Pascual García

Tenía catorce años apenas cuando le sustraje a mi padre, por primera vez, su vieja moto, que había comprado de segunda mano y que usaba para ir a la huerta y subir a los campos en su labor de marchante en decadencia. Él había aprendido solo a gobernarla con escasa pericia, bien es cierto, pero con la prudencia de la madurez y había dado sus clases prácticas en La Trilladora, donde íbamos a jugar al fútbol de pequeños y donde los que tenían bici se ejercitaban a sus anchas.

Tomé aquella decisión un tanto aventurada, porque mi padre no me habría permitido entrenarme con su moto, a sabiendas de que la máquina correría demasiados riesgos, dada su fragilidad.

Yo creo que mi impulso obedecía a una especie de llamada ancestral. Nunca había llevado una moto y si sabía montar en bicicleta, era porque mi prima Mari Cruz me había dejado la suya para que aprendiese, a costa de que le rompiera algunos radios de la rueda delantera y otros pequeños deterioros que ella supo perdonarme. De modo que, subido en la Ducati 49 cc en el inicio de la cuesta empinada de las Torres, sin tener muy claro las funciones básicas de los pedales, el puño, los frenos y el embrague, con el horizonte amplio de la Sierra del Cerezo al frente y más cerca, el cortado de la balconada a la que solíamos asomarnos los muchachos del barrio, experimenté la certidumbre de que podía romperme la crisma.

A pesar de todo, me lancé camino abajo, en punto muerto, como si condujera una bicicleta pesada, frenando a menudo pero sin encontrar el dispositivo que pusiera en marcha la moto. Luego la detuve y lo intenté de nuevo en varias ocasiones, pero no hubo manera y no logré encender el motor. Cuando, al fin, lo hice, no conseguía moverla de su sitio. Me costó subirla de nuevo al lugar de donde la había sacado empujándola con mis propias fuerzas cuesta arriba, con el sol de julio contra mi rostro y la frustración de una aventura fracasada.

A esa primera vez siguieron otras sin que mi padre, que solía dormir la siesta, se enterase de las correrías de su hijo. Al cabo, entendí, casi de un modo intuitivo, que debía encender el motor con el pedal de una patada, embragar y meter la primera marcha que estaba indicada en el puño derecho, mientras que el freno iba en el pie. Así las cosas, era preciso, acelerar con el puño e ir soltando lentamente el embrague hasta sentir el movimiento de la máquina como un animal salvaje que se me escapaba de entre las piernas. El resto era fácil, porque me mantenía bien en equilibrio y ni siquiera necesitaba esfuerzo alguno para subir las cuestas o cruzar las carreteras, que por aquellos días eran de tierra y de piedra, por lo que muy a menudo solían pincharse las ruedas de la moto, y otra vez debía llevar la máquina cuesta arriba hasta mi casa donde podía ponerle un parche a la recámara.

A pesar de los pinchazos, de las caídas, sobre todo en las curvas de tierra donde solían resbalar las ruedas y las veces en que me quemaba la pierna con el tubo de escape, no perdí la ilusión en un par de años. La gasolina estaba barata y mi Ducati apenas gastaba lo que un mechero. Alguna vez debía llevarla al Pepe de Las Chozas para que le reparara cualquier desperfecto sin demasiada importancia.

La moto era un animal de libertad, y para un adolescente con tiempo libre en el verano, constituía un eficaz salvoconducto para moverse con rapidez por Moratalla. Iba a La Puerta o a las piscinas del Peña en unos pocos minutos; subía al Somogil y comprobaba que estaban los amigos o la muchacha que me gustaba en aquel tiempo. Me acercaba a la Casa de Cristo en los días de peregrinación y, sobre todo, iba y regresaba de la huerta o del secano con una mayor celeridad.

Como contrapartida tuve que pagar el precio del mal genio de mi padre, sus constantes impertinencias y refunfuños, producto del enojo que le provocaba la súbita independencia de su vástago, pero sobre todo, cargué muchas veces con aquella máquina pesada, pinchada o rota, y sufrí innumerables caídas, por fortuna de leves consecuencias, que al final del primer verano me dejaron hechoun cristo, las rodillas maltrechas, los tobillos quemados, arañadas las palmas de las manos y todo mi cuerpo polvoriento y exhausto.

En una de aquellas ocasiones, mientras regresaba a mi casa después de la última paliza, con resbalón y caída incluidos, me esperaba mi padre en lo alto de Las Torres, con gesto adusto y contrariado. Era inevitable que reaccionara ante la imagen de una lucha ciega e inútil y de la fatiga que mostraba mi rostro. Te vas a matar, se limitó a decirme con un tono de resignación, y yo intuí que sus palabras nacían más de la compasión que de la ira, que verdaderamente sentía lástima por aquel adolescente obcecado y torpe que le robaba la moto cada tarde del verano como un acto de rebeldía contra nada en concreto y contra todo en general.

Por fortuna, los golpes y las caídas no afectaron mi entendimiento ni mi voluntad, y con el paso de los días y de los meses, dejó de ilusionarme la moto y fui dejándola en el sitio donde mi padre solía colocarla y donde aún está, como un mueble arrumbado e inservible. Comprendí que todo aquello había sido producto de los pocos años, me embarqué en el proyecto de estudiar en Caravaca y me olvidé definitivamente de la vieja máquina.

Hoy tengo coche, pero he recuperado el gusto de ir a pie a muchos lugares, de disfrutar de las calles de Murcia y de los paseos, mientras divago acerca de mis cosas en silencio y recuerdo el vigor del muchacho adolescente que se caía de la moto en aquellas infames carreteras de polvo y piedras que llevaban a La Puerta y volvía a levantarse, condolido y sucio de tierra, una vez más, mientras su padre lo aguardaba taciturno y resignado en Las Torres.