Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)
De niños llegábamos hasta junio con la sensación de acabar una interminable y fatigosa carrera de obstáculos, en la que no faltaban los madrugones de las ocho, que ya los quisiéramos hoy, y las dilatadas horas en la escuela entre la atmósfera machadiana de un aburrimiento existencial y la emoción de estar avanzando hacia alguna parte luminosa y de provePascual Garcíacho.
Parecíamos condenados al diario deambular entre la casa en el barrio y la escuela, las obligaciones con el padre en la huerta y los deberes cotidianos, decididos a seguir una rueda infinita como el burro que empuja el mecanismo de la noria y ayuda a extraer agua sin saberlo.
El niño vive la inmediatez del presente y, en cambio, se le obliga a reflexionar sobre la virtualidad del futuro. ¿Qué me importaba a mí lo que pasaría veinte años más tarde ( hoy que veinte años no son nada ya) si en mi camino a la escuela de don Antonio, que estaba debajo de la Plaza de la Iglesia, me encontraba con una misteriosa niña y me invitaba a jugar.
Durante unos días, de camino a la pequeña y entrañable escuela de don Antonio, vi cada tarde a la niña de mis sueños y me quedé con ella en el inocente y satisfactorio ejercicio de jugar sin prisa, como si el tiempo se hubiese detenido y ya no importaran las exigencias, el rigor de los ejercicios de lengua o matemáticas o la asistencia puntual al aula de cada jornada. Digamos que me despisté, aunque lo hice voluntariamente y con mucho gusto, porque aquello era semejante a entrar en una dimensión diferente y tomar el camino para el que deberíamos haber venido al mundo, el de la libertad, el propio gusto y el juego.
Jugué con mi amiga durante algunas semanas en aquel remoto invierno de mis siete años, porque ella me estaba esperando cada tarde con sus pequeños platos de juguete, sus tazas y sus vasitos, con sus muñecas de cuento de hadas y yo no podía pasar de largo y abandonarla a su suerte, solitaria y tentadora, pues me ofrecía la vida sin responsabilidades ni compromisos, tal vez esa manzana del árbol del bien y del mal que Yahvé prohibió comer a los primeros habitantes del Paraíso, la manzana que nos hurtaron a todos y que nos costó ganarnos el pan de cada día con el sudor de nuestra frente.
No sé por cuánto tiempo, porque los días se me confunden en el breñal de la memoria, pero sí recuerdo que fui muy feliz en aquellas pocas horas de unas tardes contadas en que tuve el atrevimiento de hacer novillos para vivir la vida, de contravenir las normas y violar los preceptos de mi educación estricta y mi carácter disciplinado. Ahora me parece mentira, porque, siendo muy niño, me hubiese rebelado de un modo tan explícito y a pesar de que en la escuela estaba todo lo que a mí me compensaba, no solo los amigos y el juego, sino también los libros y las materias escolares, que apenas me crearon el más mínimo problema nunca.
En cualquier caso la dichosa y efímera aventura acabó de una forma concluyente la tarde de la procesión de San Miguel, cuando don Antonio vio a mi abuelo Pascual en la calle y aprovechó para informarle debidamente de mis ausencias injustificadas.
No volví a ver a la niña de las tardes por la que hacía novillos, aunque no me cabe la menor duda de que llevará una existencia ordenada de esposa amante y atenta madre y de que alguna vez recordará la luz de aquel sol de invierno mientras jugaba con un muchacho anónimo sin obligaciones ni compromisos, y no sabía que era feliz.