JOSÉ ANTONIO MELGARES GUERRERO/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Los estudiantes de mi generación, y muchos de otras anteriores y posteriores, practicábamos, sobre todo en primavera (aunque no exclusivamente en esta estación), la costumbre inveterada de “hacer novillos” de vez en cuando, sobre todo por las tardes. En otros lugares de España a esto le llaman “hacer pella” y consiste, como recordará el lector entrado en años, en dejar de asistir a clase en el colegio o instituto, bajo la única responsabilidad de quien esto decide hacer, optando en su lugar por menesteres más relajados, en lugares naturales alejados del centro de enseñanza donde tenía lugar nuestra formación.

JOSÉ ANTONIO MELGARES GUERRERO/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Los estudiantes de mi generación, y muchos de otras anteriores y posteriores, practicábamos, sobre todo en primavera (aunque no exclusivamente en esta estación), la costumbre inveterada de “hacer novillos” de vez en cuando, sobre todo por las tardes. En otros lugares de España a esto le llaman “hacer pella” y consiste, como recordará el lector entrado en años, en dejar de asistir a clase en el colegio o instituto, bajo la única responsabilidad de quien esto decide hacer, optando en su lugar por menesteres más relajados, en lugares naturales alejados del centro de enseñanza donde tenía lugar nuestra formación.

A veces hacíamos novillos en pareja, o en peña, pero también lo hacíamos en solitario. La inasistencia al aula durante las clases de la tarde no despertaba sospecha en nuestros profesores por ser ocasional y no repetitiva. Se tenía por una indisposición temporal que no necesitaba de justificación paterna si no se repetía con frecuencia, ya que entonces, el centro, en la persona del director o el jefe de estudios, tomaba cartas en el asunto.

La tarde de novillos comenzaba a la hora de entrar en clase, y concluía a la de salir de la misma, invirtiendo en ella entre dos y tres horas en actividades inocentes y siempre preocupados por el posible descubrimiento paterno de la irresponsabilidad adolescente.

Los lugares de destino en las tardes de novillos solían ser el “Camino del Huerto”, “las Fuentes del Marqués”, “la Estación del ferrocarril” y “Torregodínez”, todos ellos lo suficientemente alejados del centro de la población y por tanto seguros ante posibles descubrimientos en una época en que las gentes aún no se empleaban en la “ruta del colesterol” por las tardes, para mantenerse en forma física.

Cada lugar tenía su atractivo particular. El “Camino del Huerto” solía ser sitio de encuentro “fortuito por supuesto”, con alguna fémina arriesgada por la que uno perdía los vientos. La estación ofrecía la posibilidad de ver la llegada del tren, poner una “perra gorda” en la vía y convertirla en una torta metálica tras el paso del convoy sobre ella, o contemplar las maniobras de la máquina en el foso para darle la vuelta y disponerla en sentido contrario. El resto de los lugares, con sus variantes de “La Cueva del Marqués” y la “Fuete Mairena”, ofrecían escenarios de actividades que luego magnificábamos ante los amigos y compañeros, a quienes costaba lo suyo creer las fantasías con que al día siguiente nos presentábamos ante ellos.

En el paraje de Las Fuentes entonces había encinas que proporcionaban sabrosas y abundantes bellotas, cuya recogida era en aquellas tardes nuestro botín. Sin embargo el destino más sofisticado era la finca particular de “Torregodínez”, donde un gran alatonero hizo las delicias de los “novilleros” de todos los tiempos, y no sólo por lo sabroso de su fruto, sino por el hueso que, almacenado en nuestros bolsillos, sería de proyectil en adelante, utilizando cerbatanas de fabricación doméstica.

Desconozco si aquel alatonero de Torregodínez sigue aún en pie, o si habrá sucumbido cargado de años y travesuras infantiles y adolescentes. El término alatonero es un localismo sinónimo de “almez” (o “almezo”) que, según el diccionario es un árbol de gran amaño y larga vida que puede superar los seiscientos años, copa ancha y madura tan dura como resistente, lo que confirmamos quienes, como yo mismo, trepamos muchas veces por sus pobladas ramas. Su fruto es el “alatón” (o “almeza”): unas bolitas de color negruzco, similares a los excrementos de ovejas y cabras, de sabor dulzón y poca carne, la cual enfunda el hueso, al que ya me he referido y que era el objetivo principal de nuestras andanzas pues, como también he referido, constituía la munición empleada en un arma de fabricación casera fabricada con un trozo e caña hueca, utilizando la parte entre dos nudos de la misma, que servía para lanzar los huesos del “alatón”, con los consiguientes riesgos que ello llevaba consigo y en los que nosotros, avezados adolescentes, no reparábamos. El “tirachinas”, también de fabricación propia, y la cerbatana de caña eran las dos armas más frecuentes en el conjunto de objetos que manejábamos con irresponsabilidad manifiesta los críos de mi generación.

Generaciones posteriores desterraron la cerbatana de caña de su ingenuo “ajuar bélico” y la sustituyeron por la funda del bolígrafo “Bic”, utilizando como munición granos de arroz por razones obvias; pero esta sofisticación llegó después, cuando los escolares dejaron de hacer novillos porque ya no había clases por las tardes en colegios e institutos, comenzándose a optar por otros juegos, aparentemente más inocentes, facilitados por las nuevas tecnologías, o simplemente por la programación de la TV. Y ello mientras sus padres (y sobre todo sus madres) tomaron el relevo, invirtiendo el tiempo que les dejan las tardes, en frecuentar aquellos parajes que nosotros descubrimos en nuestras tarde de novillos, aunque con fines muy diferentes, más bien relacionados (como he dicho más arriba) con el ejercicio físico para mantener la línea del cuerpo.

En la documentación manejada por el cronista que esto escribe, tanto en archivos locales como en regionales, es frecuente encontrar un topónimo caravaqueño, en la huerta, que aún no he logrado identificar. Se trata del “lugar de los siete almeces”, al que se refieren múltiples escrituras de venta y testamentos a lo largo del S. XVIII, lo cual demuestra lo frecuentes que eran estos árboles en la Comarca Noroeste de la Región, así como en la Vega Alta del Segura y en la Sierra de Ricote. Los almeces de aquel sitio por identificar y de otros lugares, fueron desapareciendo del horizonte huertano caravaqueño; o quizás quienes desaparecimos de sus inmediaciones fuimos los críos de otrora, ocupados ahora, muchos años después, en otros menesteres y preocupados más por los posibles “novillos” de nuestros nietos que por el fruto y el hueso del alatonero, cuando observo que los adolescentes contemporáneos ni la funda del bolígrafo utilizan ya para lanzar huesos de arroz. Evidentemente los juegos de ahora son otros, como también son otros los lugares campestres de ocio y las ocupaciones que han sustituido a aquellas entrañables y arriesgadas “tardes de novillos y alatones”.