PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA

Desde bien temprano estaba la concurrencia acomodándose con ilusión y claras expectativas para ver al incombustible galés. Ídolo de masas que congregó, mayoritariamente, a personas de más avanzada edad, pero sin que dejara de acudir, aunque en menor medida, gente joven y hasta alguna adolescente acompañada de sus padres. Fue intenso y notable el número de compatriotas del artista que, con atuendo veraniego, demostraban disfrutar de nuestras playas, murcianas y alicantinas, lo que pudimos observar al expresarse en la lengua de Shakespeare.

PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA

Desde bien temprano estaba la concurrencia acomodándose con ilusión y claras expectativas para ver al incombustible galés. Ídolo de masas que congregó, mayoritariamente, a personas de más avanzada edad, pero sin que dejara de acudir, aunque en menor medida, gente joven y hasta alguna adolescente acompañada de sus padres. Fue intenso y notable el número de compatriotas del artista que, con atuendo veraniego, demostraban disfrutar de nuestras playas, murcianas y alicantinas, lo que pudimos observar al expresarse en la lengua de Shakespeare.

Pacientes, aguardaban unas notables pantallas laterales y gigantescas torres de sonido. Metales, humos y pruebas de luces sembraban la inquietud a medida que se aproximaba la hora de comienzo anunciada y que, luego, se demoró 18 minutos sobre lo previsto. Aparecen los músicos en escena, reina la expectación y todos los ojos miran de derecha a izquierda de la plataforma escénica para detectar el ángulo de aparición sobre las tablas del galés, porque iban a ver la actuación, “a tamaño natural”, del que hizo populares, entre otras muchas, canciones como “Delilah”, “She’s a lady”, “Somethin’bout you baby I like”, “It’s not unusual”, “Not responsable”, “Detroit city”, “Sex bomb”, “I’m coming home”, “Love me tonight”, “Help yourself” y un largo etcétera, pese a que eran conscientes de que no todas cabrían en la velada. Comienza con canciones conocidas, aunque menos populares, pero sigue con lo más rítmico de su repertorio para que palmeara un público entregado. Enseguida, aparecen todos los músicos, porque había comenzado, solamente, con bajo, guitarra de punteo y batería. Y se suman, entonces, trombón, trompeta, saxo, piano, teclados y guitarra rítmica, mientras otros elementos, protagonistas de notas de otra tonalidad, como acordeón y armónica, esperaban para los cambios de los multiinstrumentistas. Saluda Jones a un compatriota, con el pulgar hacia arriba, al verle, en primera fila, con una gigantesca bandera de Gales. Interpreta diversas canciones y se reserva aquellas que enloquecen a la concurrencia.
Saludable energía
El galés, pese a sus 76 años, que no es ninguna tontería, exhibe una salud incuestionable, una energía fantástica y una voz prodigiosa, pues por algo se le conoce, también, como “el blanco que canta con voz negra”, una voz con la que hace “malabarismos” que complacen a los miles de asistentes que llenaban el improvisado, pero muy bien ordenado y cuidado, “patio de butacas” y abarrotaban todas la gradas con visibilidad posible, lo que permite definir la velada como de lleno total, después de incontables años de carrera y de escuchar decir a tanta gente aquello de “¿pero cómo voy a ir a ver a ese “vejestorio?”. Parece que no procede catalogar así a quien, luego, llena recintos, por grandes que puedan ser, y demuestra, además, ser un profesional de altura que complace a un público que, por su calidad escénica e interpretativa, se entrega solícito a la profesionalidad y dominio escénico del artista de Reino Unido. Y no mermó la entrada la múltiple coincidencia, que ya anunciamos en nuestra página de la semana anterior, con otras actuaciones relevantes programadas en Murcia y su región.

Hace sonar, entonces, “Sex bomb”, que enriquece, después, con compases más intensos para comenzar a caldear el ambiente de una plaza de toros convertida en escenario mágico para “el tigre”. En uno de sus relajados parlamentos, “en perfecto inglés”, generó un ensordecedor aplauso cuando pronunció claramente la palabra “Murcia”. Las pantallas de fondo, instaladas en el centro del escenario, proyectaban actuaciones suyas, en años más jóvenes, aderezadas con la magia que generan, ahora, los montajes multimedia. Y con “Delilah” llegó el escándalo en una versión más rockera y con reminiscencias de country y hasta de blues. Pero acompañada por un público fiel, notorio especialmente con los numerosos visitantes de Reino Unido. Al final de la interpretación de la inolvidable “Delilah”, repite el gesto de complicidad al “paisano” de la bandera que estaba entusiasmado y patriótico a más no poder. Reverencial, siempre, al final de cada canción, dominador escénico, seguro de su potente voz, artista consumado, veterano como pocos y recordando tiempos pasados en cada canción, salvo en las más recientes que también supo encajar buscando el momento adecuado en cada caso. Baladas entrañables homenajeando a Elvis Presley con su nombre iluminado en el centro de la pantalla de fondo, primero, y con toda la superficie de la citada pantalla, después, llena de enormes velas encendidas que creaban un ambiente de respeto, memoria y valoración de la capacidad artística del de Memphis.
El “three-one” del Gales-Bélgica
No se privó de ofrecer a la concurrencia, orgulloso y patriótico, el resultado del partido de las selecciones de Gales y Bélgica, que finalizaba en esos momentos, anunciando el concluyente “three-one” con que se saldó el trance balompédico, mientras que el de la bandera galesa agitaba incansablemente el lienzo de su enseña nacional. Y suena “Help yourself”, seguido de la melodía de “Monty Python together”, de su “Tom Jones remembers… Elvis”, lo que incorpora de los asientos al público, al ver quitarse la chaqueta al de Reino Unido, quien, por cierto, apareció deportivo de atuendo y, al mismo tiempo, elegante y con camisa negra que sudó en la calurosa noche murciana del viernes. Se contagia del baile todo el mundo y se hace notar la destreza de los metales que, por añadidura, se convierten en celestial coro con el apoyo del de la guitarra rítmica, quienes, con sus voces, realzaban la de Jones de inmejorable manera, convirtiéndose en estético cuerpo de baile con una coreografía magníficamente acompasada y ensayada para embellecer el espectáculo, mientras las pantallas de fondo ganan en efectos, motivos y extraordinarias sensaciones ópticas.
“Los cachorros” y “el tigre”
A la hora y veinte minutos del comienzo, se retira el artista, así como sus músicos. La concurrencia inicia la petición de “los bises”, calienta con palmas y nuevamente el escenario recibe a “los cachorros”, primero, y “al tigre”, a continuación. Suena una música de tinieblas que introduce otra rítmica canción que el público acoge con no menos entusiasmo que las anteriores. El fondo de imágenes se ilustra con secuencias del cine policiaco con el que se corresponde la interpretación. Seguidamente, como ya hiciera anteriormente con Elvis Presley, canta la grandiosa “Kiss”, a la memoria de Prince.
Su “Murcia, I love you” trajo atronadores aplausos
Como lo veía todo a favor, dijo aquello de “Murcia, I love you” y los aplausos atronaban. A la hora y media de concierto, el público se pone en pie, cubre la zona delantera y baila en primera línea de escenario, mientras que en las gradas se hace lo propio, desde allí mismo, ante un complacido Jones que elige lo más rítmico de su amplio y legendario repertorio. Acaba colocando en la primera línea escénica a sus magníficos nueve músicos, presenta a los mismos, uno a uno, nos hace fijarnos en el batería que viste de elegante oscuro, con chaqueta incluída, pero va descalzo y quien, para retirarse, lanza las baquetas a un público entusiasmado. Se despide Jones y pone punto final a un espectáculo que duró, exactamente, 99 minutos llenos de esencia, música conocida, interpretación magistral y, todo ello, con el protagonismo de una voz inconfundible y un dominio de las canciones ciertamente insuperable como el que ejerce “Sir” Tom Jones. Verdaderamente, inolvidable. Buenos días.