Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Llevo un verano singular, y por primera vez en solitario o casi. He estado en Moratalla durante las fiestas de la vaca, en Murcia, en la playa, en Campoamor, y por unos días en Hellín, en la casa de mi hermana, mientras ella, sus hijos y el mío se largaban a Polonia a pasarlo bien y yo, cargado con mis libros y mi portátil, me iba estableciendo allí donde podía, como un vagabundo del calor, pero con el entusiasmo de seguir escribiendo y la ilusión de que este otoño publicaré dos libros más. Viene esto a cuento de que me he percatado de lo que ha cambiado el mundo desde que mi madre me preguntaba cada noche lo que quería comer al día siguiente y al mediodía, lo que me apetecía para la cena. Todavía los de mi generación hemos recibido el mimo de las mujeres más importantes en nuestra vida: las madres y las esposas, aunque después han llegado las hijas y lo han puesto todo patas arriba.

Decía que me he dado cuenta de lo bien que está montado el mundo para que un hombre que apenas sabe freírse un huevo como yo, pueda desenvolverse solo: acudir cada día al supermercado, comprar leche, pan, fruta y unos filetes de pescado o de carne, gazpacho fresco y una botella de vino y prepararse la comida o comprarla hecha en los miles de establecimientos que hay ya en este país para no tener que hacer de comer, para comer sano, sabroso y barato.

Solo la lavadora y la vitrocerámica me pusieron alguna pega, porque la plancha y yo hemos terminado del todo y para siempre, y lavar los cuatro platos que uso al día no me lleva apenas tiempo. Hasta las ensaladas las venden ya preparadas y con el aliño.

¿Queda algo? Bueno sí, pasar la escoba y la fregona de vez en cuando y poco más. Es verdad que no hay refinamientos domésticos, que es una vida casi cuartelaria, de una sobriedad masculina, pero a cambio he constatado que se puede vivir así, que no es tan difícil ni tan incómodo y que a veces el precio de la libertad es la soledad y la independencia.

Pero esto no va de sermones morales ni metafísicos, sino de aquella época dorada en la que mi madre se levantaba casi al amanecer para poner el potaje de pencas al fuego como lo había hecho antes su madre, mi abuela Rosa, y como no lo haría ya ninguna de las mujeres de la familia, o el cocido o cualquier otra comida que tocara ese día, porque había que hacerlo todo: cocer las alubias y los garbanzos, añadir  la verdura, las alubias verdes, el cardo, las patatas y la calabaza, un chorro generoso de aceite de oliva virgen, una pizca de pimentón, sal y azafrán hasta darle el color deseado y todo a fuego lento, con paciencia y con amor, muy de mañana, mi madre en la cocina inaugurando el día y los primeros olores comestibles y yo todavía acostado.

Luego, mientras me tomaba la leche y las galletas, me daba algunas órdenes que yo solía olvidar, estate atento y échale las patatas a las doce, y por la tarde volvía a insistir en la cena, unas verduras hervidas, le indicaba, un poco de pescado o una pechuga de pollo asada, el menú del último año que pasé en mi casa, el año en que ya había acabado la carrera y debía buscarme la vida de algún modo.

Ahora que  todo es tan fácil y tan rápido, aunque hayamos perdido para siempre los sabores originales de los alimentos y de otras muchas cosas, me digo que por aquellos años ser una buena ama de casa era todo un prodigio. A todas ellas va dedicado mi texto.