Pedro Antonio Martínez Robles

En los primeros años de la década de los 70 leí una frase rotulada en la pared de la Academia de estudiantes de Bachillerato que había encima de la sala de futbolines de El Carloto. Esa frase que jamás he olvidado, dibujada en una de aquellas paredes con pretensiones de perpetuidad, decía: “El tiempo se escapa como el agua de un torrente entre los dedos”, y estaba firmada por A. Cano (mi amigo Antonio Cano Molina, con quien yo no tenía aún relación alguna). Y así es, el tiempo pasa y casi siempre somos incapaces de advertirlo, al menos de una manera consciente. He visto infinidad de veces una vieja fotografía en la que mi padre, con gesto mohíno, sujeta un juguete; a su lado, sentado en el poyo de un portal, está su abuelo, a quien llamaban El Cojo de Salmerón por un desafortunado accidente que le segó el talón a los 30 años y cuya herida jamás consiguió cicatrizar. Su abuelo también está serio. Imposible saber ahora qué pudo haberles disgustado tanto justo antes de que les hicieran aquella fotografía, como quizá Antonio Cano tampoco recuerde con precisión qué había exactamente en su cabeza en el momento de escribir aquella frase que, probablemente, hayan borrado hace muchos años de aquella pared, y que solo flota ya en nuestra memoria hasta que un día se desvanezca, también con nosotros, de una manera absoluta. La imagen de mi padre junto a su abuelo debe tener ya cerca de 90 años; tal vez ochenta y siete u ochenta y ocho. En ese discurrir imparable que es la vida siempre nos está sucediendo algo y todo lo que nos ocurre es inaprensible, no podemos retenerlo en modo alguno; somos como la llama de un fósforo consumiéndose a sí mismo, y de todo cuanto hemos hecho, de todo cuanto hemos vivido, de todo cuanto hemos compartido, solo nos queda un abstracto recuerdo, que para cada uno tiene matices diferentes. Sin embargo, siempre nos ha acompañado la intención de apresar el tiempo en una imagen, de detenerlo con los trazos de una pintura, incontables fotografías o filmaciones de instantes que pretendemos que se conviertan en algo “tangible” e inolvidable. Pero esas pinturas, esas grabaciones o esas viejas fotografías que guardamos en latas de galletas o cajas de zapatos y que rescatamos muy de tarde en tarde para tratar de recuperar un tiempo que ya nos resulta inconcebible, no pueden ofrecernos otras cosa que recuerdos difusos y muchas veces contradictorios, y en la mayoría de los casos, como en esa vieja fotografía de mi padre junto a su abuelo, un misterio inextricable: una puerta, un poyo, un anciano, un niño, “atrapados” en una cartulina en un instante tan impreciso como el tiempo que nos lleva. Ya no está la puerta, ni el poyo, ni el anciano, ni el niño; solo esa vieja imagen impresa en un pedazo de cartón que tal vez algún día acabe devorada por las llamas de una hoguera, cuando sobre la fotografía caigan unos ojos extraños y acaben preguntándose quiénes pudieron ser ese anciano y ese niño y en qué perdido e inexistente lugar se tomó la imagen. Así son las cosas de esta vida evanescente, y de este “tiempo que se escapa como el agua de un torrente entre los dedos”.

 

 

 

 

5 de diciembre de 2020