemplo, para engolfarme en mi tarea literaria.

Entonces descubrí que los carteros sólo trabajaban por la mañana, y desde ese momento fragüé la esperanza de que algún día ocuparía una flamante plaza en la oficina de correos, un puesto laboral digno, que requería cierta preparación y que la gente respetaba en general. Al fin y al cabo, los funcionarios de este cuerpo tenían a su cargo la correspondencia íntima, profesional e institucional de todo el mundo. Nos traían las noticias de la familia, que trabajaba y vivía en otras latitudes, la carta de amor de la novia que habíamos conocido en el viaje de estudios, la respuesta de la solicitud de beca para estudiar o la contestación a una gestión administrativa cualquiera. Un cartero me había traído de pequeño la diligencia y los caballos, que una prima de mi madre me había regalado por Reyes cuando apenas contaba cinco años; un cartero también me dejó en mi casa la excelente nueva de mi primer premio literario, las cartas de amor de la que ahora es mi esposa o los libros que pedía a Círculo en mi adolescencia.

Es cierto que no podían evitar las malas noticias y que en tiempo de guerra, su presencia era un signo de mal agüero, o, al menos, eso me contaba mi madre, que había padecido la ausencia de sus dos hermanos mayores a los que habían enviado al frente y que, tras el final de la contienda, habían pasado algunos años en campos de concentración y, otra vez, en el servicio militar, seguramente para convertirlos en buenos soldados del nuevo régimen.

A pesar de todo, tomé la determinación de que esta profesión sería la más adecuada para compaginar mis horas laborales con mi tiempo para la escritura. Entonces no imaginaba que la vida me llevaría por diversos caminos, casi todos ellos muy favorables, y que me situaría en una posición afortunada, muy distinta a la que había concebido en mi niñez. Una profesión, la de profesor, que llenaba mis horas de la mañana y me procuraba la tarde libre. Justo lo que yo había deseado desde aquel tiempo en que lo libros invadieron mi existencia y entraron a saco en mis sueños y me despojaron de cualquier otra ambición.

Es posible que, si hubiese acabado de de camionero o mecánico, ahora sería un escritor de otro tipo, tal vez mejor, quién sabe, aunque William Faulkner proclamaba que ningún trabajo era bueno para escribir porque robaba las horas necesarias y Frank Kafka invertía buena parte de sus noches, pues los días se los arrebataba la tarea feroz de la oficina, en pergeñar las fábulas más delirantes de la literatura mundial. Le demos las vueltas que le demos, los días tienen veinticuatro horas y algunas las necesitamos para dormir. Sólo el insomnio permanente, ése en el que vivía Funes el Memorioso, según Borges, sería capaz de hacer posible la increíble hazaña de disponer de todo el tiempo del mundo.