FÉLIX MARTINEZ/FILÓSOFO

Asociación Espacio de Alcoba

Como cualquier motor, siempre y cuando obviemos la terminología aristotélico-tomista, la fuerza es un elemento clave, quizá aquel que crea el verdadero movimiento. Cierto es que son necesarias otros elementos, pero, en definitiva, el poder, la fuerza es lo que hace que el motor sea lo que es. Algo similar encontramos si nos adentramos en el odio. El odio no deja de ser una fuerza, un poder capaz de aniquilarlo todo, de destruirlo todo. No es muy habitual encontrar algún postulado que considere el odio como el motor de la vida, sin embargo, parece innegable que el odio, o por el odio, se han llevado a cabo las mayores empresas.

Habría que poder cercar más a fondo lo que es odio. Entendido como una figura ontológicamente irrefrenable, esto es, el odio siempre se da como un existente, nunca como un futurible o condicional. Además, los brazos del odio son prácticamente infinitos. Se puede odiar a una persona o a un grupo de ellas, se puede odiar una ideología, un determinado género, música, deporte… todo es susceptible de odio.

Sin embargo, ¿qué afección pasional es el odio? Algunos autores han establecido la relación del odio como diametralmente opuesta a la del amor, pero ¿es eso exactamente? La afección odio se orienta hacia la aniquilación del objeto odiado, por su parte el amor no tiene que tener de manera necesaria una carga de perpetuidad. Se entenderá mejor con un ejemplo. Si amamos a una persona, en el sentido de sentir la afección pasional amor, pero esta se encuentra gravemente enferma preferiríamos que dejara de sufrir incluso si ello supondría su muerte. La muerte no deja de ser, en una u otra medida, un rasgo de aniquilación, pero, como se ha visto no supone un odio hacia esa persona, sino que el deseo o la acción se encuentra enmarcada dentro de la afección amor. Por ello parece evidente que esta asimilación por oposición no se sostiene. Más aún, si seguimos avanzando por este sendero nos toparíamos de bruces con la caracterización que de ambas afecciones tenía el pueblo griego. Bajo este pensamiento la disposición diametralmente contraria del amor (Eros) sería la muerte (Tanatos). El odio, por su parte, no depende del Tanatos griego, sino que lo podríamos traducir por to misos, que significa “lo que se aborrece”, y que nos ha legado palabras tan relevantes como misoginia.

Podríamos tratar de valorar si el odio es, siguiendo lo anterior, una modulación más de la muerte. Lo que sí se nos revela más claramente es que el odio se orienta hacia una aniquilación. Pero aniquilación es bastante relevante, pues la aversión que suscita el odio es de ámbito esencial. Esto es, no pertenece a unos rasgos particulares que, una vez desaparecidos, desaparecería el odio. El odio, por su parte, está enfocado hacia aquello que forma parte de una representación, un símbolo. Por ello es tan difícil de someter, erradicar o conceptualizar.

Si verdaderamente el odio es un motor cuya fuerza de aniquilación es poderosísima, tal y como se ha comenzado esta breve hipótesis, intentemos ralentizar este motor. Intentemos hacer de la quietud virtud, si es que acaso es eso ya posible.