Pedro Antonio Martínez Robles

Fotografía: Calasparreando

No sé si el sol tenía entonces un brillo diferente o es solo así como lo trae ahora mi memoria, envuelto en esa luminosidad apacible de las tardes de primavera de hace décadas, cuando solía pasear cumpliendo algún encargo por las calles más viejas del pueblo, las del casco antiguo, las que se mantenían (y casi se mantienen aún) con esa estructura casi centenaria que le dan sabor a un barrio y que habrían de resistirse durante muchos años a la lamentable invasión de los automóviles, contemplando entonces sus fachadas mudas el paso de las últimas acémilas de regreso de la vega, dejando su rastro de boñigas y su aroma de muladar. Era un tiempo de puertas abiertas y de confianza, un tiempo sin prisas ni televisores; acaso alguna radio emitiendo desde el interior de la casa algún serial, una novela, algún anuncio a bajo volumen, sin estridencias y con ese sonido tan característico e indescriptible de aquellos aparatos de los años 50 y 60 que alcanzaron vida hasta bien entrados los 70; un tiempo en el que era frecuente ver a las vecinas sentadas a las puertas de sus casas en bajas sillas de anea con una labor de costura en el regazo, compartiendo una conversación mientras daban puntadas sobre el bastidor de bordadura, se aplicaban en un zurcido o cosían un remiendo. Es más que probable que en aquellas conversaciones no se trataran asuntos de gran trascendencia: unos preguntados por la salud, el parto de una vecina, la boda de algún familiar o las goteras de una casa. Nada de importancia. O nada que no tuviera la importancia de esa relación tan humana y entrañable del acercamiento; esa manera de decir sin palabras: <<Aquí estoy no solo para coser y hablar del tiempo, sino también para las cosas serias y para lo que haga falta, para lo que no es necesario decir nada>>.

Hoy tengo la sensación de que el paso del tiempo ha cambiado el brillo del sol, esa luminosidad apacible que me empeño en recordarle, y en las calles más viejas del pueblo no suenan ya los cascos de las bestias de labor regresando a sus cuadras, de los mulos, los asnos y aquellos bueyes uncidos de color canela que abrevaban al final de la tarde la sed de sus labores en el pilar de la Fuente del Secano; ni se escucha el sonido nasal, profundo y envolvente de los antiguos aparatos de radio, ni el murmullo de las conversaciones de las vecinas que cosían sentadas a las puertas de sus casas en sillas bajas de anea. Ahora se oye el ruido estridente de los ciclomotores, el de los automóviles, el de algún equipo de alta fidelidad atronando el aire. Y al atardecer, por las ventanas acristaladas de las casas sale el destello luminoso de los televisores con pantallas de plasma o de leds mientras las familias cenan en silencio y se adormecen frente a programas repetitivos o películas aburridas. Es el progreso –bueno para casi todo si fuéramos capaces de entenderlo– lo que va modificando nuestras costumbres. Ya no es necesario empeñarse tanto en los bordados que ahora pueden hacerse con precisas maquinarias de una manera casi perfecta y a precios asequibles, ni hace falta zurcir calcetines ni remendar pantalones. Y aquellas aparatosas radios de armazón de madera y sonido nasal y envolvente solo han quedado para el capricho de coleccionistas. Como también van quedando para la colección de la memoria, las conversaciones sosegadas y desinteresadas de las vecinas que cosían en las tardes de primavera, sentadas a las puertas abiertas y confiadas de sus casas.

 

18 de abril de 2021