PASCUAL GARCÍA

Los alatones de mi infancia conjugaban placeres tan diversos como el de mondar con los dientes la breve pulpa que tiene este fruto, dulce ya a finales de septiembre, pero con un lejano regusto selvático, y el de expulsar con violencia su hueso por el orificio de un canuto, de caña o de otra materia, y acertar, si es posible, en el blanco perfecto de la oreja desprendida de un compañero de clase. Aunque yo no lo practiqué casi nunca, había un gozo añadido, que era el de hacer novillos para ocupar el tiempo en encaramarse a los altos almeces de la Carretera del Campo de San Juan y llenar una bolsa de plástico, que era un botín preciado, propio de los más intrépidos, a los que tanto admirábamos en secreto nosotros.


Los alatones evocaban la vuelta a clase, la llegada del otoño y el inicio del frío, pero sobre todo constituían el tesoro exclusivo de los más arrojados, los que mejor escalaban, los que apenas repasaban en casa la lección del día e invertían el tiempo en llenar una bolsa de aquellas sabrosas municiones con las que se batirían al día siguiente en el recreo, mientras que nosotros, el pelotón de los torpes, los observábamos con admiración y alguna vez recaudábamos con timidez un par de manojicos con los que podríamos permitirnos compartir la guerra de aquellas toscas cerbatanas cargadas con pequeños proyectiles que previamente habíamos descarnado con habilidad y nos habíamos comido.
La jugada perfecta era deglutir con gozo la carne y disparar con rabia y casi en secreto contra el compañero que nos caía mal, porque la maldad en la infancia es un misterio necesario e inevitable, nacido tal vez de lo más profundo de la raza humana, de los primeros tiempos en que la supervivencia y la lucha formaban parte de la vida cada día, y el hombre fabricaba armas para defenderse, pero también para atacar.
Las tardes de los alatones daban mucho juego y uno debía estar atento a las armas del contrario, porque un alatonazo te podía saltar un ojo y quedarte ciego.
Ahora bien, había un placer indescriptible en el gesto de echarte uno de aquellos frutos a la boca, de pelarlo con los dientes, sentir el dulzor en la lengua y en el paladar, identificar el hueso, aplicar el canuto a los labios y disparar contra cualquiera, persona, animal o cosa. Quizás fuese el sabor del poder tan solo, el viejo y enfermizo deleite por infligir daño a los demás, la complacencia en permanecer en la sombra, no identificado, mientras la víctima se pasaba la mano con fruición por el lugar de la herida, aunque nunca llegara la sangre al río, porque en el fondo era un juego incruento y de una barbarie controlada, casi pueril.
Los alatones iniciaban un tiempo de escuela, carteras de plástico, chubascos ocasionales y esa paz impagable de las clases cálidas a pesar del inicio del invierno, la vuelta a casa por la tarde entre los esporádicos y malintencionados alatonazos que sonaban muy cerca de tus oídos y que de repente impactaban en tu cuello o en el cuello del que iba delante de ti, a los que ineludiblemente debías contestar como en una declaración de guerra.
Aunque aquel era un armamento dulce, de proyectiles suculentos que iba uno masticando todo el día con la satisfacción de haber llenado una bolsa de plástico y de tener material suficiente para alimentar durante algunos días tu flamante canuto de caña, porque la guerra había empezado y todos debíamos incorporarnos a filas en perfecto estado de revista.
Entonces las cosas eran así, domésticas, precarias, entrañables y burdas, pero han pasado los años, hemos crecido y cada otoño evocamos el sabor grato y acerbo de aquella infancia remota.