Pascual García  (pasgarcia62@gmail.com)

En Moratalla nos criamos, entre otras muchas labores de campo, con la recolección de esta fruta, porque buena parte de la huerta había sido plantada con ese árbol de origen oriental que necesita regadío y que en la época de su recolección ocupaba y preocupaba a todos los vecinos del municipio, los que poseían albaricoqueros, porque era preciso cosecharlos en un tiempo determinado, de finales de mayo a finales de junio, y en ese tiempo todo el mundo andaba en la misma labor, y siempre faltaban cajas, no llegaban los camiones a tiempo, la mano de obra resultaba insuficiente y la fruta corría el peligro de pasarse, pero para los jornaleros, entre los que me encontré yo algunos años, el albaricoque era una pesadilla de madrugones, calor pegajosa, acequias donde bebíamos un agua caliente e insalubre porque la sed nos acuciaba y el esfuerzo ímprobo de sacar las cajas al camino donde volvíamos a cargarlas en camiones y tractores.

Aunque a veces era peor, pues te coincidía con las fiestas de la vaca, del 24 al 30 de junio, y la pesadilla se convertía en un delirio agotador y penoso, adolescentes que disfrutaban de las vacas por el día y de la fiesta por la noche hasta muy tarde y que en la madrugada debían levantarse, como autómatas, y marchar al tajo mientras amanecía e iban, íbamos percibiendo los olores intensos de la primavera con una punta de náusea en el pecho, estragados por el cansancio, en un estado de alucinación y somnolencia  de la que nadie     nos resarciría nunca.

Conforme iba avanzando la mañana el calor se apoderaba de nuestras últimas fuerzas, contábamos las cajas o las horas que nos faltaban para dar de mano y soñábamos con la breve siesta que dormiríamos después de comer y antes de echarnos a la calle para seguir a la banda de música hasta los corrales y aguardar la salida de las vacas.

Aquella noche casi arrastrábamos los pies, enfundados en unos zapatos nuevos que nos hacían daño, escuchábamos a la banda de música en la glorieta, paseábamos por la carretera y compartíamos con los amigos y las amigas (alguna nos gustaba en especial) unos minutos de feria, en los coches eléctricos o en aquellas endiabladas tazas que no cesaban de dar vueltas alrededor de un eje y sobre sí mismas, pero nosotros no nos quejábamos, aunque íbamos baldados del trabajo de la jornada y nos dolían las manos, porque a nuestro lado  estaba la muchacha que nos hacía tilín, y eran las fiestas de nuestro pueblo y nada ni nadie podía negarnos el derecho a la diversión.

Aquella madrugada, cuando nos llamara nuestro padre para empezar la jornada bien temprano, porque nuestro enemigo era el sol, teníamos el estómago revuelto, estábamos mareados y nos dolía el alma; así eran los primeros días hasta que nos acostumbrábamos y nos íbamos haciendo al trabajo, se fortalecían nuestros músculos, la piel se bronceaba y nos íbamos habituando a la rutina de coger albaricoques como si estuviéramos realizando una labor liviana.

Se sucedían los días, iban pasando las fiestas, acumulábamos las náuseas de las tazas y de los coches eléctricos de las noches, mientras las siestas apenas daban para una intensa cabezada, porque del bancal llegábamos a las dos de la tarde pasadas y, cuando comíamos, eran más de las tres y a las cinco soltaban los animales en la Calle Mayor.

Aquello era lo más parecido a un proceso de estrés laboral que haya padecido nunca; por eso, cuando el penúltimo día los hombres discutieron con el encargado porque se empeñaba en que golpeábamos en exceso las ramas de los árboles para que cayeran los albaricoques en abundancia y tomaron la decisión repentina de marcharse al pueblo, me pareció que se me abrían las puertas del cielo.

Todavía me quedaba un día de fiesta.