PASCUAL GARCÍA/pasgarcia62@gmail.com)  

Cuando uno nace en una familia pobre apenas si le queda otra cosa que soñar. No ha heredado casas, tierras o fortuna y su futuro le pertenece sólo a él porque lo lleva en sus manos y en su coraje y deberá  provechar cualquier ocasión para lograr sus anhelos. Es su obligación conseguir una parte, por muy pequeña que sea, de  aquellos viejos afanes, en los que pensaba cada día mientras ayudaba a su padre y a su abuelo en las ásperas faenas de la huerta o del ganado. No solo le molestaba su dureza, sino sobre todo el tiempo inútil que invertía en ellas, mientras su mente   volaba de continuo a unos años en los que la libertad, la vida próspera y los estudios le hubiesen procurado una existencia con más oportunidades.

De manera que mientras vareaba los almendros o las oliveras, mientras recogía con mucha fatiga los frutos de estos árboles del puro suelo erizado, en el sopor de septiembre o en las heladas del invierno, su cabeza lo transportaba a otros ámbitos e iba construyéndose poco a poco su particular mito, su biografía de un porvenir que casi tocaba con la punta de sus dedos, sobre todo cuando acababa la vendimia y volvía de Francia y seguían esperándolo sus libros y sus apuntes. Escribir    constituía, sin duda, su primer y gran deseo; había nacido como una derivación natural de su pasión por la lectura, en la que se había iniciado poco después de los cuatro años, cuando hubo aprendido a leer con ayuda de su madre y de su padre, pero de un  modo absolutamente misterioso se había ido empapando del prestigio de la palabra, de la ilusión de los libros y del mismo modo que un pintor o un músico sueñan con notas y colores, aquel muchacho ya soñaba con el triunfo de la palabra y todo lo veía con sus nombres y sus epítetos, y todo se lo contaba así, aunque solo fuera para él, aun agachado bajo una parra en tanto iba cortando los racimos de la nueva cosecha de uva gala.

Soñaba, es cierto, pero a la vez debía guardar la ropa, porque eso le había enseñado su origen humilde, a codiciar un anhelo y, a la misma vez, a conservar una cierta seguridad, es decir, a planear la manera de ganarse la vida del modo más honrado, a trabajar y a escribir, el deber y la devoción, la necesidad y el éxtasis, para que muy poco de ese futuro ansiado se resintiese apenas, porque podía hacerse todo, y no era preciso echarse a la calle, refugiarse en los cafés, buscar el deliro de los paraísos artificiales como había leído que habían hecho los artistas malditos de finales del siglo XIX. El pertenecía, lo había sabido desde muy niño, a una clase social que no podía permitirse el malditismo, esa desviación anómala de los hijos de la burguesía que les gustaba jugar a dioses y a demonios.

El había sufrido temperaturas muy altas en los invernaderos del campo de Cartagena durante su adolescencia y dolorosas heladas en la recolección de la uva en tierras extranjeras, había dormido alguna vez en estaciones extrañas, en casas no demasiado aseadas y donde no se daban las condiciones higiénicas mínimas para un ser humano, eran los gajes de un oficio tan ultrajado como el de jornalero. Tenía todo el derecho por tanto a exigirle al destino las comodidades naturales de una clase social acomodada a la que, a buen seguro, pertenecería muy pronto y que le permitiría centrarse del todo en la realización de sus sueños.

Soñar y guardar la ropa podría ser otra manera de concebir un mañana venturoso y aventurado. Algo parecido haría este país, España, a la muerte de Franco.