Félix Martínez Martínez

Pido que se me perdone mi carácter antiespañol al escribir desde la más absoluta humildad e ignorancia en materia de economía. Por lo que no mencionaré nada relacionado con ésta.Aun así no me gustaría perder la oportunidad de expresarme sobre los recientes acontecimientos en el país heleno.
Me asombra la perplejidad con la que se está abordando, por una gran parte de la población española –pues las reacciones a nivel europeo se escapan de los límites aquí pretendidos-, el asunto del referéndum griego propulsado por el gobierno de ese país. Se ha acusado al presidente de dicho país, Tsipras, de irresponsabilidad política por el referéndum, pues en consideraciones de algunos políticos «ellos están para resolver problemas no para hacer referéndums». Sin embargo, la profundidad del asunto llega hacia niveles más profundos que la simple resolución de problemas.
La convocatoria de la consulta popular es el gesto más responsable a nivel político que se ha realizado, en mi opinión, desde la creación de la Unión Europea. La política, en este caso representada por los partidos políticos, debe de ser el reflejo de la sociedad a la que representa, por lo tanto, en condiciones de normalidad, tendría que ser obligatoria la consulta al pueblo que los ha elevado hacía esa posición. El pueblo ha cedido el poder político a sus representantes pero no su total y absoluta voluntad. De este modo el pueblo ha de tener voz en los asuntos primordiales que atañen a la sociedad, es decir, a ellos mismos, de manera especial en circunstancias tan excepcionales como los actuales.
Otro motivo por el que ha sido criticada la consulta es por la puesta en duda de la fiabilidad de las capacidades intelectuales del pueblo griego. Se les ha acusado de ser legos en materia económica y política, por lo que no tendrían que tener decisión en temas que les exceden. Aunque esto no es un argumento demasiado fuerte debido a que las decisiones que tome el gobierno son, en el mejor de los casos, consecuencia indirecta de la consulta popular. Por otra parte, los representantes políticos, antes de ser tales, son también pueblo y no existe una garantía de que los políticos sean expertos en los cargos que ocupan. Por todo esto acusar al pueblo de ignorante y de no tener que participar activamente en política tiene unos argumentos difíciles de sostener. A lo sumo se puede argüir que al haber democracia representativa el pueblo sólo es necesario a la hora de votar a sus representantes, sin embargo hay otras formas de entender quién debe gobernar.
Así, solo queda decir que la relevancia de un referéndum radica en poder entender las exigencias y vivencias sociales que germinan en lo más profundo del estrato social. De tal modo que se puede gobernar contando con el pueblo o sin él.