Pedro Antonio Muñoz Pérez/(pedroamupe@gmail.com)

En Archivel, a quienes se disfrazan o se enmascaran en carnaval se les conoce como “taparujos”, aunque no sé si todavía sucede (ahora las mascarillas son obligatorias). La costumbre foránea de la comparsa, ni mucho menos la más reciente de la chirigota, formaron parte nunca de esta fiesta de las carnestolendas, el pórtico irreverente y pagano de la cuaresma. Los carnavales fueron en este rincón del noroeste murciano una celebración grotesca y anárquica, sin un guion previsto ni reglado. Además, al tratarse de fechas móviles en el calendario festivo del año, su carácter era todavía menos formal. Lo mismo pillaban en los días todavía fríos de mediados de febrero o a primeros de marzo, con la primavera ya insinuada, cuando eran más tardíos.

Los zagales y zagalas de mi cuerda no sabíamos que en los años de la dictadura estaba prohibido salir a la calle disfrazados. Bien es cierto que “los civiles” hacían la vista gorda, especialmente con los más pequeños, que no entendíamos aquello de la transgresión social y todavía menos la sátira política y, por lo tanto, no éramos sospechosos de aprovechar el anonimato para cometer ningún tipo de fechoría. La cuestión era, previo permiso materno, tomar al asalto los cofres y las arcas donde dormían entre bolas de alcanfor las ropas antiguas de los abuelos y rebuscar para componer la vestimenta más estrafalaria: el refajo, la saya, el camisón, las enaguas, la blusa de encaje, la bata, la pelliza, la combinación de puntilla y demás piezas de ropa interior y lencería (en esto sí que había cierta picardía, sobre todo cuando te ponías el sujetador y rellenabas las copas con ovillos de lana). En las tiendas de ultramarinos, esos colmados entrañables del comercio archivelero, se vendían antifaces y sencillas caretas de cartón con la imagen de indios, piratas, payasos, gitanas, policías, monstruos o personajes de los dibujos animados. Mantener la cara oculta, encarando bien los agujeros de los ojos y de la nariz, sin que se rompieran los elásticos o se reblandeciera la cartulina con la humedad de la respiración, era una tarea verdaderamente complicada. En ocasiones, se podría dar la paradoja de que tu careta no tuviera relación con el resto del atuendo, lo que hacía más pintoresco aún nuestro aspecto. Para evitar esto y conforme nos crecían las caras y se nos quedaban pequeñas las máscaras, utilizábamos medias tupidas que nos deformaban los rasgos y nos cubríamos con pañuelos de la cabeza y tapabocas. A la indumentaria del taparujo se añadían complementos como sombreros, alguna trenza o coleta postiza de pelo natural (era difícil encontrar pelucas), bolsos, guantes, bisutería, así como bigotes o barbas pintados con un corcho ahumado. Ponerse un cojín o una almohada simulando una chepa, una barriga o un culo prominente, era también un recurso de atrezo muy socorrido. La imaginación tenía vía libre aquellos días enloquecidos en los que dejábamos de ser nosotros mismos.

El mero hecho de disfrazarse era ya motivo de diversión, casi se podría decir que la fiesta consistía en eso. Nos invadía la emoción primitiva de suplantar identidades ajenas, de sentirnos otros, especialmente si, como era habitual, se trataba de aparentar ser de un sexo diferente. Antes de salir a la calle, los compañeros de la mascarada nos repasábamos mutuamente, para dar el visto bueno a que nuestra apariencia fuera de lo más irreconocible. Lo demás era cosa de cada cual: impostar la voz, afinarla o distorsionarla, ensayar unos andares estrambóticos, componer una figura extravagante para dificultar ser reconocidos. Y entonces llegaba la gran prueba. Cuidando de que nadie nos viera salir de la casa que nos había servido de camerino, varias catervas de taparujos invadían el pueblo con un tropel de correntillas y alaridos, ululando por los callejones, rehuyéndose o encarándose como miembros de diferentes tribus, todos con nuestros disfraces de guerra, todos con ganas de juerga, todos con el recelo de poder ser reconocidos demasiado pronto y el temor de que se acabara antes de tiempo aquella celebración de la impostura. Embutido en tu disfraz, totalmente identificado con el personaje, la vida se veía de manera diferente. El pueblo se convertía en un espacio de libertad, y también de impunidad, durante unas horas. La ceremonia consistía en ir entrando a las casas (aunque se procuraba evitar aquellos hogares donde, por la enfermedad o el luto, el jolgorio estaba contraindicado), cuanto más lejanas a tu calle, mejor, para provocar a los vecinos con la consabida letanía: ¿A que no me conoces?, repetida una y otra vez, con las voces fingidas, para provocar la confusión de los que aguantaban la murga y las impertinencias. Los taparujos teníamos la licencia de acercarnos a las personas, a quienes conocíamos y respetábamos en otras circunstancias, para poner a prueba su capacidad de identificarnos, cosa que a menudo ocurría. Y es que vivir en un lugar como Archivel significa que en la otra punta del pueblo alguien te reconozca pese a ir camuflado con un ropaje tan estrambótico que tú mismo dudarías ante un espejo. Y así, pese a todos tus esfuerzos, fulano o mengana te decían que tenías los mismos andares que tu abuelo, o te descubrían por el timbre de la voz nada más abrir la boca, o le daban a la cabeza resabiados cuando te dirigías a ellos con desvergüenza y te decían, anda, anda, si sé quién eres, ya se lo diré yo a tu madre. A veces, pocas, se conservaba el misterio y salías de la prueba con una euforia redoblada. Y así transcurría la tarde de aquel lunes de carnaval. Y se daba paso a la noche de los taparujos grandes. Esos sí que daban miedo de verdad. Tú estabas en tu casa, recién acabada la cena, y unas sombras cruzaban la oscuridad. Los taparujos grandes no armaban escándalo. Accedían a las casas de manera sigilosa y su presencia era imponente y aterradora. Los que más miedo me daban eran aquellos que se liaban en una colcha y se ponían una escoba en la cabeza para parecer más altos. Eran unos gigantes silenciosos cuya identidad resultaba imposible de desvelar. También los había envueltos en una simple sábana, como fantasmas etéreos y tenebrosos. Las mujeres que se vestían de hombres resaltaban sus atributos de masculinidad, lo que las hacía parecer más inquietantes. Eso sí que era un carnaval y no ese espectáculo frívolo de las comparsas uniformadas con atuendos de plumas y lentejuelas, bailando al ritmo atronador de una música pachanguera, sin aquella intención de misterio doméstico.

El martes de carnaval se esperaba con verdadera ansia la cena de la noche del reventón y el aroma de las tortas fritas y el chocolate ponían una nota sabrosa y tibia en el aire invernal. Al día siguiente, el miércoles de ceniza, los zagales salíamos en fila de la escuela para ir a la iglesia a que el cura nos recordara, mientras nos marcaba la frente, que éramos polvo y al polvo retornaríamos, la verdad de nuestra condición efímera que por entonces ninguno entendíamos ni estábamos dispuestos a aceptar. Se decía que era pecado lavarse aquella cruz grisácea, el símbolo de penitencia con el que nos adentrábamos en una cuarentena triste después de la fiesta. Pero así eran las cosas por entonces. Y a nadie se nos ocurría cuestionarlo. Y aunque ahora no añoro esa religiosidad supersticiosa, me revienta que parezca que estamos de carnaval todo el año. La gente se disfraza en cualquier momento y con cualquier excusa o pretexto. Por no hablar de esa moda absurda de que todos los carnavales parezcan brasileños y se celebren con un desfile de coreografías y a cara descubierta. Por eso los taparujos se han esfumado, huyendo de un mundo tan falso que ya no soportaría la ingenuidad de aquel carnaval tan sencillo como auténtico.