PASCUAL GARCÍA

En primavera volábamos las cometas multicolores, que nosotros mismos nos fabricábamos, en Las Torres junto al Castillo y  frente a la huerta que ya reverdecía en torno al río Alhárabe. Soplaba el viento cálido de abril y a las muchachas se les levantaban las faldas a cuadros, que sus madres les habían confeccionado mientras tomaban el sol del invierno por las tardes, y gritaban púdicas y sorprendidas. Todo resultaba nuevo y excitante en aquel balcón con vistas a la sierra que no podía evitar la cercanía del cementerio, pues era parte inexcusable del paisaje.

Por las eras subían cuatro o cinco burras cargadas con hortalizas y matas de panizo, en medio de las cuales venía espatarrado un hombre con un cigarrillo escuálido colgado de los labios y la boina ladeada, con expresión de fatiga y de paciencia. Un rebaño de cabras y de ovejas era azuzado por un perro burrero y el pastor caminaba tras su estela cuesta arriba. Todo era lento y apenas dulce en aquellas tardes alargadas por un sol tímido que auguraba el verano.

Los muchachos salíamos de la escuela y nos quedaba mucha tarde para jugar, aunque en ocasiones yo debía ayudar a mi padre en los corrales del ganado, mientras echaba de comer a las reses o les llenaba de agua el pozal suspendido del techo por un alambre grueso o atendía a una oveja de parto.

Se respiraba en el aire la alegría incontenible del término del curso, de ese tránsito duro e invernal de noches largas y días cortos y olfateábamos el aroma de un tiempo prometido, como una sorpresa inminente. Nos bullía la sangre, desde luego, y corríamos de un lado para otro, escudriñábamos las piernas de las muchachas y disfrutábamos de la brisa templada y del sol tibio. Era todo el anuncio de otra edad más clara y más amable, como un premio merecido que habíamos ganado a pulso durante los últimos meses de frío y sombras y trabajo.

Mi amigo Diego y yo imaginábamos guerras improbables y dirigíamos nuestros ojos al Peñón del Cuervo y a Los Asares donde podríamos escondernos, a buen seguro, y vivir de lo que la naturaleza nos ofreciera. Nos parecía difícil que en el monte espeso pudieran encontrarnos los guardias y soñábamos con una existencia salvaje y en plena libertad. Nos fascinaba la sierra y sus secretos y en bastantes ocasiones habíamos ascendido la cuesta del Cerro hasta Las Balsicas en dirección al Peñón del Cuervo o a la Casa de Cristo como si inspeccionáramos las huellas de nuestros propios antepasados.

Desde Las Torres, en las  tardes de abril, sentados en un saliente rocoso del Castillo observábamos el cielo y el horizonte con la impresión que nos producen los excesos. Era vasto y lejano e inabarcable aquel paisaje de sierra y de huerta e invitaba a la fabulación y a la aventura.

Los aviones y las golondrinas volaban en círculos sobre nosotros con el júbilo renovado de la estación reciente. Habían empezado a fabricar sus nidos bajo las tejas y muy pronto compartirían el espacio del amor con los gatos, cuyos maullidos semejaban en la noche los llantos quejumbrosos de un niño.

Era primavera en el barrio y el curso llegaba a su fin. Antes, nos someterían a los exámenes finales y los maestros ya andaban metiéndonos el miedo en el cuerpo con sentencias casi apocalípticas. La tierra comenzaba a removerse. El poeta estadounidense T.S. Eliot lo había dejado escrito en su magistral La tierra baldía:  Abril es el mes más cruel, hace brotar/ lilas del interior de la tierra muerta, mezcla/ la memoria y el deseo, estremece /las raíces marchitas con lluvia de primavera.

No era abril, entonces, el mes más cruel desde luego, porque traía consigo los pantalones cortos y casi tocábamos ya con la punta de los dedos el largo verano de las vacaciones escolares.      El aire olía a fiesta incipiente e íbamos ligeros por las calles, desacostumbrados a las ropas veraniegas, con los sentidos suspendidos del clima novedoso, pero resultaba inevitable una punta de alarma o de pánico emergiendo en las fechas previas al mes de junio, en la antesala de las evaluaciones y las notas, que sancionarían finalmente nuestro aprovechamiento y nuestras aptitudes y de las que iba a depender el resto del verano.

Por fortuna, todo salía bien cada año y ya nadie ni nada podía arrebatarme el misterio de mi propia conformidad. Repetía en voz baja los versos de Serrat: De vez en cuando la vida/  nos besa en la boca. Pero esto ya fue bastante más tarde, claro, porque en el tiempo en que volábamos las cometas en Las Torres del Castillo no conocíamos aún la música de Serrat.