Irene García, Venezuela.
@Irem_tirtil

Hay libros como citas, encuentros, tratos, mesa de por medio y un café en común. Al abrirlos surge un espacio propio para estar a plenitud, descubrir caras conocidas, frases casi guiños, un estilo, un aroma…, digamos un aire de familia bla y lo delata, donde se exponen el gusto y las formas abstractas de la imaginación.
Definitivamente sí, hay libros que reiteran, recuerdan que la lectura es un viaje para dos. Esos que te citan a un extremo de la mesa, te envuelven en el tiempo de la espera, se apartan ante el plato a punto de servir y enmudecen cuando la compañía del otro apremia. Silentes y expectantes nos miran, nos escuchan y sonríen –viles- con la anécdota y el infortunio de la cotidianidad. Se humanizan hasta lamentar el desamor y ridiculizar la pérdida. Hay libros que se regodean en la historia de esa vida que sucede escena tras escena, pero, sobretodo, hay libros para no hablar,sino para leer -enlazados o divididos- mientras nos llega la comida.
Leer Hablar durante las comidas(Alicante, 2014) de Pascual García supone el grandísimo bienestar del encuentro con el amigo lector. El que nos captura por medio de la anécdota mientras va transformándose en una extensa red de comparaciones con la literatura que lo sustenta; ése para quien la vida es el potencial acontecimiento de la ficción.
Este libro de relatos es el discurrir indetenible del tiempo tras el tiempo, de la memoria que no descansa. Un poco el tejido inevitable -y una vez hecho, irrenunciable-, de estar vinculados a lo externo, donde la contemplación -como existencia inconsciente del hombre-, evidencia la inacción, lo fútil, la espera, el mutuo acuerdo de callar, la imposibilidad de reaccionar, las decisiones que no tomamos, pero sobre todo nuestra identidad influenciada como consecuencia de las decisiones que ellos sí tomaron.
Estos relatos son una suerte de antología que gira en torno ala condición de sentirse incómodos, incapacitados y vulnerables. En ellos los personajes exponen sus formas de convivencia, los enamoramientos menguados, las palabras atoradas entre la pasta o el asado, el hastío de verse siempre, la no transformación,la pasividad, la mueca del conformista que asume un rol, la insistencia de ir bien vestido, pero a fin de cuentas, vestido siempre. Son un compendio de retratos sobre el desencuentro,la añoranza de la sonrisa de otros tiempos, de la roma del amante preparado… ansioso, y la imposición del presente que consiste en ceder sin reparo.No comprender, asimilar, asentir y ceder. Simulan la escena risible de la vida que vivimos constantemente en ridículo. En el relato «El momento más oscuro» Pascual García escribe:
«La vida, esa hecatombe cotidiana e imparable, ha terminado pasándonos por encima de un modo despiadado. Nos casamos, pese a tantos inconvenientes y algunos años después tuvimos hijos y nos paralizó el trabajo, nos envejeció el bienestar, nos igualó la rutina, perdimos algunas ambiciones y dejamos de pensar al cabo».
Arrasado, paralizado y absorto en la pérdida de sí mismo, el narrador se conforma con percibir la satisfacción de la amante que regresa cada noche agotada, distinta y fresca, pero convencida de un destino, digamos, más placentero. En este cuento aparecen reminiscencias –no necesariamente conscientes- de «El falso autostop»enEl libro de los amores ridículos de Milán Kundera, donde la mujer representa la búsqueda,producto de la insatisfacción e inconformidad por lo que le rodea.
Esa misma mujer es quien en «Hablar durante las comidas»no consiente la escena Kafkiana de la familia embelesada y atontada por la presencia insufrible de la televisión, como elemento que rige los escasos encuentros familiares. Apagar la T.V podría ser el mayor acto de irreverencia del siglo XXI. Sin ella no hay lugar en común, sólo silencio y tedio; su ausencia delata que realmente no hay puntos de encuentro, que apenas queda un gesto de agradecimiento por alcanzar la jarra, pues olvidamos tan pronto, que nos volvemos escenas fugitivas, efímeras y tendentes a desaparecer.
Los vínculos, como en «A oscuras y en silencio», son el olvido plural de acoger las caricias en un espacio donde la vida constituye un río estrecho sobre un paisaje desértico. De esto trata precisamente García, la pérdida de los espacios posibles donde expresarnos como humanos, a través de nuestros propios medios y signados por nuestros gestos y maneras; quizás un poco menos condicionados por lo único que caracteriza a esta década y media que transcurre: tecnología, utilidad e imposibilidad de ser auténticamente humanos y no híbridos maquinales, carentes de sensibilidad y, sobretodo, de sentido común. Aunque aún existan quienes creen que «el corazón y la piel no perdonan el desprecio ni siquiera en los casos más extremos».
Frases así convierten a este libro en la apuesta de un hombre por los residuos de humanidad, los mismos celosamente guardados por cierta india heredera del español y cierto descendiente colono, menos insensible e inquisidor.