Pedro Antonio Martínez Robles

Hubo un tiempo en que el mundo parecía girar en torno de la radio, como parece girar hoy, y desde hace muchos años, en torno de la televisión. Recuerdo en mi casa, a principios de los años 70, un aparato de radio, de aquellos que emitían un sonido muy singular, que no era ni grave ni agudo ni metálico, ni siquiera nasal, aunque lo pareciera; era más bien un sonido mineral sin aristas, blando pero penetrante, herencia, quizá de las viejas radios a galena. A veces el sonido chisporroteaba si no tenía el dial bien ajustado en la frecuencia de la onda que transmitía el programa seleccionado y del aparato salía un incómodo ruido de tostones. Pero, a pesar de los inconvenientes que a veces suponía el ajuste para la localización de las emisoras y el paciente esfuerzo que había que emplear en ello, tener un aparato de radio en los años 50, en los 60 y aun en a principios de los 70, no dejaba de ser un pequeño lujo que no todos podían permitirse. Era el vehículo para mantenerse informado de lo que pasaba en el mundo, el elemento que distraía nuestras horas con el murmullo de programas musicales que llenaban de cierto “colorido” el tedio doméstico o que congregaba en bares, barberías y puntos públicos de encuentro a sus parroquianos de costumbre para escuchar noticias o los partidos radiados de fútbol en los que el locutor narraba los detalles de las jugadas con un flujo agotador de palabras que casi te hacían ver lo que ocurría en el terreno de juego.

Una de las emisiones que con más frecuencia viene a mi memoria de aquellos años es el del serial radiofónico “Simplemente María”, una novela radiada que llenaba las tardes de sobremesa mientras escuchaba a mi madre lavar la vajilla bajo el grifo del fregadero de la cocina, colocarlo en el platero y poner después la olla en el fuego del hornillo para preparar un cocimiento de malta o de alguna infusión mientras aguardaba la visita de Sebastiana, La Chava, una anciana muy vinculada a mi casa, que derrochaba una energía impropia de sus años y que casi siempre llegaba agitada con la esperanza de que todavía no se hubiera iniciado el capítulo de la novela. La trama de aquel serial debía “enganchar” y no poco a las oyentes que seguían su desarrollo y que solían meterse tanto en la evolución de los relatos que casi los vivían. Con frecuencia escuchaba a Sebasiana decir, casi gritar: <<¡Canalla! ¡Lo que le está haciendo!>>, o comentarios de este tipo que la enardecían hasta casi el berrinche.

Un verano dieron en el cine la película que habían realizado sobre el serial radiofónico de “Simplemente María”, y no recuerdo ninguna ocasión en que el Rosales se viera tan lleno de mujeres septuagenarias y octogenarias que quizá jamás habían pisado un cine o no lo hacían desde los remotos tiempos de su juventud. Aquel fue el final de la novela radiofónica “Simplemente María” y el de tantos programas y emisoras que empezaban a languidecer, desplazados por el auge de la televisión que, también en los años 80, empezaría a dar el tiro de gracia a tantos cinematógrafos. Pero, como todo lo que no muere definitivamente, tanto el mundo de la radio como el del cine, habrían de resurgir de sus cenizas con una fuerza quizá más especializada y atrayente para hacernos soñar de nuevo a los que conocimos aquellos años y pergeñar el nido de la nostalgia a quienes no los conocieron y habrán de recordar estos de ahora cuando el tiempo, con su pátina ambarina, haya caído sobre ellos.

 

 

22 de septiembre de 2019