Pedro Antonio Martínez Robles

La primera tertulia vecinal de una noche de verano que guardo en la memoria, debió tener lugar en los primeros años de la década de los 60. Entonces, el invento de la televisión era algo que quedaba muy lejos de las posibilidades y aun de las intenciones de la gente del pueblo y el mayor entretenimiento consistía en compartir opiniones, conocimientos y experiencias por medio de la conversación.

 

En mi barrio (que era barrio en aquellos años, a pesar de estar cortado por esa arteria monstruosa que es la carretera y que acabó distanciándonos un abismo a los de una acera y otra cuando el flujo creciente de los automóviles y su ruido infernal se hizo insalvable) sacaban los vecinos sus sillas y sus mecedores a la puerta de sus casas en las sofocantes noches estivales. Así podíamos ver a don Antonio Pino, maestro nacional que debió venir al mundo a finales del siglo XIX o a principios del XX, cuya distante y cortés relación lo aproximaba algo más a nosotros en aquellas noches, aunque todo se redujera a un simple saludo de acera a acera o a un «Buenas noches» a la hora de recoger, o mi vecina Fuensanta, que siempre acababa acercando su silla a la puerta de mi casa, o los Perea, que junto a mi vecino Joaquín de la Pepa del Secano, fueron los últimos en rendirse y aún sacaban sus hamacas al fresco hace apenas una decena de años, cuando el tráfico en la carretera era ya insufrible y cualquier intento de conversación inviable. Sin embargo, en aquellas primeras noches de tertulias que apenas recuerdo, tan remotas ya, el silencio era tal que podía oírse desde la puerta de mi casa el goteo de la Fuente del Secano, cuando no su poderoso chorro si alguien se acercaba a beber aquel agua magnífica que una mala gestión municipal condenó para siempre a finales de 1969, convirtiendo la majestad de su piedra y la generosidad de sus chorros en un empinado tramo de calle que para poco ha servido, salvo para la añoranza y los lamentos. En aquellos veranos había noches en las que se hilvanaban largas conversaciones, y noches en las que apenas se pronunciaba media docena de palabras, pero aun así la comunicación entre los vecinos estaba presente. Esta manera de vivir tan precipitada que hoy sufrimos ha ido arruinando esa vieja costumbre en la mayor parte de los barrios del pueblo. Sin embargo, cuando el tiempo empieza a abonar y el calor de las noches nos saca de nuestra casa para tomar algún refresco o fundirnos con la gente que pasea, hay una calle en el corazón del pueblo que me complace cruzar: es la calle Murcia; en ella, el Antón el Calceta abre las puertas de su cochera, saca sillas y hamacas y una decena de buenos vecinos comparten sus opiniones, sus ocurrencias o sus experiencias, como si el tiempo no hubiera pasado desde 1960 o su paso no hubiera podido arruinarles esta humana costumbre. Paso por esta calle —me gusta pasar por esta calle en las noches de verano—, me detengo unos minutos, los saludo, y pienso que aún cabe la esperanza.