Raúl Sánchez Pérez/Cirujano cardiaco infantil/Hospital La Paz (Madrid)

Hace unas semanas, un 23 de octubre, casi por casualidad, me encontré con cuatro personas muy especiales. Cuando se tiene delante a una persona que está en el amor, conectada, sin ego y para quien lo superficial está siempre en un segundo plano, es como estar delante de un altar sagrado, donde uno solo puede escuchar y aprender.

No había sitio en la posada

Me refiero a dos matrimonios cuyos hijos habían fallecido en los últimos años. El hijo del primer matrimonio sufrió un accidente. La hija del segundo falleció a causa de una enfermedad repentina, a la que se sumó una posible negligencia médica. Esta joven, debido a que fue hospitalizada y gracias al consentimiento de sus padres, donó varios órganos.

Fueron varias las personas -doy fe de ello- las que pudieron vivir gracias a la hija de estos amigos. Después de hablar de su hija, de su vida y de cómo estábamos, la madre me dijo que mi trabajo era muy bonito: poder formar parte de un equipo que trasplanta órganos para que haya personas a las que se le ofrezca una segunda oportunidad. A lo que, inmediatamente y casi sin pensar, respondí de esta manera: “Cuando escuchéis alguna noticia sobre trasplantes, pensad que vosotros sois parte fundamental de ese equipo”. También le expresé, emocionado, la otra cara de mi trabajo, cuando uno, como médico, se equivoca y el paciente fallece.

Todos los médicos tenemos casos así tatuados en nuestras almas, y, si no los tienes, es porque no eres médico. El error va unido a la vida. En ese momento, con lágrimas en los ojos, me dijo esta madre: “Raúl, tras escucharte, puedo entender un poco más a la médica que atendió a mi hija; puedo ponerme en su lugar”. De forma casi instintiva le dije: “Esa médica podía ser yo”. Nos dimos un abrazo, un abrazo que no olvidaré nunca. En ese momento, sentí cómo una de esas pesadas piedras que llevamos en la mochila de la vida se desprendió de mi alma. La Navidad es tiempo de agradecer y también de perdonar.

Otro momento que me impactó en lo más profundo de mi ser este año que dejamos fue cuando me enteré de que, al principio de la pandemia, en Madrid, una parte de nuestros ancianos, aquellos que no disponían de seguro privado, no tuvieron sitio en la posada, no tuvieron sitio en un hospital para poder morir o vivir con dignidad. Ellos, nuestros mayores, los que nos lo dieron todo, se fueron sin nada y sin nadie.

Quizás porque mi abuela tuvo una posada, me conmueve cuando el evangelio dice: “Para ellos no hubo sitio en la posada”. Y desde aquí me pregunto: ¿Quiénes son esas personas que no tienen sitio en nuestras posadas? ¿Si unos lo tienen y otros no, esta sanidad pública es realmente universal, equitativa y de calidad? ¿Realmente estar al lado de la fragilidad es lo que nos hace fuertes como sociedad?

Son preguntas que hemos de contestar desde el corazón, desde la intuición del alma, desde la libertad, desde la confianza al Otro. No son preguntas para contestar desde el filtro de las ideologías, ni de la política, ni de las redes sociales, que a veces siembran la semilla del odio y de las medias verdades en el barbecho de nuestro dolor y del de quienes nos precedieron.

Durante este tiempo, acudimos a nuestras iglesias para adorar al niño pobre en el pesebre. El mismo niño que nos enseñó que si alguien desea liderar algún grupo o alguna comunidad tiene que ser el primero en servir, en coger la toalla y, sin fotos, limpiar los pies de la gente.

Es tiempo de preguntarnos, de querernos, de escucharnos y de pensar que el otro es Jesús. El otro eres tú pidiendo sitio en la posada. Si algo hemos visto en esta pandemia es que todo está conectado. Vamos a preguntarnos si nuestra Navidad es la Navidad del abrazo. Un abrazo que nos ayude a identificar nuestras necesidades y las necesidades del otro. La Navidad de la Sanidad Pública con mayúsculas, donde todos tengamos sitio en la posada.

La Navidad de acoger a María, a punto de dar a luz. La Navidad de acoger al niño que nos salva, porque casi todo lo bueno viene de lo pequeño, de lo frágil y de lo vulnerable. Sin esta mirada no podemos vernos, no podemos ver a los demás y no podemos ver al niño en el pesebre.

Lo mejor de estos días es eso. Es tiempo de Navidad, es tiempo de encuentro y sobre todo es tiempo de abrazar, abrazar para liberar, sin egos, con el corazón. Como aquel abrazo que recibí ese 23 de octubre. Gracias.

Feliz Navidad.