Rafael González Fernández

Catedrático de Historia Antigua Universidad de Murcia

En el año 1986, uno de mis primeras investigaciones, tras mi licenciatura en Historia Antigua y Arqueología, fue tratar de desentrañar la procedencia del topónimo que da nombre a la ciudad de Mula. Como oriundo del lugar y amante de la Historia siempre me había llamado la atención. Las líneas que vienen a continuación siguen en gran medida lo que ya apunté en ese ya lejano año. Treinta y cuatro años han pasado desde entonces y creo que la hipótesis de trabajo planteada sigue tan vigente como entonces.  Algunas de las consideraciones que hacíamos entonces hoy son totalmente aceptadas, como es el hecho de que el Cerro de la Almagra corresponde al sitio que ocupó la primitiva ciudad de Mula, es decir, la ciudad romana, cuyo origen podría remontarse posiblemente al siglo I a.C., como mínimo y que siguió su devenir histórico en ese mismo lugar hasta la implantación del estado cordobés de Abderramán II en la zona, en torno al año 825 (González Fernández, Fernández Matallana, 2010).

Pero vayamos al fondo de la cuestión que ahora nos ocupa. A lo largo del tiempo se han expuesto variadas teorías sobre el origen del topónimo Mula. En prácticamente todas ellas se parte de la idea de que es una de las ciudades que, tras la entrada de los árabes en la península en 711, aparece en las diferentes versiones que se conocen del tratado de Teodomiro del año 713.

El topónimo aparece documentado en textos medievales en romance, así en la Primera Crónica General de España de Alfonso X: «El castiello de Mula es como alcaçar alto et fuerte et bien torrado…» (3). También en latín en un documento del siglo XV, el Fundamentum del Obispo Comontes: «…in termino Mullae […] cum castro de Alcalá, prope Mullam…» (Roxas Contreras, 1756, folio 14 v).

En otro texto latino posterior, del padre Molina de Castro, aparece la grafía Mula sin la «l» geminada: «Salonac Mulamve molit […], Labili situ fuit, Labina dicta» (Molina de Castro, 1779).  Los dos topónimos que aparecen en este último texto (Salonac y Labina) aludirían, respectivamente, al supuesto nombre griego y romano de Mula y forman parte de una leyenda que surge con la denominada «carta de población» (también llamada «escritura de población» autofechada el 6 de mayo de 1306. Sobre los problemas de este documento algo se ha dicho ya en otros trabajos (González Castaño y González Fernández, 2005; Molina Gómez y González Fernández, 2016).

A continuación, pasamos a realizar un repaso sobre la etimología del topónimo según distintos investigadores.

  1. Testimonios sobre una etimología árabe.

El primer testimonio lo constituye la carta de población, en donde aparece, por vez primera, un intento de explicación del topónimo: «En esta esclavitud (se refiere a los moros) perdió el nombre de Lavinia, y recibió el de Mula, voz que en el idioma Arábigo suena cosa del Señor, o Rey Angelicar» (7). Al referirse a la conquista de la villa, en 1242, por Alfonso X, narra la propuesta de rendición que se le hizo al alcaide moro y su respuesta, que ganaría la fortaleza cuando pariese la mula. Como consecuencia de esta arrogante contestación —sigue diciendo la carta— el rey cristiano le conservó el nombre a la población (9). Como vemos el autor juega con dos significados, uno el de etimología árabe, y el segundo refiriéndose al animal y al suceso del alcaide con el rey.

A finales del siglo XIX aparece la obra de don Nicolás Acero y Abad (1886) quien esgrime diversas etimologías, aunque se decanta claramente por la que él denomina ‘oriental’. Piensa Acero que Mula se llamó Abula, antes incluso de la llegada de los romanos, que con la llegada de los árabes se cambió el nombre en Mula y que éste fue conservado por Alfonso X cuando la conquistó. Abelardo Merino Álvarez (1978, 116), quien lo sigue, casi con seguridad, dice: «…. la primitiva Abula, se cambió en Maula o Mula. Con este último título consta en el tratado de Tudmir…».

  1. Etimología griega

A finales del siglo XVIII el canónigo Lozano dedica un apartado de su obra al nombre de la ciudad. En su opinión los moros le conservaron rigurosamente su nombre «o de Mula o con la variación accidental de Mulat» (1980, 116). Del examen del tratado de Teodomiro deduce que Mula ya recibía este nombre antes (1980, 117). Es el primero que rechaza la etimología árabe (1980, 119) y considera el topónimo de procedencia griega (1980, 120).

III. Etimología latina

Dentro de este apartado incluimos las dos etimologías que más ‘éxito’ han tenido tanto a nivel popular como en el campo de la investigación.

III. 1.Del vocablo latino referido al équido mula -ae (mula). Esta etimología es cronológicamente anterior a la que presentamos en el siguiente apartado. El primero que hace un discurso de cierta extensión sobre este aspecto es el padre Molina de Castro (1779): «… el mismo nombre Mula explica sus blasones sin la mayor violencia. La Mula según Claudiano, es Geroglífico de la fidelidad y pureza…». La antigüedad del topónimo tal y como lo conocemos ahora se remontaría, según este autor, a la época de la conquista cristiana.

Acero y Abad alude al padre Ortega mencionando la piedra encontrada en Los Villares «en la que se ve una figura de Mula» (1886, 145). Modernamente, y tras las excavaciones efectuadas en el Cigarralejo, el profesor Maluquer de Motes, dado el gran número de esculturillas equinas aparecidas, aportaba una idea que la reseñamos como mero dato anecdótico: «…el nombre del actual pueblo Mula, es posible que tenga su origen en el hallazgo antiguo de esculturas de este tipo» (1976, 332).

III.2.—De Mola -ae que pasaría a Muela. Esta era la teoría más aceptada modernamente. El padre Sánchez Maurandi (1955) basándose en la posición geográfica de la actual población, dice que empezaría llamándose Muela y de ahí pasaría a Mula. En el último cuarto del siglo XX, dos fueron los autores que se refirieron a este tema. Consuelo Hernández Carrasco (1978, 63-64) y José García Antón (1982, 122-123). Según Carrasco el topónimo coincidiría perfectamente con la situación del pueblo en la pendiente de un cerro. Pero esta última apreciación es muy subjetiva y nosotros, por el contrario, opinamos que el paisaje en el que está configurada la ciudad de Mula no es precisamente el característico de una muela. La muela propiamente dicha, como señalaba García Antón, sería el castillo de Alcalá, es decir el cerro que domina la actual Puebla de Mula. Según la mencionada autora la antigüedad histórica del nombre, aunque es de uso mozárabe, se remonta al siglo VIII por su mención en el tratado de Teodomiro. Carrasco concluye con que «mola» es una voz del bajo latín, siendo muy probable que el topónimo tenga una filiación histórica en esa época y pueda considerarse como un nombre impuesto durante la romanización (32). En su caso, el profesor García Antón cambia, por primera vez, la primitiva localización geográfica del topónimo llevándolo a la Puebla de Mula (1982, 55).

A continuación, vamos a tratar de exponer nuestra hipótesis de trabajo, que, aunque observa una clara etimología latina, se aparta del resto.

  1. Una nueva hipótesis de trabajo sobre el topónimo Mula

1) No creemos, apartándonos de las últimas teorías, que los topónimos Mola-Muela hayan sido el paso previo al nombre actual. Muela efectivamente viene de Mola, pero no es posible explicar el paso de Muela a Mula, ya que supondría una excepción a las leyes de la fonética y la fonología históricas. En este sentido, hemos de decir que en España hay un gran número de lugares geográficos que se denominan Muela y Mola, sobre todo del primero, y no es muy verosímil pensar que sólo en un lugar se haya producido tal evolución.

2) Teniendo en cuenta que, en 713, en la capitulación de Teodomiro aparece ya, es de suponer su existencia como tal antes de esta fecha, es decir, en época tardorromana y anteriores.

3) Partimos de la hipótesis de que Mula, ciudad romana, se encontraba en el Cerro de la Almagra, cuyo nombre de claro origen árabe, «Almaghra», se le dio por el característico color rojo de la superficie del cerro constituido por caliza travertínica, que fue ampliamente utilizada como material de construcción y decoración en la Carthago Nova de los siglos I a. C. y I d. C.

4) Consideramos que el topónimo Mula procede etimológicamente del adjetivo latino «mulleus-mullea-mulleum». Este término ya está atestiguado en Festo, Plinio el Viejo, Catón, etc., y significa de color rojo o púrpura. Es posible que el actual cerro de La Almagra se denominara Mons Mulleus, Civitas Mullea, etc. Que los moradores de la Mula romana, al pasar al nuevo centro de población, siguieron conservando el nombre de su ciudad y que los árabes mantuvieron el nombre del primitivo núcleo.

5) El paso de Mullea a Mula es fácil de explicar. En la palabra se han producido dos fenómenos sencillos: el paso del hiato —ea a la vocal —a y la simplificación de la consonante geminada (Menéndez Pidal, 1982, 83 y 135).

BIBLIOGRAFÍA

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