Jaime Hernández/Catedrático de Griego del IES Ramón Arcas Meca, de Lorca

Presidente de AMUPROLAG        

Me piden que explique en unas líneas qué nos estamos perdiendo como sociedad al prescindir del griego y del latín en nuestras escuelas y no se me ocurre otra respuesta que no sea que nos perdemos a nosotros mismos, porque nosotros somos los griegos.

No voy a explicar algo que todos conocemos porque las primeras páginas de nuestros libros escolares de cualquier disciplina están ocupadas por los griegos o a los romanos, porque son ellos los que, atentos a la tradición heredada, les dieron carta de naturaleza: la filosofía, la política, la literatura, la gramática, la física, la geometría, la medicina, la astronomía, el teatro, la oratoria, la retórica, la política, la mitología, el teatro, la música, la ciudadanía, la democracia… Todos estamos de acuerdo con eso, incluso nuestros políticos. Sin embargo, la educación ahora pretende formar máquinas de producir y de consumir, sin caer en la cuenta que eso nos vacía y nos deshumaniza. Y nos convierte en una sociedad enferma e insolidaria.

Y entonces me viene a la cabeza una pequeña historia que escuché a un profesor italiano. Dos jóvenes peces que nadaban tranquilamente por el inmenso océano y que se cruzan con otro gran pez anciano. Éste, muy educado, los saluda con una observación: “Hoy está el agua algo más fría” —les dice. Los dos jóvenes peces siguen avanzando despreocupados hasta que, unos minutos después, uno de ellos se detiene y le pregunta al otro: “Oye, ¿y qué es el agua?”.

El ser humano piensa con el lenguaje. La realidad no existe hasta que se le da nombre. Las palabras son el andamiaje del pensamiento. Tienen ese carácter mágico que desde antiguo el hombre les ha venido dando. Hasta que no verbalizamos un sentimiento, nos aprisiona y nos angustia. Expresarlo —comunicarlo aunque sea a nosotros mismos— es domarlo, es controlarlo, es liberarnos. Si dominamos las palabras, si nos apropiamos de su significado más profundo, seremos dueños de nuestro pensamiento y de nuestro destino y será mucho más difícil que un demagogo nos embauque con argumentos falaces y vacíos. Los peces nadan y se mueven por el agua sin ser conscientes de lo que es ese fluido invisible. El pensamiento humano nada en ese líquido que es el lenguaje y fuera de él se ahoga. Conocer profundamente ese medio acuático, conocer el griego y el latín, nos hace conscientes de los que somos. Nos hace libres.

Me angustia pensar que algún día nuestros hijos —nuestra sociedad— hayan perdido el horizonte de sus raíces, porque navegarán sin rumbo sobre la superficie de un gran y proceloso océano, como meros productores-consumidores deshumanizados. No despreciemos las humanidades. Controlar el lenguaje es controlar el pensamiento. Prefiero pensar en una sociedad libre, democrática, solidaria y justa. Una sociedad donde cada individuo sea dueño de lo que piensa porque es dueño del significado profundo de las palabras. Y eso en Occidente, queramos o no, solo nos lo da el griego y el latín, porque tres mil años de historia nos han hecho ser lo que somos. No es poco lo que nos perdemos.