Ya en la calle el nº 1052

Sólo perseguía un saludo

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

FICA

      Cada mañana, en mi hora de deporte, la veía pasear por el camino del huerto, su cuerpo estirado, su mirada siempre al frente. Yo pensaba: “que abstraída va en sus cavilaciones esta bella muchacha”. Era una joven guapísima. El dibujo de sus facciones, perfecto. Su larga melena, que ondulaba el viento, era lo único que tenía un movimiento natural y daba vida a aquel cuerpo esbelto y bien formado. Lo cierto es que llamaba la atención de quienes nos cruzábamos con ella. Siempre iba elegantemente vestida. Los demás a esas horas de la mañana, dedicados al deporte en aquel bello lugar, vestíamos chándal, zapatillas y gorra para protegernos del sol primaveral.

      Después de varios días observándola, no sabía por qué, una mañana decidí mirarla a los ojos con algo más de insistencia, para ver si obtenía de ella algún guiño que me invitara a darle, los buenos días. Sólo pude ver en su mirada un gran vacío que me heló la sangre.

      Cautivada por la imagen de esta bella joven, que se convirtió para mí en una obsesión, tardé días en percatarme que también yo era observada. Quedé sorprendida, pero la sorpresa desapareció cuando rebobinando en mi mente capté cada encuentro con la joven, y pude darme cuenta que siempre iba acompañada por un señor mayor que la seguía de cerca. También me atreví con él y le miré a los ojos, y en ellos hallé un inmenso mar de tristeza. Nuestras miradas coincidieron. Este señor se giró hacia mí me dio los buenos días gentilmente y me preguntó con extremada delicadeza:

      —¿Qué le llama tanto la atención de mi hija? He notado que la mira todos los días con insistencia.

      Quedé sorprendida por la pregunta, pero contesté con sinceridad:

      —Le diré que lo primero que me incitó a mirarla por primera vez fue su extremada belleza y después de haber contemplado sus hermosos ojos, me preocupó su mirada ausente, de ahí que la siga mirando.

      El acompañante de la joven me miraba condescendiente y comprensivo con un asomo de triste sonrisa en sus labios. Aunque más que sonrisa me pareció congoja.

      En aquel momento no sabía cómo seguir excusándome; reaccioné rápida y de nuevo le respondí algo nerviosa:

      —Señor, le suplico me perdone, es cierto que he sido indiscreta. Pero le aseguro que no ha sido con mala intención. Tan sólo pretendía conseguir un saludo de ella.

      El padre de la joven tuvo a bien explicarme con palabras sencillas, para que yo lo entendiera, la enfermedad que sufría su amada hija: una enfermedad grave que afecta al intelecto de las personas, llamada “Oligofrenia”.

     A partir de aquel día empecé a regalarle a María, así se llama la joven, mi sonrisa más afable y cariñosa a título de saludo y, empiezo a creer que soy correspondida por su parte. He notado como si quisiera florecer una sonrisa en sus labios.

      El tiempo va pasando y yo sigo con la sana costumbre de hacer un rato de deporte a media mañana, mientras mi hijo está en la guardería. También tenía, y digo tenía, la costumbre, esta no tan sana, de ir conectada al MP3. Caminaba a paso ligero con la vista perdida en las piedras del camino, totalmente abstraída con una música que sonaba sin cesar en mis oídos, sin importarme mucho lo que me rodeaba o las personas con las que me cruzaba. No sé quién obró el milagro en mí. Quizás una Cruz chiquita que me colgaron al cuello, diciéndome que era milagrosa. O quizás fue el ángel de la joven María que quiso darme una oportunidad, invitándome a poner mis ojos en ella para que recapacitara y me diera cuenta de las muchas personas que hay en nuestro entorno con una vida nada fácil y, para quien una simple sonrisa pudiera ser todo un mundo.

      Desde que conocí a María y supe de su enfermedad mí percepción de la vida ha cambiado. Todo lo que nos rodea existe, está ahí, y formamos parte de ello. Sigo haciendo deporte. Me cruzo con María y le sonrío, le doy los buenos días y asiente con la cabeza, no dice nada, pero ese simple gesto, nuevo en ella, me inunda de alegría el alma. El padre también ha captado esa evolución en su hija y me sonríe complaciente y agradecido. Ahora cuando salgo a la calle no llevo los cascos puestos, por tanto, ahora veo, pienso y escucho, porque escuchar no es lo mismo oír.   

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